Enviado a la página web de Redes Cristianas
Hay muchas personas que después de haber dado una vida
dedicada a las causas justas, pacíficas, humanitarias, han abandonado al haber
perdido los ideales,
por haber sufrido la desilusión al comprobar
la corrupción o la pérdida lenta de las aspiraciones,
al haber sido embaucados por la sociedad de consumo,
la apariencia, el poder, la riqueza…
Caminan como almas en pena,
aunque la apariencia sea la de seres humanos
satisfechos de sí mismos, realizados,
henchidos de orgullo, rebosantes de palabras grandilocuentes
y que muestran sin tapujos la necesidad de vivir la vida
disfrutando a tope sin pensar en nada ni nadie más:
“La existencia es así y debemos aceptarlo. Los perdedores no triunfan.
Hay que unirse al carro de las influencias,
la imagen y el dinero para poder llegar al puesto ansiado”.
Nuestra sociedad muestra excelentes ejemplos de personas
que se han comportado y lo siguen haciendo así cada día.
Como salen en los medios de comunicación
y en las redes sociales, tienen miles, millones
de followers (seguidores), a veces discípulos
que siguen a su guía como auténticos dobles
en su forma de actuar, de vestirse, de pensar…
Los discípulos y discípulas de Jesús quedaron
sumamente desconcertados ante el asesinato de Jesús.
“¿No era este el Mesías, quien nos iba a librar
de la opresión de los romanos,
de la tiranía de las élites religiosas,
del hambre y la miseria,
del desespero ante la existencia?
¿Ahora, qué vamos a hacer?
Le hemos seguido durante tres años para nada.
Se dejó atrapar y todas las esperanzas que teníamos
depositadas en él, se han esfumado como el agua entre los dedos.
Como dice el Eclesiastés, mejor bebamos y comamos
pues nuestro destino es ir al Seol, al reino de los muertos…”.
Sin embargo, otros aguardaban orando,
recordando todo lo que hizo y predicó Jesús.
Quizá no serviría para nada, pero al menos
se encontraban juntos y aquellos recuerdos
aliviaban un poco el dolor y daban algo de calor al corazón.

