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Su paleta sigue abierta
Cuando un amigo se va, la luz tarda más en llegar cada mañana. Pero cuando ese amigo ha sido también cómplice en las causas del Reino, la luz que nos deja es de esas que ya no se apagan: se vuelve semilla, se hace memoria encendida, se derrama en los colores que él supo regalarnos. Hoy despido con emoción a Maximino Cerezo, el pintor de la liberación, y lo hago con la certeza de que su paleta sigue abierta en algún lugar del cielo.
Tres veces bastaron. Tres encuentros en los que la vida, generosa, quiso juntar nuestros caminos. La primera, en Salamanca, cuando él comenzaba a desplegar su magisterio desde el Teologado Claretiano Hispanoamericano. Yo llegaba con la mirada virgen y él, sin aspavientos, me fue enseñando a mirar: el arte no era un adorno, sino una manera de decir la verdad. Allí comprendí que sus pinceles no buscaban belleza fingida, sino verdad y justicia con forma y color.
La segunda cita tuvo la inmensidad del Mato Grosso como escenario. Allí estaba Pedro Casaldáliga, el poeta que hacía verso la profecía, y allí estaba Maximino, haciendo de cada trazo una encarnación. En aquella tierra brasileña, caliente y dolida, vi cómo su pintura se volvía teología de la ternura, cómo los rostros de los sin rostro encontraban en sus manos un lugar donde descansar y rebelarse a la vez.
La tercera ha sido también en Salamanca, pero en otra Salamanca: la de las periferias de Asdecoba, la de los márgenes donde él siempre quiso vivir. Porque Maximino no fue nunca un pintor de salón. Fue, como se ha dicho con acierto, el «pintor del pueblo». No porque retratara al pueblo, sino porque el pueblo habitaba en él, respiraba en su mirada, se hacía comunidad en sus cuadros.
Por eso sus obras no son piezas para contemplar en silencio, sino preguntas que interpelan, gritos de color que denuncian y anuncian. Por eso sus manos siguen dando rostro a Redes Cristianas, a las revistas Éxodo y Utopía, a cuantas causas justas necesitaran un poco de esa luz que él derrochaba.
Con Pedro Casaldáliga, con el incomparable poeta Jesús Tomé, con tantos otros claretianos de brecha abierta, Maximino pertenece a esa estirpe de hombres que pasan por la vida y por la Iglesia como quien abre camino en lo espeso. No buscaron aplausos ni seguridades. Buscaron, simplemente, ser fieles. Y lo fueron. Hasta el final.
Ahora que se nos ha ido, ahora que su risa y su mirada se nos quedan para siempre en la memoria, nos queda una certeza que es también una alegría: desde su nueva morada, Maximino seguirá pintando. El cielo, que tantas veces imaginamos como un lugar de luz quieta, tendrá a partir de ahora una paleta nueva, una explosión de colores imposibles, esos que solo él sabía mezclar. Y nosotros, que todavía caminamos por esta tierra, seguiremos viendo sus cuadros en cada gesto comunitario, en cada rostro que lucha, en cada causa del Reino que aún espera justicia.
Gracias, Maximino. Gracias por tanto. Gracias por abrirnos los ojos y por recordarnos que la fe, cuando es verdadera, siempre se parece a un mural colectivo, donde cada persona es un trazo necesario y cada color una promesa. Desde hoy, cada amanecer tendrá algo de tu mirada. Y cada vez que miremos un rostro anónimo, allí estarás tú, recordándonos que todos merecen ser pintados con la dignidad de los hijos de Dios.
Salamanca, 21/02/2026

