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Sejas de Sanabria se mira en el río, del escritor Evaristo Villar, es una obra que se sitúa conscientemente en un territorio poco frecuentado por la literatura contemporánea: el espacio donde la escritura deja de ser únicamente un ejercicio estético o narrativo para convertirse en un acto de cuidado, de responsabilidad y de fidelidad hacia un lugar concreto y hacia las personas que lo han habitado. El libro no se limita a describir un pueblo; lo reconoce, lo nombra y lo preserva frente al olvido.
Nos encontramos ante el retrato vibrante y profundamente humano de una comunidad que, pese a la despoblación, a los cambios históricos y a las transformaciones sociales, resiste en la memoria, en la identidad y en la conciencia de quienes la habitan o la recuerdan. Esa resistencia no adopta la forma de la épica ni del discurso reivindicativo explícito, sino la de una narración serena, honesta y profundamente arraigada en la experiencia vivida.
Desde las primeras páginas se percibe con claridad que esta obra no nace de la observación externa ni del interés puntual por un territorio, sino de una relación prolongada, íntima y respetuosa con el lugar. Evaristo Villar escribe desde dentro, desde el conocimiento que solo otorgan el tiempo compartido, la escucha atenta y la implicación personal. No hay en el texto voluntad de apropiación ni de representación ajena: hay pertenencia, pero una pertenencia consciente de sus límites, ejercida con humildad.
Uno de los valores centrales del libro es el cariño con el que está escrito. Un cariño que no se expresa mediante la nostalgia fácil ni a través de idealizaciones, sino en la forma de mirar y de nombrar. Cada espacio, cada recuerdo, cada referencia parece tratada con una delicadeza extrema, como si el autor fuese plenamente consciente de que la memoria colectiva es un terreno frágil que no admite la ligereza. Ese cuidado convierte la escritura en un acto ético, en una forma de respeto hacia el lugar y hacia quienes lo han construido.
La obra se mueve con naturalidad entre la crónica, la memoria personal y el ensayo etnográfico, articulando un relato complejo y profundamente rico. A lo largo del texto se combinan la descripción del paisaje natural y humano, la reconstrucción de la historia del pueblo a partir de fuentes documentales y testimonios orales, y la experiencia directa del autor. Esta confluencia de registros dota al libro de una densidad poco común y de una calidez emocional que atraviesa cada página.
El paisaje no aparece como telón de fondo, sino como sujeto activo del relato. La tierra, los caminos, el río, las estaciones y los espacios compartidos forman parte de una geografía emocional que estructura la vida del pueblo y la memoria de quienes lo habitan. El libro consigue transmitir que el territorio no es solo un espacio físico, sino una construcción histórica y afectiva.
La estructura del libro gira en torno a los pilares fundamentales de la vida comunitaria: la casa, la plaza, la fragua y la escuela. Estos espacios no se presentan únicamente como lugares funcionales, sino como verdaderos núcleos de sentido, donde se ha tejido la identidad colectiva a lo largo del tiempo. En la casa se concentran la intimidad y la transmisión familiar; en la plaza, la vida social y el encuentro; en la fragua, el trabajo compartido y el saber hacer; en la escuela, el aprendizaje y la proyección hacia el futuro.
Cada uno de estos espacios funciona como un anclaje de la memoria colectiva, como un punto donde convergen historias personales y experiencias compartidas. El libro logra mostrar cómo la identidad de un pueblo no se construye a partir de grandes acontecimientos, sino desde la repetición cotidiana de gestos, relaciones y usos del espacio.
Especial profundidad adquiere la atención dedicada a los lugares sagrados —la iglesia, las ermitas y las festividades—, que aportan una mirada esencial sobre la espiritualidad popular y las tradiciones que han dado cohesión a la comunidad durante siglos. Estos espacios no se abordan únicamente desde la dimensión religiosa, sino como lugares de encuentro, de celebración y de memoria compartida, donde lo individual y lo colectivo se entrelazan.
El río, elemento central del título y del imaginario del libro, adquiere una dimensión simbólica de enorme fuerza. Mirarse en el río es aceptar el paso del tiempo, asumir la transformación sin renunciar a la identidad. El río actúa, así como metáfora del propio relato: un flujo continuo de recuerdos, historias y significados.
La reflexión sobre la despoblación atraviesa toda la obra de manera silenciosa pero constante. No aparece como una denuncia explícita ni como un discurso político, sino como una experiencia humana concreta: casas cerradas, espacios que han perdido su función cotidiana, ausencias que se hacen visibles en el paisaje. Frente a ello, el libro se erige como un acto de resistencia cultural, afirmando que los pueblos no desaparecen mientras alguien los recuerde y los nombre con honestidad.
En este contexto, la obra se convierte también en una profunda reflexión sobre la identidad, entendida no como algo fijo o esencial, sino como un proceso vivo, construido en lo común, en la memoria compartida y en la relación con el territorio. El libro rescata una memoria histórica humilde, la de las vidas ordinarias, la de los trabajos, los rituales y los espacios cotidianos que rara vez ocupan un lugar en los relatos oficiales, pero que constituyen el verdadero sustrato de la historia colectiva.
Las ilustraciones, obra de Pablo R. Villar, desempeñan un papel fundamental en esta construcción del sentido. No son un simple acompañamiento visual, sino un lenguaje narrativo autónomo que dialoga constantemente con el texto. Aportan pausa, silencio y contemplación, permitiendo al lector detenerse y habitar el libro desde otra forma de mirada. Imagen y palabra se refuerzan mutuamente, ampliando la experiencia de lectura y subrayando el respeto hacia el territorio.
Desde el punto de vista estilístico, la prosa de Evaristo Villar se caracteriza por una sobriedad consciente y profundamente coherente. El lenguaje evita la grandilocuencia y el artificio, apostando por la precisión y la verdad. Esta elección estilística responde a una ética de la escritura que entiende que los lugares deben ser nombrados sin violencia ni simplificación.
El libro ha sido publicado por Editorial Círculo Rojo, que en este caso acoge una obra de alto valor cultural y territorial, contribuyendo a la difusión de proyectos que ponen en el centro la memoria local, la identidad rural y la reflexión crítica sobre el presente.
En un tiempo marcado por la aceleración, el desarraigo y el olvido, Sejas de Sanabria se mira en el río propone una lectura lenta, reflexiva y profundamente humana. No se limita a documentar la historia de un pueblo, sino que reivindica su identidad y su lugar en el mundo, recordándonos que cuidar la memoria de los territorios es también una forma de cuidar el futuro.
Leer este libro es aceptar una invitación clara y generosa: la de mirar con otros ojos, la de reconocerse en un lugar y la de comprender que los pueblos siguen vivos mientras alguien los nombre con respeto, verdad y cariño.

