Redes Cristianas celebra veinte años de vida. Dos décadas creciendo en las periferias de la sociedad y de la Iglesia, allí donde la fe se vuelve compromiso concreto por la dignidad humana y resistencia ante la desigualdad. La red, formada hoy por más de 200 colectivos, mantiene intacta su opción fundamental por los pobres, los migrantes y todos los excluidos por el sistema, la sociedad o las estructuras eclesiales. No es un eslogan: es el suelo donde ha echado raíces.
En un tiempo marcado por la polarización, Redes Cristianas demuestra que otro modo de vivir el cristianismo es posible. Su apuesta por una Iglesia inclusiva y de iguales, sin discriminación por género u orientación sexual, sin estamentos (clérigos/laicos), una iglesia de comunidades y democrática, nace de una convicción evangélica: sólo desde quienes están al margen puede renovarse la comunidad creyente. Es una profecía encarnada, una forma de construir Iglesia desde la fraternidad practicada y no sólo proclamada.
A lo largo de estos años, la red ha sostenido un espacio plural de grupos y movimientos donde la fe puede pensarse con libertad y sensibilidad social. Su voz sigue siendo crítica y compasiva a la vez: denuncia estructuras inmovilistas y recuerda que la credibilidad de la Iglesia depende de su capacidad para situarse junto a quienes sufren las injusticias globales, en especial los más empobrecidos.
Este aniversario llega en un kairós o momento oportuno. Redes Cristianas ha lanzado el Premio Atrévete a soñar, una invitación a imaginar el futuro del cristianismo desde claves comunitarias y sociales y que se clausura el 30 de este mes de noviembre. Un ejercicio necesario en una época en la que ser testigo del Evangelio exige creatividad y valentía para responder al clamor de los excluidos.
Veinte años después de su nacimiento, Redes Cristianas reafirma algo esencial: el cristianismo solo se entiende desde abajo, desde el grito de quienes reclaman justicia. Su aniversario es, sobre todo, una invitación a seguir soñando y construyendo, desde las periferias, nuevas formas de creer y de vivir la fe.

