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Los presos de alta peligrosidad: Problemas bioéticos -- Hector Santojanni. pastor ministro de la Uad y Leonardo Belderrain sacerdote católico bioeticista

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Para Rogelio Ponsard, las cárceles son la prueba del fracaso de nuestra civilización. Hace 70 años, la Alemania de Hitler y la URSS de Stalin se sostenían sobre campos de concentración. Había más criminales fuera de los campos que adentro, y más inocentes adentro que afuera. Hoy, el país más potente y desarrollado del mundo tiene el record mundial de encarcelados.

Y quizás hoy también haya más criminales afuera que adentro. Y hay «pastores» de distintas iglesias que se quedan silenciosos frente al escándalo de la construcción de cárceles. Es curioso que se someta a una forma de vida estresante a algunos internos y su familia, y, por otro lado, al mismo tiempo, se busque mejorar la salud de aquellas personas.

Se acepta el sistema capitalista, sin reticencias aceptando de ese modo, su sistema disciplinador.

También existen no pocos pastores que comprenden que las sociedades más socialistas o más capitalistas, necesitan terapias intensivas de inclusión laboral para sus frágiles morales y en esa forma interpretan las cárceles. En el año 2006 por un pedido del Jefe de la Unidad 32, nos propusimos estudiar la conflictiva bioética de internos con serios trastornos de conducta. En aquella unidad se intentó desarrollar un proyecto diferenciado para cada pabellón en una misma unidad, inclusive con distintos regímenes. Con el aporte profesional de diferentes saberes y con un trabajo orgánico interdisciplinario.

Con el arribo masivo de internos provenientes de otras unidades del sistema, con notorios rasgos de conducta antisocial, aquellas iniciativas de cuidados personalizados se alteró y permitió ver mejor la necesidad de discernir entre los programas que requieren un criterio de clasificación y seguimiento particularizado.

Al recibir masivamente a los antisociales que deambulaban por unidades del servicio penitenciario, sin clasificación, cualquier viejo jefe en su argot policial podría decir me tiraron un muerto ¿No estaré haciendo los deberes? Otros jefes menos críticos con el sistema y con la ética institucional, podían decir: está bien que se distiendan algunos penales a corto plazo, pero a largo plazo todo el sistema se fogonea con los traslados, “pateando” el tema y no resolviendo un estrategia de tratamiento. Es más: no pocos jefes penitenciarios señalaron que así la peligrosidad aumentaba con el consiguiente prontuario de estos presos denominados “papas calientes”

(Abel Froilan Mendoza se lo consultó por ser un experto en la gestión de clasificación y seguimiento personalizado de los internos del ptb)

En la actualidad se comienza a afrontar el tema y va cayendo el viejo paradigma de hacer circular a los recalcitrantes.
El criterio básico que manejan los peritos forenses, es que la cárcel no es para enfermos, por lo tanto las personas que padecen patologías deben asistirse en dependencias de salud como enfermos.

Los pacientes mentales que cometen un delito, están sujetos a consideraciones específicas fijadas en el Codigo Penal, (Art. 34 inciso primero del Código Penal), siendo alojados en unidades especiales de atención, donde se combinan medidas de seguridad (alta peligrosidad o para evitar la fuga), y tratamiento especializado (U34-U8- u10 u15 u 45) asistiéndolo hasta que desaparezca su peligrosidad. Se ubican allí principalmente a los pacientes esquizofrénicos, delirantes paranoides, místicos, o con trastornos graves de insuficiencia mental.

Los neuróticos, son imputables al igual que los que padecen trastornos de personalidad, por lo que una vez condenados cumplen su condena en las Dependencia del Servicio Penitenciario, y salen al cumplimentar condenas o alcanzar beneficios. Se espera que en estos casos haya tratamiento personalizado en establecimientos diseñados ad hoc, distintos de las instituciones carcelarias típicas para población común, y distintos de la instituciones psiquiátricas de seguridad con los modelos existentes.

Un capitulo especial conforman la problemática de las adicciones a sustancias tales como alcohol y estupefacientes o tóxicos. Estos casos comprenden distintas complejidades: los hay imputables alojados en cárceles comunes, e inimputables, porque al momento del hecho podían haber estado alcoholizados o presentar secuelas psiquiátrica (psicosis-demencias) que le impidieron comprender sus acciones, siendo tratados en la Unidad 34.

Más especial resultan ser los adictos a sustancias; en este caso hay que partir de que a diferencia de lo que supone el imaginario colectivo, los enfermos adictos, no siempre realizan robos en banda, secuestros, toma de rehenes, piratería del asfalto, homicidios. Los adictos suelen ocasionar desajustes conductuales en su entorno familiar, venden los electrodomésticos, joyas del abuelo, etc.

Cuando se les asocia un trastorno de personalidad antisocial de base, el consumo como se señaló es sintomático, forma parte de una estructura sintomática-perversa que usa el consumo para delinquir. Este consumo no suele ser intenso, y sirve de escudo al adicto para solicitar beneficios secundarios o ser derivados a instituciones de salud, -si se los ubica como enfermos- en hospitales, por lo general no acatan ninguna regla, rompen las normas permanentemente, maltratan a cuidadores, a los verdaderos pacientes y destrozan pabellones. De ahí que suponer que todo el que consume es enfermo psiquiátrico, resulta potencialmente peligroso y no real.

Debe comprenderse que los psicópatas mantienen conductas desajustadas en forma egosintónicas, o sea, no les incomoda ser como son, no se angustian, por eso no consideran necesario cambiar de conducta, de ahí que al no existir deseo de cambio, se dificulta la posibilidad de abordaje terapéutico-
Estas personas son las que traen problemas de convivencia en las cárceles y deben aislarse en pabellones de seguridad, evitando principalmente los contactos con la población. Al no existir voluntad de tratamiento en estos internos, pareciera que la salida del aislamiento y las estrategias de disminución de daños (visitas familiares individuales salidas a patio recortadas), fueran las pertinentes para no poner a la población en riesgo y al interno).

También es cierto que no en pocos casos, relata un interno de 23 años de encarcelamiento efectivo, que no es extraño escuchar algún jefe de unidad decir: “ los pabellones de aislamiento deben estar permanentemente poblados con justa o sin justa razón, lo que importa es la estadística que se manda a jefatura”(el interno entrevistado eligió no dar su nombre).

La estrategias de aislamiento servirían en principio y como base momentánea de salida para implementar un estrategia del tipo conductal, donde los beneficios y obligaciones deban estar claras y cumplidas a raja tabla, favoreciendo el equilibrio de los pabellones y el manejo de los internos. ( fue consultado al respecto el Perito Oficial de la Corte Eduardo Camino, especialista jerarquizado en psiquiatría forense y médico Legista)

Al encontrarse aislados, se consigue limitar el medio donde se despliegan las conductas, «se les embarra la cancha», y cuando desea ampliar el campo se negocian pautas, se ponen límites, donde las condiciones de acceso y retroceso son ganadas o perdidas por ellos.

Por otro lado no se cree que sean la mayoría de los que ayer deambulaban, los que ofrezcan aquellos trastorno de la personalidad. Si bien es cierto que es ingenuo pensar a un psicópata con. una vida totalmente socializada se puede, controlándolo, mejorar su ­socialidad.

Aquello de que su vida tenga sentido para pelear con la policía y vivir robando, sin posibilidad de enmienda, con los pabellones de seguridad se logra simplemente calmarlos, y que no sumen disturbios al malestar de los penales. Calmándose, aunque a veces se lo haga compulsivamente, para obtener libertades, no es tiempo perdido aunque sea para volver a un régimen común, y ese es el juego, afuera pueden egresar y seguir siendo tan psicópatas como antes<; es realista pensar así. Es otra cosa lo que sucede cuando hay una conversión espiritual profunda auténtica (20% de los casos reales en los pabellones confecciónales según Santojanni). Las conversiones se sabe que son escasas, pero hay un funcionamiento social de las propuestas de los ministros de fe, y habría que pensar en la rehabilitación de valores, ahí entraría la religión como sustento de amor y respeto al prójimo, y de lo que muchos sicólogos transpersonalistas llaman experiencias cumbre y los pastores llaman conversión, a lo que se deberá asociar la preeducación, de oficios y trabajos para integrarse a un ambiente social de orden competitivo sin el que es impensable todo futuro. O sea que los sujetos desde que se levantan trabajen desde su higiene, valores, respeto, cuidado del medio, se escolaricen, se le incorporen tareas laborales. Por último, con los que se consideran presos políticos, algunos psicópatas mas finos y educados, con menor impulsividad y más inteligentes, se puede tal vez lograr una orientación de líder positivo pero lo vivirán también como un beneficio para pasarla bien, una vez afuera no pocas veces repiten las aberraciones conductuales y amorales propias de su ser, pueden seguir estafando y abusando y siendo fieles colaboradores de regímenes autoritarios etc. Conclusión: la psicopatía nos se rehabilita, se contiene cuando es demasiado problemática, ya que siempre transgreden normas. la posibilidad de contar con pabellones de máxima solo disminuyó el campo de inducción y acción sobre el resto de los internos, aquieta las aguas. No hay protocolos de agentes pastorales. Cuando los episodios confusionales son graves, en los que no hay un mínimo reconocimiento de premios y castigos, para aquellos habrá que pensar otros espacios a los existentes, y en ésto comparto con muchos psiquiatras que ésto sólo puede interesar a algunos creyentes de una fe particular, y que no siempre los ministros de fe pueden dar garantías de su eficacia. En la actualidad se suman la visita ecuménica personalizada del pastor Hector Santojanni y del padre Leonardo Belderrain en la unidad 24, en procura que a partir de la escucha de los ministros de la fe, inicien un proceso de recuperación desde lo que puede haber de nuevo y de resignificable. Muchos piensan que las religiones en la cárcel han sido de alta contención de casos difíciles pero no pocas veces han sumado alienación. Creo también que los pabellones o sectores que se inclinan por los aspectos religiosos llegan casi al 45% de la población carcelaria bonaerense y dicho por la autoridad penitenciaria, la conducta que se logra es sorprendente, es por ello, que el conocimiento de Dios es un tema que se puede entender a partir de la experiencia, siendo muy difícil explicarlo si no se tuvo ese encuentro, por eso la religión sola tal vez no alcance para el cambio del interno pero seguro que es el primer paso a dar para ver su vida cambiada. Es verdad que hay capellanes que han sostenido a los aviadores que tiraban gente al mar; y los hay que son asépticamente parte del sistema carcelario; pero los hay también entrenados para acompañar, desde la simpatía, la compasión y la escucha. Esto es quizás lo mejor que se puede hacer. Tampoco se puede obviar que la fe, en muchos casos, fue el fermento mayor de liberación. Con la intervención ecuménica se intenta encontrar mayores posibilidades de observación y crítica para pulir la herramienta rehabilitadora. El tiempo dirá si estábamos en protocolos adecuados y eficaces para estos internos y el Servicio Penitenciario Bonaerense. Una vez más es preciso saber si las religiones son el mayor fermento de liberación y sanación de lo más frágil de la condición humana, o la mayor cómplice del disciplinamiento de los poderes hegemónicos.

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