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“Mi” María, la madre de Jesús -- Pope Godoy

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Atrio

Es un estudio un poco largo para esta tarde de la Asunción. Pero es una invitación a contemplar a María desde una visión bíblica comprensiva y goblal, en el camino abierto por Juan Mateos. Puede servir de meditación y, si queréis, también de debate sobre la figura de María en el cristianismo.

La Alianza como telón de fondo

Todo el Antiguo Testamento gira en torno a la Alianza de Dios con el pueblo. Con la humanidad entera en Adán y, en sucesivos intentos, con Noé, Abrahán y, finalmente Moisés. Quizá el momento más solemne de la Alianza y su formulación más explícita sea el capítulo 26 del Levítico, donde se van desmenuzando las Bendiciones y Maldiciones. Entre las bendiciones que sellan el compromiso “mutuo” entre Dios y el pueblo: Caminaré con vosotros y yo seré vuestro Dios y vosotros seréis mi pueblo (Lev 26,12). El tema había sido ya adelantado como promesa en el Éxodo: Os adoptaré como pueblo mío y seré vuestro Dios (Ex 6,7) y tiene una ratificación con tintes barrocos en los capítulos 27 y 28 del Deuteronomio: Escucha, Israel: hoy te has convertido en el pueblo del Señor, tu Dios, y cumplirás los preceptos y mandatos que yo te mando hoy (Dt 27,9-10).

Ahora bien, conviene recordar que el término baal significa a la vez dios y marido. Este doble significado conduce a una dualidad pretendida y profusamente explicitada. La infidelidad de Israel a la Alianza se formula en términos de idolatría y en términos de infidelidad conyugal, que degenera en prostitución. Israel -la esposa- se va con otros dioses, con otros maridos. De este modo llega a identificarse idolatría y adulterio-prostitución. Yahvé es un dios-marido celoso. Una formulación que puede parecer chocante para nuestra cultura actual abierta al feminismo, pero que resultaba perfectamente válida para aquella cultura patriarcal y androcéntrica. Porque yo, el Señor, tu Dios, soy un Dios celoso (Ex 20,5) y de forma más explícita: No te postres ante dioses extraños, porque el Señor se llama Dios celoso, y lo es. No hagas alianza con los habitantes del país, porque se prostituyen con sus dioses (Ex 34,14-15).

Vale la pena leer íntegro el largo capítulo 16 del profeta Ezequiel. Con lenguaje descarnado y exhuberancia de imágenes va desgranando la irritación de Dios, el marido engañado por su esposa abriéndote de piernas al primero que pasaba, continuamente te prostituías (Ez 16,25) ¡Cómo me enfurecí contra ti -oráculo del Señor- cuando hacías todo eso, lo que hace una ramera empedernida! (Ez 25,30).

Todo el profeta Oseas gira en torno al sentimiento de irritación de Dios contra la infidelidad de su esposa-pueblo, la permanencia del cariño hacia ella y la promesa de un amor nuevo, si se convierte. Le tomaré cuentas de cuando ofrecía incienso a los baales y se endomingaba con aretes y gargantillas para ir con sus amantes, olvidándose de mí -oráculo del Señor-. Por tanto, mira, voy a seducirla llevándomela al desierto y hablándole al corazón (Os 2,15-16). Me casaré contigo para siempre, me casaré contigo a precio de justicia y derecho, de afecto y de cariño. Me casaré contigo a precio de fidelidad, y conocerás al Señor (Os 2,21-22).

Este telón de fondo subyace muy claramente en el pasaje de la samaritana del evangelio de Juan. Jesús le dice: Muy bien dicho que no tienes marido, porque has tenido ya cinco [maridos-dioses falsos] y el de ahora no es tu marido [no es el Dios verdadero] (Jn 4,18).

Las últimas resonancias las encontramos en el Apocalipsis, con la imagen de la gran prostituta (17,1). El ha condenado a la gran prostituta que corrompía a la tierra con su fornicación y le ha pedido cuenta de la sangre de sus siervos (Ap 19,2).

El Nuevo Israel

Es difícil imaginar el cataclismo religioso y cultural que experimentó la primera comunidad cristiana de origen judío. Esperaban un Mesías largo tiempo anunciado y prometido pero, a la hora de la verdad, son los propios dirigentes judíos y la mayoría del pueblo quienes rechazan al Mesías. El rechazo es tan violento que llegan a crucificarlo como blasfemo. Incluso los propios discípulos se resisten a este mesías desconcertante que rompe todos sus esquemas político-religiosos. A renglón seguido de la transfiguración, cuando Jesús anuncia su pasión, Pedro se opone rotundamente e intenta disuadir a Jesús (Mc 8,31-34). Los dos discípulos de Emaús siguen con sus expectativas mesiánicas frustradas y con toda la esperanza perdida: Nosotros esperábamos que él fuera el liberador de Israel (Lc 20,21).

Tras la experiencia de la Resurrección, aquella embrionaria comunidad cristiana de hombres y mujeres se ve obligada a asumir el hecho más desconcertante y dramático: Vino a su casa, pero los suyos no lo recibieron (Jn 1,11). El rechazo del pueblo elegido hacia su Mesías es objeto de la dolorida reflexión teológica de Pablo en los cap. 9 y 10 de la carta a los Romanos. Allí constata que no todos los descendientes de Israel son pueblo de Israel, como tampoco todos los descendientes de Abrahán son hijos de Abrahán (Rom 9,7-8).

Como alternativa a la infidelidad del pueblo elegido, la Nueva Alianza va a quedar fundamentada sobre la fidelidad definitiva que personaliza Jesús, el Cristo. Se formula de muchas maneras:

Presentándose como simple hombre, se abajó, obedeciendo hasta la muerte y muerte en cruz (Flp 2,8).
¡Padre!: aparta de mí este trago, pero no se haga lo que yo quiero, sino lo que quieres tú (Mc 14,36).
En la cruz, Jesús formula su última palabra como expresión suprema de fidelidad: Dijo Jesús: -Queda terminado. Y reclinando la cabeza, entregó el espíritu (Jn 19,30).
El Apocalipsis subraya esta dimensión de fidelidad: Jesús, el Mesías, el testigo fidedigno (Ap 1,5). Esto dice el amén, el testigo fiel y veraz (Ap 3,14). Su jinete se llama el fiel y el leal (Ap 19,11).
Junto a esta imagen de Jesús, fiel hasta la muerte, y el primero en nacer de la muerte (Ap1,5), se incorporan los demás cristianos. Aquí recuperamos viejas resonancias del Antiguo Testamento. Frente al simbolismo de infidelidad-prostitución aparece ahora la imagen de fidelidad-virginidad. Así se expresa el Apocalipsis: En la visión apareció el Cordero de pie sobre el monte Sión y con él ciento cuarenta y cuatro mil que llevaban en la frente el nombre del Cordero y el nombre de su Padre (…) Estos son los que no se pervirtieron con mujeres, porque son vírgenes (…) Los adquirieron como primicias de la humanidad para Dios y el Cordero. En sus labios no hubo mentira, no tienen falta (Ap14,1-5). El número simbólico de 144 (12 x 12) está reflejando la imagen del nuevo Israel: los elegidos que han mantenido su fidelidad y que, evidentemente, no son sólo varones.

Reflexión teológica sobre la figura de María

Resulta esclarecedor analizar el proceso de reflexión teológica que se realiza ya en los evangelios sobre la figura de María, la madre de Jesús. En los años transcurridos desde la muerte y resurrección de Jesús hasta la redacción de los evangelios se ha ido elaborando ya una teología de la Nueva Alianza. En este proceso de elaboración va encajando de forma progresiva la figura de María.

Marcos, el evangelio más antiguo, sitúa a Jesús sin contexto familiar. Un tal Jesús (1,9) acude al bautismo de Juan. Sabemos que viene de Nazaret, pero desconocemos su familia. Más adelante, nos enteramos de que llegaron su madre y sus hermanos y desde fuera lo mandaron llamar (3,31). En este pasaje, Jesús se distancia de su familia física y se decide por una familia de libre adhesión: quienes cumplen la voluntad de Dios. Como tercero y último dato, nos enteramos de forma tangencial de los miembros y nombres de su familia más cercana: ¡Si es el carpintero, el hijo de María, el hermano de Santiago, José, Judas y Simón! ¡Si sus hermanas viven con nosotros aquí! (6,3). En el evangelio de Marcos, María, la madre de Jesús, no tiene ninguna función teológica. Tampoco interviene ni habla. Queda totalmente desdibujada.

Evangelio de Juan. Juan Mateos, tras un pormenorizado comentario al Evangelio de Juan [i] y basándose en la estructura interna del texto, aventura la hipótesis de que este evangelio es anterior a los de Mateo y Lucas. Incluso lo data en la misma fecha que el de Marcos: en torno al año 40, unos 10-12 años después de la muerte de Jesús. Una de las razones aducidas es precisamente que no habla para nada de la infancia de Jesús. Ni siquiera aparece el nombre de María, sino la madre, en las bodas de Caná (2,1.3) y junto a la cruz (19,26-27).

En las bodas de Caná, la madre de Jesús tiene una función claramente activa:

Detecta que no tienen vino.
Se dirige a Jesús y habla con él: -No les queda vino (Jn 2,3).
Jesús habla con ella. Es el único caso en todos los evangelios de un diálogo entre Jesús y su madre.
La madre se dirige a los sirvientes y les da “órdenes”: Haced lo que él os diga.
La omisión del nombre propio es más llamativa en la escena de la cruz porque en el mismo contexto aparecen los nombres de la hermana de su madre, María de Cleofás y María Magdalena. Por otra parte, la presencia de la madre de Jesús junto a la cruz sólo es consignada por Juan, mientras que Marcos y Mateo no hacen ninguna mención a pesar de que citan otras mujeres por sus nombres: María Magdalena, María, la madre de Santiago el Menor y de José, y Salomé (Mc 15,40 y Mt 27,56).

También resulta llamativo que Jesús le diga siempre mujer y no madre. Son claves de interpretación. El hecho de que no aparezca por su nombre indica, según Juan Mateos, que en el evangelio de Juan la madre de Jesús no es un personaje real sino que tiene una función simbólica: “representa al mismo Israel en cuanto origen de Jesús (Jn 2,1.3), que será integrado en la nueva comunidad al pie de la cruz (Jn 19,26-27)”[ii].

Evangelio de Mateo. Mateo repite las dos escenas de Marcos: la madre y los hermanos que buscan a Jesús (Mt 12,46-50) y la sorpresa de sus paisanos de Nazaret (Mt 13,53-58). Las escenas son sensiblemente iguales a las de Marcos, con ligeras variantes que no reseñamos aquí. Lo mismo que en Marcos, la madre de Jesús tampoco está en la cruz.

La característica del evangelio de Mateo es que inserta episodios de la infancia. No se narra la concepción virginal. Tan sólo se dice que antes de vivir juntos, resultó que esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo (1,18). Todas las escenas de la infancia son llevadas por José, siguiendo un esquema claramente patriarcal. El ángel del Señor se dirige en sueños a José para comunicarle la concepción virginal (1,20-21), para avisarle que huya a Egipto (2,13), para volver de Egipto (2,20) y para instalarse en Nazaret (2,23). En todos estos episodios, María queda en segundo plano. Es José quien decide repudiar a María, quien desiste y lleva su mujer a su casa, quien toma al niño y a su madre y huye a Egipto, quien vuelve de Egipto y quien se instala en Nazaret. El jefe de la familia toma todas las decisiones y María es llevada y traída sin que se deje traslucir su grado de cooperación o de participación activa.

La misma concepción virginal queda muy en penumbra. El verbo griego (euréthe = se encontró, resultó) no da pie a ninguna actuación personal de María, ni como anuncio ni como respuesta. Sólo se quiere resaltar el cumplimiento de la profecía: Mirad: la virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrán de nombre Emmanuel (Mt 1,23). Mateo hace una relectura del pasaje de Isaías. Allí la joven (la joven esposa del rey Acaz) está encinta y dará a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel (Is 7,14). Este hecho significa el respaldo de Dios al rey y la garantía de que su reinado tendrá descendencia. Mateo convierte la joven en virgen (esposa virgen-fiel), como anticipo y garantía de la fidelidad del hijo.

Por lo demás todo el relato de la infancia tiene un corte hierático y estereotipado, con poco margen para las emociones y los sentimientos personales, a excepción del pasaje sobre los magos.

Evangelio de Lucas. Los relatos de la infancia en Lucas dan un protagonismo sorprendente a María.

Habla con el ángel pidiéndole explicaciones y es ella la que toma la decisión: Aquí está la esclava del Señor, cúmplase en mí lo que has dicho (1,38). [Hay que dejar muy claro que el sólo relato de la anunciación no permite descubrir una concepción virginal en María. Lo que ocurre es que se lee “coloreado” por el relato de Mateo].
Por propia iniciativa, María se dirige a casa de su prima Isabel (1,39-40).
Hay un diálogo entre dos mujeres, Isabel y María, sin que figuren para nada los maridos (1,42ss).
María pronuncia su gran cántico del Magníficat, como resumen de toda la historia de Israel (1,46-55).
Se queda con Isabel tres meses, también sin mención del marido (1,56).
Tras la marcha de los pastores, María, por su parte, conservaba el recuerdo de todo esto, meditándolo en su interior (2,19).
En todos los relatos siguientes se habla siempre en plural. Es decir, José y María deciden y actúan juntos. Incluso se menciona cada uno de ellos como tras el cántico de Simeón: su padre y su madre estaban admirados por lo que (Simeón) decía del niño (1,33).
El propio Simeón dirige una profecía personal a María: a ti una espada te traspasará el corazón (2,35).
En la escena de Jesús en el templo, es María la que se dirige a su hijo en lugar de ser el padre: Hijo, ¿por qué te has portado así con nosotros? ¡Mira con qué angustia te buscábamos tu padre y yo! (2,48).
Este protagonismo de María tiene un contenido mucho más profundo en cada una de sus actuaciones. Como ejemplo, podemos ver el carácter “subversivo” que tiene la comparación de las dos anunciaciones (a Zacarías y a María) colocándolas simplemente en paralelo:

Anunciación a Zacarías ————— * Anunciación a María

Varón ————— * Mujer
Persona anciana ————— * Muchacha joven
Sacerdote ————— * Seglar, laica.
Jerusalén ————— * Una aldea de Galilea
El templo, lugar sagrado ————— * Espacio profano
Acto de culto, liturgia ————— * Actividad normal en la casa
Pide “garantía” ————— * Pide explicación
La mudez como “garantía” ————— * Sencilla aceptación de María
Sorpresa de la gente ————— * Totalmente inadvertida
Por lo demás, la figura de María queda desdibujada durante la vida pública. También recoge Lucas el pasaje sobre la madre y los hermanos de Jesús (8,19-21). Sin embargo, en la sinagoga de Nazaret da mucho más relieve a la actuación programática de Jesús como obertura de su misión y no menciona los nombres de la madre y hermanos de Jesús (4,16-30). Lucas no menciona la presencia de mujeres junto a la cruz, aunque es el único evangelista que narra las palabras de consuelo que Jesús dirige a las mujeres de Jerusalén (23,29-30).

Un nuevo dato específico de Lucas es que María vuelve a aparecer de nuevo en los Hechos de los Apóstoles, formando parte de la primera comunidad cristiana. Tras la ascensión, se cita a los once y Lucas añade: Todos ellos se dedicaban a la oración en común, junto con algunas mujeres, además de María, la madre de Jesús, y sus parientes (He 1,14).

Esta ojeada sobre los cuatro evangelios nos permite descubrir que existen diversas teologías sobre María, lo mismo que existen diversas teologías sobre Jesús. Resulta sorprendente la riqueza de reflexión teológica que llevaron a cabo las primeras comunidades cristianas y la enorme libertad que tuvieron a la hora de formularlas.

La simple constatación de este hecho deja la puerta muy abierta para comprender la doble “técnica” que se repite con mucha frecuencia en todos los evangelios: hechos históricos y narraciones teológicas o catequéticas. Por supuesto, también deja ya traslucir la dificultad que lleva consigo diferenciar la doble realidad, superando por una parte la tentación de literalidad estricta y por otra la de pura simbología.

popegodoy@telefonica.net

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