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¿Qué votar? -- Rafael Díaz-Salazar

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Las elecciones del 9 de marzo plantean problemas políticos y dilemas morales a quienes hemos sido educados en la dimensión política de la experiencia cristiana. Por un lado, sabemos que afortunadamente en el terreno político “estamos sin Dios”. El cristianismo originario es un laicismo religioso. No existe en él ni un ápice de teocratismo, ni de fundamentalismo político. Del Evangelio no se puede inferir una política, ni tampoco una moral detallada para abordar problemas que no existían en la época de Jesús. A nadie en su sano juicio se le ocurriría deducir un programa de gobierno o un código legislativo del Nuevo Testamento. El cristianismo favorece la secularización de la política.

Por otro lado, somos conscientes de que la experiencia cristiana no es irrelevante para la acción y las opciones políticas. Ella crea una forma de ver la vida, defiende unos valores, insta a una transformación de la realidad. El Reino de Dios se construye en la historia. Tenemos una inspiración evangélica de fondo y en cada coyuntura debemos buscar las mediaciones laicas que puedan traducirla y hacerla operativa, aunque sea de un modo limitado e imperfecto. En definitiva, ante cualquier realidad profana el cristiano tiene que hacer un discernimiento evangélico. Los criterios del discernimiento de las mediaciones políticas laicas no están preestablecidos en un código y es necesario que las comunidades cristianas los indaguen, evitando siempre identificarlos con la voluntad de Dios. Buscamos discernimiento, no legitimación de unas opciones políticas concretas. No dispongo de espacio para analizar esta cuestión y al lector interesado le remito a mi libro La izquierda y el cristianismo (Taurus). Allí expongo algunas aportaciones cristianas a la cultura política. De un modo resumido, mi tesis es la siguiente: desde el Evangelio lo central en esta vida es la erradicación del sufrimiento de los empobrecidos. Ellos son el sacramento de la presencia del Dios crucificado y la adoración de ese Dios se realiza a través de la emancipación de los hambrientos, sedientos, desnudos, emigrantes (Mt.25). Desde esta perspectiva, una política que active la inspiración evangélica ha de estar marcada por la «primacía de los últimos».

Educar la mirada política: ¿qué ver en los programas de los partidos?

Nuestra visión de la realidad no depende sólo del Evangelio. La asimilación de éste no se relaciona exclusivamente con la autenticidad espiritual, sino también con el lugar social y cultural en el que cada persona se inserta. Monseñor Romero y don Samuel Ruiz eran personas muy religiosas en su etapa conservadora. Su transformación evangélica no fue fruto de un aumento de su vida piadosa, sino de una reubicación social que les cambió la mente, las opciones socio-políticas y la asimilación del mensaje de Jesús. Por lo tanto, para el discernimiento cristiano de la política no basta con releer el Evangelio, buscar las mediaciones laicas para darle cuerpo histórico a sus valores y analizar los programas de los partidos. Es esencial realizar este triple proceso desde los sufrientes por el empobrecimiento y la injusticia y, si es posible, entre ellos y con ellos. Como dice Benedetti, “todo es según el dolor con el que se mira”.

Desde la perspectiva indicada, lo primero que hay que mirar son las propuestas de justicia internacional. En el Sur es donde hay más millones de empobrecidos y ellos han de ser nuestra prioridad desde una cultura samaritana de aproximación a su situación. ¿Qué proponen los partidos sobre redistribución mundial de la riqueza, impuestos globales, deuda externa, regulación de las empresas transnacionales, derechos humanos, comercio y soberanía alimentaria, acceso a medicamentos, control del comercio de armas, deuda ecológica, cooperación para el desarrollo?

Posteriormente, nuestra mirada se ha de dirigir a la política social nacional. Hemos de analizar qué proponen los partidos en el ámbito de las migraciones (acogida e integración, codesarrollo), cuál van a ser sus intervenciones en el cuarto mundo de la marginación, qué planes han diseñado para mejorar la situación de los barrios empobrecidos y de las comarcas rurales deprimidas, cuál es la política de vivienda social, qué conexión se establece entre la educación, la salud y la desigualdad social.

En la política económica, una sensibilidad cristiana basada en la primacía de los últimos da prioridad al análisis de las propuestas para reducir el desempleo y otorgar salario social y renta básica a los familias con jóvenes y adultos en el paro. También ha de prestar atención a la política fiscal para ver a qué clase social favorece más y cómo logra redistribuir riqueza para financiar gasto público social. Muy importante es ver qué medidas se proponen para instaurar democracia económica y laboral en las empresas: reducción de la precariedad y la siniestralidad, redistribución de la plusvalía y aumento de los salarios de los trabajadores, cogestión, libertad sindical real, regulación ecológica de la producción y del consumo, igualdad entre mujeres y hombres, políticas del tiempo (conciliación vida laboral y familiar, supresión de horas extras, reducción de la jornada).

En España es muy importante la política territorial. Para ello hemos de analizar cómo se articula la democracia descentralizada y la cohesión social para que no existan desigualdades entre territorios y dentro de cada Comunidad Autónoma. Respecto a la violencia terrorista, es necesario ver cómo se combina la firmeza contra el nazismo etarra y la búsqueda de una política de resolución pacífica del conflicto vasco, pues a medio plazo es inevitable. Ésta será más viable, si previamente se ha debilitado política y judicialmente al nacionalismo vasco violento.

Existen cuestiones que requieren deliberaciones éticas prepolíticas como son el aborto, la eutanasia y la investigación biomédica. Conviene conocer cuáles son las posiciones de los partidos sobre estos temas y la disposición de los mismos a crear comisiones nacionales de bioética y tener en cuenta sus dictámenes antes de establecer leyes en este ámbito.

A quién votar

A la hora de decidir el voto, la conciencia es la única que manda y el respeto a la misma es sagrado. Es ella la que tiene que ver qué partido puede realizar una política centrada en la «primacía de los últimos». Lo importante es que el voto esté precedido de un análisis que tenga en cuenta los problemas sociales más graves y la conciencia moral. También veo legítimo el voto en blanco, especialmente si se difunde por colectivos que desean una regeneración fuerte de la política y explicitan concretamente los cambios que desean. Me merece respeto la abstención, cuando está basada en serias convicciones anarquistas.

Las elecciones son un momento importante en la vida nacional. Deberían crearse espacios ciudadanos de análisis, debate y propuesta. Son muy interesantes algunos documentos en los que los movimientos sociales expresan sus demandas para la nueva legislatura. Las comunidades cristianas son un espacio muy adecuado para la práctica del discernimiento y la corrección fraterna sobre el comportamiento político. No olvidemos que la política es imprescindible para la construcción socioeconómica de la fraternidad.

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