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¿QUÉ PASA EN ESPAÑA? Carlos García de Andoin.

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El Correo

Cuentan quienes van al Vaticano que allá suscita gran interés la situacion de nuestro país. Se preguntan con preocupación y extrañeza: pero ¿qué está pasando en Espana? Es una manera sutil de preguntar por las difíciles relaciones entre el Gobierno y la Iglesia. Sin duda, Benedicto XVI habrá recibido informaciones precisas y diagnósticos documentados. Una visita como la del Papa a Valencia no se improvisa. No obstante, quisiera contribuir con una reflexión.

El sociólogo Ronald Inglehart ya en 1990, tras estudiar el cambio cultural en sociedades avanzadas, postuló la tendencia de la política occidental a polarizarse menos según la clase social y más según los valores. En la agenda política y en los programas de partido tendrían gradualmente mayor relevancia no las cuestiones relativas a la satisfacción de necesidades económicas sino las relacionadas con el cambio de valores, en lo que él llama la emergencia de los valores posmateriales.

Inglehart observaba una relación positiva entre posmaterialismo e ideología de izquierdas, algo que entraña importantes cambios sobre aquel esquema por el que la clase trabajadora votaba a la izquierda y las clases acomodadas a la derecha. Su tesis es que la base social del nuevo apoyo a partidos y políticas de izquierda tiende a provenir de las clases medias y de la identificación de éstas con estos nuevos valores llamados posmaterialistas. Entre ellos están la autonomía individual, las libertades cívicas y personales, la participación en decisiones relacionadas con el trabajo, la comunidad y el gobierno, la diversidad cultural, la emancipación de la mujer, la solidaridad internacional, la paz y el medio ambiente, también la búsqueda de sentido espiritual al margen de las religiones institucionales. Si se analizan desde esta perspectiva, las acciones más significativas del actual Gobierno han sido ejemplos de aplicación de la agenda posmaterialista. Es aquí donde las políticas del PSOE han topado con una Iglesia que, más lenta en la asunción del cambio cultural, ha representado la quintaesencia de la defensa de los valores tradicionales.

Si el PSOE abandera el matrimonio homosexual, la Iglesia se niega a reconocer el amor homosexual y los derechos que le corresponden; si el PSOE confecciona un Gobierno paritario de varones y mujeres, con una mujer como vicepresidenta, la Iglesia católica define la imposibilidad del acceso de la mujer a su gobierno; si el PSOE visibiliza sus dirigentes homosexuales, la Iglesia les impide ser ministros de la misma; si el PSOE facilita el divorcio, la Iglesia propone la indisolubilidad del matrimonio; si el PSOE promueve fórmulas de conciliación entre vida familiar y laboral, la Iglesia atribuye la problemática de la familia a las ideologías liberales y feministas; si el PSOE defiende la cultura de la vida, haciendo de la violencia de género una preocupación prioritaria, la Iglesia la identifica con el rechazo de los preservativos pues el amor debe estar abierto a la vida. No es extraño que este conflicto se traslade a la educación: qué valores se transmiten y a la polémica entre educación para la ciudadanía y religión.

Esta polarización política sobre los valores ha supuesto una repolitización de la religión que creíamos superada, y la Iglesia a pesar de la secularización, se ha convertido en un actor político de primer orden. Más activa incluso que el PP y totalmente alineada con sus intereses estratégicos. Una repolitización que tiene en este país una historia y unas dimensiones particulares. Lo dijo Franco: «Con nosotros va el bienestar, la paz de España, la familia y la Religión, todo» (25 de julio de 1936). Salvar España en el pensamiento conservador que aquí ha sido católico era salvar patria, familia y religión. Las tres cuestiones han sido replanteadas: la patria con el Estatut, la familia con el matrimonio homosexual y la religión con la reforma educativa. Las tres han sido vividas por el pensamiento católico conservador como agresiones a la fe y la Iglesia.

Siendo verdad que al PSOE le falta madurar una política de laicidad incluyente de lo religioso, que habría propiciado un diálogo en condiciones que aún no se dan y que le falta distanciarse de sectores obsesionados con un ajuste de cuentas con la Iglesia, ésta tiene al menos dos retos de envergadura.

En primer lugar, huir de la toma de partido. La deriva por las aguas del neotradicionalismo católico es una elección con enormes costes: divide la comunidad cristiana que es políticamente plural, amputa el Evangelio y fractura la comunión entre las diversas iglesias locales. La Iglesia católica podrá seguir desempeñando un rol social y moral preeminente en España en la medida en que sepa ser signo de un encuentro que trasciende las divisiones políticas basadas en la cuestión nacional y erigirse en referencia ética más allá de la acusada rivalidad de la política marcada por el eje izquierda-derecha. En segundo lugar, la Iglesia española debe recentrarse en su misión. No se trata, como dijo el presidente de la Conferencia Episcopal, Ricardo Blázquez, de estar a rebufo de la política, sino de anunciar a Jesucristo. Hoy esta mision está en crisis. Falla la transmisión de la fe, ha perdido centralidad y plausibilidad la experiencia cristiana de Dios en la vida de los católicos y nuestra identidad en la vida pública es difusa.

Pero esta tarea no se resuelve desandando el camino, del Vaticano II al Syllabus, ni buscando chivos expiatorios, sino afrontando el desafío de recrear una perspectiva cristiana sobre los nuevos valores que caracterizan el cambio cultural. Hoy, como siempre, no hay sólo preocupaciones sino oportunidades, lo que Von Balthasar llamaba «el Espiritu allende el Verbo», valores que nacidos fuera de la Iglesia sintonizan con el Evangelio. No hablo de concordismos fáciles, pues hay que mantener la dialéctica del amor de Dios, ésta sí, pero no la acontemporaneidad de una ideología acartonada que no encubre más que afán de poder.

Querido Benedicto XVI, los cristianos laicos en España somos adultos y vamos a exigir a los dirigentes de la Iglesia ‘accountability’, esto es, rendición de cuentas. Las perspectivas para el futuro del cristianismo no son halagüeñas y hace falta un cambio radical de rumbo que aún no vemos.

Carlos García de Andoin es coordinador federal de Cristianos Socialistas del PSOE y miembro del Instituto de Teología y Pastoral de Bilbao

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