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¿Por qué no se suicidan colectivamente los pobres? -- Víctor Codina sj

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Cristianismo y Justicia

Gustavo Gutiérrez se pregunta “¿Dónde dormirán esta noche los pobres?”. Es una pregunta interpelante que expresa la preocupación angustiosa por tanta gente que vive a la intemperie, sin hogar ni trabajo.
Pero yo quisiera completar esta pregunta con otra, que quizás nos puede extrañar: ¿Por qué no se suicidan colectivamente los pobres?

No pretendo aquí hacer un estudio sociológico del fenómeno del suicidio en el mundo, ni presentar estadísticas sobre el número de suicidios individuales en los países ricos del Norte frente a los países pobres del Sur, aunque seguramente constataríamos que su número es mayor en el Norte que en el Sur, donde también hay suicidios individuales por motivos sentimentales, familiares y a veces económicos.

Mi pregunta tiene otra intención: ¿cómo es que en los países pobres del Sur, en América Latina muy concretamente, no se dan esos suicidios colectivos que a veces en algunas “sectas” fundamentalistas y apocalípticas se han producido, bajo las órdenes de un líder fanático? ¿Por qué los grupos indígenas no deciden extinguirse y desaparecer?

En América Latina los pobres, los grupos marginados, los campesinos, los indígenas y afrodescendientes, padecen muchas veces hambre, desnutrición, muchos de ellos no tienen agua ni electricidad, no gozan de un empleo estable, no poseen una vivienda digna, sufren por falta de escuelas y de hospitales, se sienten excluidos, muchos emigran al exterior en busca de mejores condiciones de vida…Y sin embargo siguen adelante y luchan por la vida, se enamoran y se casan, tienen hijos, los niños juegan y ríen, las mujeres compran flores y celebran fiestas, se levantan cada día con la esperanza de mejorar su vida, con la ilusión de construir un mundo mejor, de luchar para que sus hijos vivan una vida más digna y no padezcan la estrechez económica que ellos han sufrido.

Cuando en el Primer mundo las Utopías han muerto y los Grandes relatos han desaparecido, cuando los ideales del Mayo del 68 son objeto de crítica y de ironía, y cada uno busca vivir lo mejor posible prescindiendo de los demás…en América Latina todavía la gente sueña con un mañana mejor, con un mundo donde haya justicia, solidaridad, respeto a las diferencias étnicas y sexuales, libertad, inclusión, armonía con la naturaleza, donde, como el profeta anunciaba, el lobo y el cordero puedan pacer juntos y el niño pueda jugar con la serpiente (Is 11, 6-8).

¿De dónde nace esta esperanza de que otro mundo es posible y necesario? Esta esperanza no es fruto de sus estudios sobre economía política, ni de una reflexión sobre la historia de las civilizaciones, sino de algo más sencillo y profundo.

Frente a todos los agoreros de la sociología que anunciaban que en América Latina la secularización rabiosa y lineal del occidente ilustrado iba a barrer con la religión y producir una sociedad agnóstica y atea como la europea, la religión pervive con fuerza en América Latina, dentro de un gran pluralismo religioso. Esta religiosidad pluriforme es sin duda la fuente última de su esperanza existencial en la vida.

Sin querer hacer un estudio pormenorizado del pluralismo religioso en América Latina podemos afirmar que junto a las viejas raíces culturales y religiosas de las cosmovisiones ancestrales anteriores al cristianismo, pervive una fuerte religiosidad popular que es la forma más inculturada de vivir la fe desde sus raíces culturales y que es la más extendida en los sectores pobres. Junto a esta forma de religiosidad popular están los practicantes dominicales y un grupo minoritario de cristianos que podemos llamar comprometidos, militantes, discípulos y misioneros. Indudablemente forman parte de este pluralismo religioso los que pertenecen a comunidades evangélicas y también los que integran grupos para-cristianos o no cristianos.

Podríamos decir, simplificando y generalizando un poco, que en todos estos grupos religiosos persiste un sentido de lo sagrado y de lo trascendente, al mismo tiempo que en muchos de ellos coexiste una cierta relativización (¿postmoderna?) de las instituciones, una creencia con poca o sin pertenencia institucional. Es una fe y una religión “a la criolla”, a su aire, bastante libre y atípica frente a las enseñanzas y normas oficiales, una especie de religión e Iglesia informal, casi subterránea.

Pero en medio de este gran pluralismo religioso, sobre todo en los más pobres hay un sentido convergente y profundo de amor a la vida, de que Dios no nos abandona sino que escucha el clamor de los pobres, que Dios da fuerza para luchar por la vida, que nos acompaña siempre, que nos perdona y salva, que está con el pueblo en su marcha por la historia.

¿De dónde nace esta convicción? ¿Son las raíces ancestrales de las culturas y religiones originarias? ¿Son fruto de la tradición bíblica que recuerda que Dios salvó al pueblo de Israel de la opresión de Egipto y lo llevó a la tierra de promisión? ¿Se fundamenta en el conocimiento del evangelio, de la cercanía y cariño de Jesús de Nazaret hacia los pobres, a los que llama bienaventurados, sana y perdona? ¿Está ligada a la figura materna de María que nunca abandona a sus hijos e hijas? ¿Se apoya en el testimonio de mucha gente de buena voluntad y de Iglesia que se ha solidarizado con ellos?

¿O es más bien una misteriosa convicción interna, inexplicable racionalmente, que les asegura que Dios está siempre con ellos, que “Diosito” siempre les acompaña? El Espíritu del Señor, que es vida y esperanza, es quien interiormente les hace experimentar esta esperanza y les da fuerza para seguir adelante en la vida.

Esta misteriosa convicción se convierte en fuerza, en esperanza, en no desilusionarse, en luchar, amar, casarse, tener hijos, celebrar fiestas, no suicidarse colectivamente. El Dios de la vida les infunde ánimos para vivir, aunque todo ello sea misterioso y difícilmente conmensurable. Los pobres intuyen que el mal, el dolor, la pobreza, la injusticia, la muerte no pueden tener la última palabra, que un día triunfará la justicia y la verdad, y esto es lo que en sus fiestas ya anticipan simbólicamente. Es la actitud de la mujer del Apocalipsis que frente al dragón que la amenaza de muerte, ella engendra vida (Apoc 12), convencida de que la vida vencerá a la muerte. Es la fe de las mujeres que van al sepulcro y que al hallarlo vacío, creen que el crucificado ha resucitado y vive (Lc 24, 1-11).

Teológicamente podríamos acudir a los textos evangélicos donde Jesús da gracias a su Padre porque ha ocultado a los sabios y prudentes de este mundo los misterios del Reino y los ha revelado a los sencillos y pequeños (Lc 10, 21-22).

Desconocemos cómo evolucionará esta religiosidad en el futuro, pero actualmente esta esperanza y estos sueños constituyen una lección para los que viven (también en América Latina…) en un Primer mundo que ha hecho del dinero su sacramento burgués, el signo visible de la gracia invisible, que no tienen sueños ni utopías, están encerrados en la cárcel de la más crasa inmanencia, sólo desean disfrutar de la vida. Algunos ya no quieren tener hijos, otros piensan seriamente en quitarse la vida cuando ésta decline y ya no tenga aliciente para ellos.

Frente a esta realidad, los pobres nos enseñan que, a lo mejor, con menos se puede vivir más humanamente, que se puede soñar, que se puede arriesgar, luchar por un mundo mejor, que tiene sentido esperar, aunque no veamos plenamente sus resultados, que la vida es digna de fe, que hay Alguien que nos acoge y envuelve misteriosamente con su cariño, porque estamos en buenas manos, en las manos bondadosas de un Padre-Madre. A pesar de todos estos males, los pobres intuyen que no hay por qué suicidarse, porque la vida es bella, es un don del Dios de la vida.

Cochabamba, Bolivia, Adviento 2010.

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