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¿Hay sectas por aquí? -- José Arregi, teólogo

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Humus

Nos habían reunido para hablar de sectas en la televisión vasca, y el presentador, tras un breve preámbulo, me preguntó se sopetón: “¿Hay sectas en el País Vasco?”. No había espacio para matices, y yo soy de reflejos tardíos, de modo que respondí apresuradamente: “No”. Y antes de que pudiera añadir o matizar, el presentador ya había lanzado la misma pregunta a un conocido batidor de sectas religiosas por estas tierras, y él, como era de esperar, afirmó lo contrario con igual presura: “Uf, un montón”. Y siguió una discusión acalorada entre los demás intervinientes.

Hay muchos días en que, contra lo que pudiera parecer a más de uno, no deseo discutir, palabra de origen latino compuesta de “dis” que significa separar y “cútere” o “quátere” que significa agitar. Hay muchos días, hoy mismo por ejemplo, en que tampoco deseo hablar ni escribir esto que estoy escribiendo, que es otra forma de hablar. También hablar es separar, por mucho que hablemos para entendernos y acercarnos. Sería preferible quedarse a mirar la suave luz de la tarde y dejarse envolver, o contemplar el agua correr mansamente y dejarse llevar. Oh, sí!, sería infinitamente mejor estar sin más aquí, ahora, en el infinito, y dejar que el Espíritu entre en lo más profunde del alma, donde siempre habita haciendo el alma infinita, abriéndola al Infinito sin fronteras, y dejar que ejerza su dulce oficio de madre, el oficio de consolar infinitamente.

Pero a veces es necesario distinguir, discernir y discrepar, y hoy me propongo hacer algunas precisiones sobre aquella discusión televisiva, aquellos monosílabos apresurados. Afirmar que algo existe es más fácil y menos arriesgado que afirmar que algo no existe. No se puede decir, por ejemplo, que no hay cisnes negros sin antes haber explorado a fondo todo el universo, ¿y quién lo podrá hacer? ¿Hay sectas por aquí? Sobre el plató, hubiese debido decir: “Pues no lo sé, pero yo no las conozco. Y si las conociera, debería denunciarlas ante un juez. Y si no las denunciara, yo mismo cometería delito y debería ser denunciado”. Porque una secta es un grupo que delinque, eso sí que lo dije.

Pero la verdad es que el término “secta” es muy ambiguo; ni siquiera sabemos si proviene del latín “sequere” (seguir) o “secare” (cortar, separar). Pero, en el lenguaje común, no significa simplemente un «conjunto de seguidores de una doctrina religiosa o ideológica concreta”, como dice Wikipedia, sino algo mucho más fuerte y peyorativo. Quien hoy dice “secta” dice destrucción de la personalidad, atentado a la libertad, manipulación de la persona, reclutamiento fraudulento, abuso de poder, explotación económica. Conductas todas que en nuestra sociedad están tipificadas como delitos. Decir “secta” es, pues, decir una asociación que delinque. Que delinque como asociación, se entiende, pues un grupo en el que ninguno de sus miembros haya cometido nunca un delito, ni grande ni pequeño, es como un cisne negro.

Además, “secta” suele designar casi siempre a grupos minoritarios, a menudo escindidos de otro más grande. Pero es evidente que el criterio de la mayoría no puede servir sino para confundir más; bien podría suceder que el grupo mayoritario sea más sectario que el grupo escindido. A nadie se le ocurre acusar a los mormones (o Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días) de ser una secta en el Estado norteamericano de Utah, donde son mayoría. Pero el perseguidor de “sectas destructivas” al que me he referido más arriba tiene en su página web una larga lista –de no menos de 60 asociaciones y movimientos–, en la que incluye a mormones, testigos de Jehová, bahaís o brahma kumaris…, e incluso a la “Nueva Eva” y “otros grupos en observación” para que no falte nadie. Y no se nos ofrece ningún dato y ninguna prueba. Solamente la acusación: son sectas destructivas. Eso sí, solo se trata de grupos minoritarios.

Ese camino me parece impracticable. Para hablar de “sectas” (se entiende “destructivas”; de las otras no hay por qué preocuparse), necesitamos de un criterio objetivo, y éste no puede ser otro que el Código Penal vigente. Claro que también el Código Penal es parcial y discutible, y tanto que lo es, pero es la única norma razonable en este asunto. Ahora bien, el Código Penal no habla de “sectas”, que es un término demasiado confuso, tan confuso que la Asociación UNESCO para el Diálogo Interreligioso de Cataluña, que sabe mucho de todo esto, renunció a utilizarlo. El Código Penal (artículo 515) habla de “asociaciones ilícitas punibles”, que son “las que tengan por objeto cometer algún delito o, después de constituidas, promuevan su comisión, así como las que tengan por objeto cometer o promover la comisión de faltas de forma organizada, coordinada y reiterada”.

Ahí debe terminar a mi entender la discusión sobre las sectas. Si no son asociaciones ilícitas y punibles, nadie puede acusarlas impunemente. Y si alguien, como es el caso, las acusa públicamente como “sectas destructivas”, una de dos: o bien las denuncia ante un juez, o bien delinque él mismo por no denunciarlas a sabiendas de que son delictivas. El juez deliberará y dictará sentencia (¡ojalá que imparcialmente!). Pero mientras no se demuestre el delito, la presunción de inocencia y la libertad de asociación han de prevalecer. A no ser que queramos volver a implantar un clima general de intolerancia, de fanatismo sectario y de caza de brujas. Sería un mundo irrespirable.

Queremos respirar. Dejemos respirar. No quiero decir que hayamos de ser ingenuos, aunque no estaría mal que pecáramos de un poco más de ingenuidad, de un poco más de fe en las personas o de fe en la libertad, más bien que de intransigencia, de suspicacia, de miedo, pues el miedo lleva al miedo, y de eso es de lo que más peca y padece el mundo de hoy que creíamos tan libre, tan ilustrado, tan desarrollado.

En conclusión, propongo que dejemos de lado el término secta y hablemos simplemente de asociaciones delictivas que hay que denunciar ante el juez y de asociaciones que tienen derecho a difundir sus ideas y desarrollar sus actividades, nos gusten o no. Pero aun descartando el término “secta”, no descarto el término “sectarismo”. El sectarismo sí que existe, aunque sea imposible llevarlo a los tribunales, y existe en las grandes empresas, religiones e iglesias, mucho más que en los movimientos disidentes y marginales. Una empresa que te atosiga hasta que contratas sus servicios y que luego, si quieres rescindir el contrato por lo que sea, te enseña la letra pequeña y te amenaza con penalizarte para que no te vayas, ¿no es sectaria? Una religión que ha metido a la pobre gente el miedo a Dios hasta la médula ¿no es una religión sectaria? ¿No es sectaria una iglesia que sigue enseñando que si estás en pecado mortal y no te confiesas con un sacerdote católico te puedes ir al infierno eterno?

Nada de eso es Dios, gracias a Dios. No son más que los miedos humanos, adheridos a la frágil memoria de unas pobres neuronas. Dios no es sectario, no separa. Dios es como la suave luz que inunda un templo, o todo el campo al atardecer, para buenos y malos. Dios es la Vida que recorre la planta, que empuja al vencejo en su eléctrico vuelo. Dios es Espíritu que ensancha el alma hasta el infinito. Celebremos Pentecostés y respiremos.

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