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¿Es el cristianismo una religión más? -- Carlos Escudero Freire

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Lo sagrado y lo profano en la vida de Jesús.
Antes de analizar los evangelios, para saber si el cristianismo es una religión más, debemos constatar que lo sagrado en la historia de las religiones constituye un valor esencial. Mircea Eliade, uno de los estudiosos más importantes del siglo XX, ha abordado el tema de lo sagrado y lo profano con especial interés y fortuna.

Lo sagrado, que pertenece a otro mundo, se manifiesta en nuestra realidad que le sirve de soporte. Los objetos materiales, al indicarnos lo que pertenece a la esfera de los dioses, se convierten en objetos sagrados: un árbol, una montaña, una roca, el sol adquieren así un rango sobrenatural

Para la cultura antigua, el tiempo es también algo sagrado, y se divide en ciclos sagrados con ritos y sacrificios para aplacar a los dioses. La religiosidad lo impregna todo: relaciones sociales, hábitos alimenticios, relaciones sexuales…
También la creación del mundo y su relación con el hombre se relatan en los mitos. Así también en el Antiguo Testamento (Génesis I-II).

El hombre moderno en gran medida rechaza la trascendencia porque trata de hacerse a sí mismo. Y sólo considera esto posible en la medida en que se libere del tema religioso, en que abandone lo sagrado que es mera superstición.

El Antiguo Testamento está lleno de instituciones y de lugares sagrados: la tienda de la Alianza, el templo de Salomón, la casta sacerdotal de Aarón y Leví, el sábado, y la inmensidad de ofrendas y sacrificios que se hacían en el templo de Jerusalén, lugar sagrado por excelencia.
El único pueblo sagrado de la tierra era el pueblo de Israel, que se movía en la órbita de Dios. Los demás pueblos de la tierra eran para los israelitas paganos o gentiles.

¿Es ésta también la perspectiva del Nuevo Testamento? Creo que no. Es lo que vamos a examinar a continuación. Digamos por ahora que Jesús no vino a completar el Antiguo Testamento, sino a comenzar algo totalmente nuevo. Como dice Lucas: La ley y los profetas llegaron hasta Juan, desde entonces se anuncia el reinado de Dios (Lucas 16,16).

Lo sagrado y lo profano en los Evangelios.

El tema de lo sagrado y lo profano es uno de los puntos más importantes y conflictivos que diferencian al Antiguo del Nuevo Testamento. Por eso conviene explicar qué alcance tiene el concepto de profano. Lo profano, en cuanto opuesto a lo sagrado, indica ante todo la autonomía de los seres humanos en relación con la realidad que los circunda y con la que se relacionan constantemente; significa pues lo cotidiano, lo normal en la vida de la gente, lo secular, lo que pertenece y tiene que ver con los laicos.

Así que, de entrada, la laicidad, por estar referida a los laicos, no debería asustar tanto a la jerarquía eclesiástica, porque ellos mismos han dividido el mundo católico en clérigos y laicos. Esta división tiene por objeto diferenciarse netamente de los laicos para constituirse ellos –la jerarquía- en el único referente sagrado con todo tipo de prebendas, honores y privilegios, mientras que los laicos constituyen el mundo –común y corriente – de lo profano.

La jerarquía no sólo constituyen el mundo de lo sagrado, sino que además, y por medio de diversos ritos religiosos de carácter sagrado, son ellos mismos los que consagran y los consagrados. Ellos son los dueños absolutos en el campo religioso, y administran -porque así lo han decidido a lo largo de la historia secular de la iglesia-, todo el tema de lo sagrado: los sacramentos, las misas, los triduos, las novenas, las peregrinaciones y romerías a lugares sagrados, las apariciones de la virgen y los templos construidos por doquier. Además deciden a qué creyentes hay que proclamar beatos y santos aquí en la tierra. Tienen pues el monopolio total de lo sagrado y de la santidad.

La jerarquía tiene también el poder sagrado de bendecir, y por bendecir lo bendicen todo, hasta las entidades bancarias y cajas de ahorro que han tenido mucho que ver con la crisis social y económica en que estamos sumergidos hasta el cuello. En un pasado no muy lejano incluso bendecían los cañones, los carros de combate y la guerra misma. Con estas incursiones en el terreno de los laicos han querido demostrar su poder y dominio sobre todo. En una palabra, ellos están en la esfera de Dios y de lo divino y se encargan de todo lo relacionado con Dios como intermediarios y administradores de lo sagrado.

Los laicos, por el contrario, estamos atados de pies y manos, y quedamos totalmente a su merced. En cuanto cristianos, muchos creyentes viven dependiendo absolutamente de la jerarquía y de sus normas, sin desarrollarse como personas, en un perpetuo infantilismo. Así las cosas, el problema que se plantea es de candente actualidad, porque los laicos nos estamos despertando, vamos conociendo cada vez mejor la invitación de los evangelios a desarrollarnos como personas, y a ir alcanzando una vida libre, feliz y plena. Por eso exigimos autonomía en el ambiente normal de nuestras vidas, al mismo tiempo que tratamos de desmitificar lo sagrado, partiendo de pasajes de capital importancia en los evangelios.

La jerarquía, en gran medida, está siguiendo el espíritu y la letra del Antiguo Testamento más que los pasajes esenciales del Nuevo, con referencia especial a los evangelios. Baste recordar por ahora que Jesús fue un laico, y como tal se comportó, no una persona consagrada.
Hay que comprobar, pues, si los pasajes centrales de los evangelios han ido surgiendo y configurándose en el ámbito secular, es decir, en el ambiente laico o profano en que se movía Jesús, o, por el contrario, se han originado en lugares sagrados o en relación con lo sagrado.

En relación con la historia de las religiones y de lo sagrado, conviene aclarar un par de conceptos al hablar del cristianismo. Hay que distinguir entre teofanías o revelaciones divinas, que sí se dan en los evangelios –así por ejemplo en la Anunciación, con motivo del nacimiento de Jesús y de su Bautismo-, y la institución de personas y de lugares sagrados, que no se encuentra en los evangelios.

Tampoco se da la mediación sagrada, de capital importancia en el Antiguo Testamento y demás religiones conocidas. Es decir, en los evangelios Jesús no aparece como mediador sagrado para ejercer esta mediación en lugares sagrados. Tampoco ha instituido mediadores sagrados.
Por otra parte, las teofanías o manifestaciones divinas son gratuitas, y no pueden ser exigidas ni controladas por el ser humano. Lo que pasa en realidad es que lo divino, lo trascendente y sus manifestaciones son consideradas como algo sagrado por la jerarquía; así queda legitimada para constituir ministros de culto o intermediarios sagrados, siendo así normal que levanten templos o santuarios, oficien actos de culto, y consagren y bendigan. Acabamos de afirmar que en todas las religiones existe la mediación sagrada, también en el judaísmo; no así en los orígenes del cristianismo que por eso mismo no debe entenderse como una religión más.

La praxis histórica del cristianismo, como una religión más, se aparta sustancialmente del proyecto inicial de Jesús que nunca pensó en fundar una religión como las demás, sino en proclamar y realizar el reinado de Dios entre los hombres, con valores cualitativamente nuevos y revolucionarios, tanto en el ámbito religioso, como en el político-social.
Todas las religiones –también el cristianismo en su devenir histórico- han sometido, dominado, marginado y hasta esclavizado al ser humano de diversas formas. El Evangelio, por el contrario, pone al ser humano en el centro, y busca su desarrollo, libertad y felicidad. El ser humano está por encima de cualquier institución por sagrada que sea. Este planteamiento nos invita a recuperar el frescor de los evangelios en sus núcleos esenciales, lo que constituye el desarrollo del subtítulo: lo sagrado y lo profano en la vida de Jesús.

1. El evangelio de la infancia de Lucas.

El Evangelio de la Infancia es lo último que Lucas incorpora a su obra. Por eso encierra la cristología más avanzada del tercer evangelista. También contiene otros datos interesantes en el tema que nos atañe. Empecemos por analizar y comparar la figura de Juan Bautista con la de Jesús.

El anuncio a Zacarías: Lucas 1,5-25.

Después del prólogo a toda su obra (Lucas 1,1-4), el evangelio de la infancia se abre con el anuncio del nacimiento de Juan (1,5-25). Las circunstancias que lo rodean nos introducen en un ambiente marcadamente sagrado: Zacarías, su padre, era sacerdote (versículo 5). Mientras prestaba su servicio sacerdotal entró en el santuario a ofrecer el incienso, pero la muchedumbre del pueblo estaba fuera (versículos 8-10). Es decir, Zacarías estaba en lugar sagrado, celebrando uno acto del culto que sólo podían celebrar los sacerdotes: estaba en el lugar oficial de las manifestaciones divinas. Zacarías, en contraste con el pueblo, representaba lo sagrado; el pueblo, lo profano, lo cotidiano. Pues bien, en este ambiente sagrado es donde se le aparece el ángel del Señor a Zacarías (Lucas 1,11). Le anuncia el nacimiento de Juan, a pesar de que su mujer Isabel es estéril y ambos son mayores (Abrahán-Sara; Isaac y Rebeca). Anuncia también el carácter profético de Juan y afirma que será precursor de Jesús.

A pesar de ser sacerdote y de las demás circunstancias del rito sagrado que celebra, Zacarías se muestra incrédulo ante el anuncio del ángel:
Pues mira, te vas a quedar mudo y no podarás hablar hasta el día en que eso suceda, por no haber dado fe a mis palabras, que se cumplirán en su momento (Lucas 1,20).)

La conclusión es clara: Zacarías, sacerdote, celebrando un acto ritual y sagrado en el santuario, no tiene fe, no se fía del Señor. Con el castigo de quedarse mudo, por ser prefigurativo y simbólico, Lucas hace enmudecer a toda la casta sacerdotal, porque celebrar ritos sagrados sin fe es un fraude. Fiarse de Dios es lo fundamental y la fe no está relacionada con el sacerdocio, sus ritos y los lugares sagrados, como veremos en la Anunciación.

La Anunciación: Lucas 1,26-38.

El texto es conocido y sólo vamos a detenernos en detalles que están en relación con el tema de lo sagrado y lo profano. Así observamos que el ángel Gabriel, al aparecerse a María, lo hace en Nazaret, población desconocida en el Antiguo Testamento. Además, Nazaret pertenece a Galilea, provincia alejada de la Institución judía y del poder político-religioso cuyo centro estaba en Jerusalén (Judea). No descubrimos nada sagrado en esta escena: no hay sacerdote intermediario, ni templo, ni ofrenda ritual, como en el caso de Zacarías. María está en su casa y allí tiene lugar el anuncio del ángel. Es una doncella sin nombre, una desconocida, pero es la agraciada del Señor.

Así, por pura gracia e iniciativa de Dios, María irrumpe de manera directa y con fuerza en la historia de la salvación, inaugurada por Jesús como reinado de Dios, quedando José, padre del niño, y de la estirpe de David, en un discreto segundo plano. El anuncio del nacimiento de Jesús aparece así enmarcado en el desarrollo de una vida normal, la de María en su casa, y sin relieve alguno. Lo sagrado no aparece aquí por ninguna parte.

Terminado el anuncio, María pone una objeción:
– ¿Cómo sucederá eso si no vivo con un hombre?
El ángel le contestó: El Espíritu Santo bajará sobre ti y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que va a nacer será llamado Santo, Hijo de Dios (Lucas 1,34-35).
En este anuncio de Gabriel se encuentra la cristología más avanzada de la obra lucana. Los títulos Santo e Hijo de Dios se aplican aquí a Jesús en sentido único y trascendente. María recibe este secreto, lo guarda en su corazón, y lo acepta por la fe, ya que todavía no está capacitada para comprender el misterio de su hijo.

María es presentada como creyente: acepta los acontecimientos que se iban a desencadenar sobre la personalidad y la condición de su hijo. Esta es su grandeza y en esto se diferencia de Zacarías. El padre de Juan, sacerdote, no cree en el anuncio del Señor (Lucas 1,18-20); María, por el contrario, acepta el mensaje de Dios y responde al ángel:

– Aquí está la esclava del Señor; cúmplase en mí lo que has dicho (Lucas 1,38).
Su confianza en Dios es total; cree que para Dios no hay nada imposible (Lucas 1,37), y por eso da su consentimiento al anuncio de Gabriel. Esta es la verdadera grandeza de María, por eso la primera bienaventuranza del evangelio de Lucas, en labios de Isabel, es para ella:
– ¡Dichosa tú que has creído! Porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá (Lucas 1,45).
Conclusión:
La Anunciación, en lo tocante a nuestro tema de lo sagrado, podría resumirse así:

– En esta narración, que tiene como centro la concepción de Jesús con sus prerrogativas, no hay vestigio de lo sagrado. Tanto el lugar, la casa de María, como la ciudad, Nazaret, como la región, Galilea, están lejos de los lugares y las instituciones sagradas de Israel. María es a su vez una joven sencilla, de linaje desconocido, pero es la escogida gratuitamente por Dios. Estamos pues en el terreno de lo secular, de la vida normal, de lo profano.

– El contraste con Zacarías no puede ser mayor. En el anuncio al padre de Juan lo sagrado brilla con todo el esplendor porque Zacarías pertenece al Antiguo Testamento. María, por el contrario, acepta el mensaje de Gabriel, da su consentimiento y es proclamada dichosa por haberse fiado del Señor. La grandeza de María está en su fe, y la fe es un acto humano libre que no pertenece al terreno de lo sagrado. María es la primera creyente en Jesús, pero, aunque su vida diaria discurre en la rutina y la normalidad, tendrá que seguir renovando su fe ante el desconcierto causado por su propio hijo, debido a su misteriosa personalidad. En esta escena tan importante de la Anunciación ha intervenido directamente Dios –su revelación por medio del ángel-, y se ha decantado, no por el ámbito de lo sagrado, sino por el terreno de lo profano, de lo cotidiano, de la normalidad.

El nacimiento de Jesús: Lucas 2,1-20.

Esta sencilla y grandiosa escena sobre el nacimiento de Jesús discurre por los caminos de la vida normal de María y José, sometidos, como toda la nación judía, al decreto del emperador Augusto. A su vez, este decreto imperial sitúa la narración del nacimiento de Jesús, no dentro del estrecho marco del judaísmo, sino dentro del panorama universal representado por el imperio romano. De este modo Jesús queda insertando en el marco de la historia universal.

A continuación aparece el protagonismo de José, sólo para indicar que, como cabeza de familia, toma con él a su esposa, que estaba encinta, y que se dirigen a Belén, ciudad de David, porque José era de la estirpe y familia de David (Lucas 2,4). Jesús queda pues simbólicamente entroncado en la familia de David, pero no va a nacer colmado de honores en la ciudad santa, Jerusalén, sino en la más severa pobreza y rodeado de gente pobre, los pastores.

Estando en Belén, le llegó el tiempo del parto y dio a luz a su hijo primogénito; lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no encontraron sitio en la posada (Lucas 2,6-7).
No estamos en el ámbito de lo sagrado, sino de lo circunstancial -el decreto de Augusto-, y de lo profano: en un pesebre. A través del nacimiento de Jesús en un pesebre, por no tener cobijo en una posada, comprendemos la condición de María y José, como gente normal y corriente. Este hecho tiene además un significado teológico para el recién nacido: nació como pobre, entre los pobres (los pastores).

Esta narración del nacimiento de Jesús constituye un contraste nítido y claro con las celebraciones de la Navidad en las distintas catedrales, basílicas, y templos de todo el mundo cristiano. La suntuosidad de lo sagrado ha podido absorber, sin darnos cuenta, la realidad cotidiana, sencilla y profana de la vida de María y José y del crudo nacimiento de Jesús en un estado de pobreza dura. Pero para entender todo esto con mayor claridad, examinemos la revelación celeste con la que el ángel de señor se dirige a los pastores.

La revelación celeste, proclamada por el ángel del Señor (Lucas 2,8-12), interpreta de manera desconcertante el nacimiento de Jesús, al indicar quiénes son los destinatarios principales de este nacimiento, así como los títulos divinos con que está adornado el recién nacido. El texto que nos atañe dice así:

En las cercanías –de Belén- había unos pastores que pasaban la noche a la intemperie velando el rebaño por turno. Se les presentó el ángel del Señor, la gloria del Señor los envolvió de claridad y se asustaron mucho. El ángel les dijo: – Tranquilizaos, mirad que os traigo una buena noticia, una gran alegría que lo será para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un salvador: el Mesías, el Señor. Y os doy esta señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre” (Lucas 2,8-12).

Esta señal resulta paradógica y desconcertante, si la comparamos con los títulos atribuidos a Jesús. Para comprender su alcance, habrá que preguntarse quiénes son los pastores y a quiénes representan en esta escena. El hecho de que los pastores sean los destinatarios directos de la revelación celeste produce sorpresa y desconcierto, pero es Dios mismo quien se dirige a ellos para hablarles sobre el niño.

¿Quiénes son y a quiénes representan pues los pastores en esta narración? Para los contemporáneos de Jesús, los pastores eran gente peligrosa, siempre dispuesta al atropello. Por eso eran menospreciados y estaban totalmente marginados por la sociedad de su tiempo, ya que no tenían derechos civiles ni religiosos. Eran considerados como delincuentes habituales, dispuestos siempre al robo y al pillaje, por lo que no merecían confianza alguna. De aquí que no pudieran testimoniar en juicio. En este sentido, eran equiparados a los recaudadores de impuestos, considerados por los judíos como gente pagana. Los fariseos además los despreciaban porque, dada su vida nómada, no podían observar las prescripciones de la Ley.

Jesús, adornado de prerrogativas divinas, viene a devolverles la dignidad perdida a los pastores y a las clases marginadas, oprimidas y explotadas de todos los tiempos, a quienes ellos representan.

Por lo comentado hasta ahora, en relación con el nacimiento de Jesús y la revelación hecha por el ángel del Señor, no hay atisbos ni rastro alguno de ambiente sagrado. Estamos ante una revelación celeste o divina por provenir de Dios, pero la categoría de sagrado no se puede aplicar a Dios. Lo sagrado ha sido creado por el hombre para hacerse intermediario entre lo divino y lo humano. En la revelación celeste de esta narración no hay ningún intermediario. Dios se comunica directamente con los pastores. Lo sagrado está completamente ausente de esta escena. Se trata pues de un ambiente profano o secular.

Jesús echa por tierra las principales instituciones sagradas de Israel.

El sábado (Marcos 2,23-28).
El sábado ha sido siempre una de las instituciones fundamentales del judaísmo. La observancia del reposo sabático ha constituido durante siglos un distintivo de los judíos en medio de los pueblos paganos. Para los rabinos la observancia del sábado era tan sagrada que prevalecía sobre los demás mandamientos. Guardar este precepto tenía tanto peso como los demás mandamientos juntos; es decir, observarlo correctamente equivalía a cumplir toda la ley. Su transgresión se comparaba con los peores pecados: idolatría, asesinato, incesto.

Marcos comienza así el episodio del sábado: Un sábado pasaba él por los sembrados, y los discípulos mientras andaban se pusieron a arrancar espigas (Marcos 2,23).
En esta narración los discípulos de Jesús arrancan las espigas de manera espontánea, sin que él intervenga. Para los fariseos constituía una violación del precepto del sábado, pero los discípulos de Jesús iban obrando cada vez con mayor libertad, aleccionados por la conducta habitual del Maestro.

Los fariseos le dijeron: ¡Oye!, ¿cómo hacen en sábado lo que no está permitido? (Marcos 2,24).
Jesús entabla una discusión con ellos y termina declarando con rotundidad:
El sábado se hizo para el hombre, y no el hombre para el sábado: así que el Hijo del hombre es señor también del sábado (Marcos 2,27-28).

Jesús está guiado por el Espíritu, y por ser su portador para el resto de la humanidad, el ser humano es también señor del sábado y de cualquier otra ley. La ley queda pues como una etapa superada. El hombre tiene una nueva ley interior, el Espíritu Santo, que lo hace hijo de Dios y señor de la ley, como Jesús. Lo verdaderamente sagrado, que hay que respetar y dignificar, son el hombre y la mujer, que están en el centro del mensaje de Jesús.

El templo ha cumplido su función. Jesús es el nuevo templo: Juan 2,13-22.
En la dinámica del evangelio de Juan, la persona de Jesús va sustituyendo a todas las instituciones sagradas de Israel.
Conocemos la escena. Después de arrojar fuera los bueyes y las ovejas, y desparramar las monedas de los cambistas, Jesús dijo: Quitad eso de ahí. No convirtáis la casa de mi Padre en un mercado (Juan 2,16).

Los cambistas, instalados en el templo, representan el sistema financiero de entonces, y de nuestra época. El culto en el templo proporcionaba ingente riqueza a cuantos de manera directa o indirecta vivían de él, desde la nobleza sacerdotal hasta los simples empleados. Este gesto de Jesús toca el punto neurálgico del templo: su sistema económico-financiero.

Al expulsar del templo los animales que se utilizaban para los sacrificios, declara inútiles e inválidos estos mismos sacrificios, que constituían lo más importante y selecto del culto. Los profetas proponían la reforma del culto, Jesús la abolición.

El templo, lugar sagrado, donde Dios residía y debería manifestar su gloria y su amor, se había convertido en lugar de explotación, abuso y engaño.
La abolición del culto, como tapadera de tantas injusticias, entra dentro de la abolición de lo sagrado que abarca y engloba todo. La novedad radical de Jesús está relacionada directamente con la abolición de lo sagrado. Jesús inaugura la normalidad de lo profano, de lo secular, de lo laico, en una palabra, de la vida normal. Su persona, su enseñanza y actividad se mueven en este ámbito de esta vida normal, de lo profano. Es verdad que lo sagrado es esencial e imprescindible para todas las religiones, pero el Evangelio no nos presenta a Jesús inaugurando una religión más. El Evangelio, reflejo fiel de Jesús, es laico.

En el Antiguo Testamento, conocido también como La ley y los profetas, la ley era externa al ser humano, pero sagrada, ya que fue dada por Dios a Moisés, y, aunque jamás fue cumplida, se constituyó en signo de la Antigua Alianza. Por el contrario, el don por excelencia del Nuevo Testamento es el Espíritu Santo, ley interior y fuerza divina en el ser humano. Es gratuito, no puede ser controlado por ningún intermediario, pero el creyente se lo puede pedir al Padre: Pues si vosotros, malos como sois, sabéis dar cosas buenas a vuestros niños, ¡cuánto más vuestro Padre del cielo dará Espíritu Santo a los que se lo piden! (Lucas 11,13).

Este mismo tema podría anunciarse con esta frase lapidaria del tercer evangelista: -La ley y los profetas llegaron hasta Juan, a partir de ahí se anuncia el reinado de Dios (Lucas 16,16). Percibimos de nuevo el contraste entre la Antigua y la Nueva Alianza. Jesús, según vamos constatando, proclama y realiza el reinado de Dios en un ambiente profano y secular que cuadra perfectamente con el estilo de vida que él llevaba, siendo como era un hombre laico.

Sólo he querido insinuar este tema por la importancia que tiene. Puede ser objeto de otra conferencia, pero es imposible desarrollarlo ahora.

Sentido profundo de la Eucaristía (Marcos 14,22-25), y de la muerte de Jesús en la cruz.

He dejado para el final el plato fuerte de los evangelios, no sólo porque es lo último en la vida de Jesús, sino porque es considerado por la iglesia oficial como lo más sagrado del Evangelio.
En el relato de Marcos de la cena, Jesús expresa su voluntad de entrega hasta el extremo, ya que acepta su muerte como consecuencia de la actividad y enseñanza que había llevado a cabo. La entrega sin reservas de Jesús, derramando su sangre, se convierte pues en el signo y fundamento de la Nueva Alianza, pacto definitivo entre Dios y toda la humanidad. Marcos narra así la cena:
Mientras comían, Jesús cogió un pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio a ellos, diciendo:
Tomad, esto es mi cuerpo. (Marcos 14,22).

Jesús afirma que el pan es su cuerpo. Según la antropología de la época, su cuerpo quiere decir su persona. Tomar, pues, el pan, la persona de Jesús, significa identificarse con él.
En la práctica quiere decir que el discípulo de Jesús debe intentar vivir en completa armonía y sintonía con él. La persona de Jesús, su presencia, lo que hizo y enseñó, adaptándolo a nuestro tiempo, debe iluminar e impulsar la actuación de sus discípulos. Marcos continúa:

Y, cogiendo una copa, pronunció la acción de gracias, se la pasó y todos bebieron. Y les dijo:
Esta es mi sangre, la sangre de la alianza, que se derrama por todos. (Marcos 14,23-24)
En lo referente a la copa, sólo después de que todos habían bebido el vino, Jesús explicó su significado: beber de la copa es identificarse con su sangre, la sangre de la alianza, derramada por todos (14,24). Por tanto, el que toma este vino se identifica con su muerte violenta y, por ser en la cruz, con su muerte excluyente de la sociedad, porque Jesús murió despojado de su dignidad personal y de todos sus derechos civiles y religiosos.

No es sólo significativo que Jesús muera ajusticiado como un indeseable más. Lo más significativo es cómo fue ejecutado. La sentencia de Pilato, a instancia de los jefes religiosos y políticos de la institución judía, fue la muerte en una cruz. La cruz era el patíbulo para ejecutar a los esclavos que intentaban emanciparse, y a los subversivos contra el Imperio romano. Es fundamental pues recuperar el sentido original de la cruz que expresa la solidaridad de Jesús con todos los ‘crucificados’ de la historia, y la exclusión del sistema político y religioso dominantes con sus falsos valores, opuestos a los valores del reinado de Dios.

A los ojos de los distintos sistemas que han ido dominando a lo largo de la historia y que han impuesto sus contra-valores, la crucifixión de Jesús ha constituido el fracaso de su vida y de su enseñanza. No así a los ojos de Dios, que lo ha resucitado. Además la teología de la cruz es, ante todo, una teología subversiva, en cuanto que representa un cambio profundo o una auténtica subversión del poder económico (político-religioso) establecido, así como de las distinciones, honores y privilegios inherentes a dicho poder.

Por eso la muerte de Jesús en la cruz, aunque es el signo evidente del mayor despojo, degradación y exclusión a los ojos de los grandes de la tierra, se convierte sin embargo en el signo de mayor eficacia salvífica y liberadora, y por eso mismo, en signo fundamental de solidaridad con los desheredados, marginados y excluidos de todos los tiempos, a los ojos de Dios. Porque, después de la catástrofe de su muerte en la cruz, el Padre lo rehabilitó de manera total y manifiesta por medio de la resurrección.

Es decir, desde la cruz se establece la solidaridad con los que no han contado para nada en la historia y han sido arrollados por ella. Desde ese patíbulo se subvierten los valores establecidos en los distintos sistemas de poder. Jesús, ejecutado en la cruz, se convierte pues en la persona subversiva por excelencia contra el poder político-religioso de su tiempo. Sus discípulos también debemos de contraponer constantemente los valores del reinado de Dios, a los valores establecidos por los poderosos de este mundo.

La afirmación que hemos hecho más arriba de que el que toma su vino se identifica con su muerte violenta y excluyente de la sociedad y de sus valores, parece ahora más normal e inteligible, porque el primero que aceptó voluntariamente esa muerte violenta y excluyente fue el propio Jesús, confirmando así los valores del reinado de Dios, que él había vivido y proclamado.

Lo podríamos formular así también: Jesús fue un hombre libre, comprometido, y consecuente con su proceder. No se retractó ni pidió perdón por lo que había hecho y enseñado. Esto lo llevó irremediablemente a una muerte violenta, excluyente e ignominiosa que él aceptó voluntariamente como confirmación de su propia vida.

Este es el sentido profundo de la eucaristía. Por eso su celebración se constituye en centro de las comunidades cristianas, ya que contiene el verdadero testamento de Jesús. En la última cena, celebrada por Jesús con sus discípulos y discípulas como testamento suyo, no hay vestigio alguno de lo sagrado; tampoco hay rastro de poder, dominio, rango o distinción por parte del Maestro. Por el contrario, Jesús en su despedida, celebrada en un ambiente familiar y de amistad, nos invita a identificarnos con su persona.

Sin embargo, a través de los siglos, la celebración de la eucaristía se ha ido desvirtuando, es decir, ha llegado a convertirse en el acto sagrado por excelencia; es el acto de culto supremo de la Iglesia, adquiriendo una solemnidad ritual extrema. Así el culto eucarístico se ha ido adornando excesivamente de ritos que le han conferido un carácter hierático, mágico y rutinario. Los así llamados fieles suelen tener una actitud pasiva, porque los consagrados se han adueñado de la cena del Señor. La Iglesia oficial ha ido separando la eucaristía de la vida diaria y normal de los creyentes porque la ha constituido en centro de adoración y exaltación, de lo que no hay vestigio en los evangelios. La jerarquía ha puesto tan alto y lejano a Jesús que ha quedado fuera de nuestro alcance.
Si la Última Cena es una referencia esencial para la celebración de la eucaristía, ¿haría falta multiplicar lugares sagrados para su celebración?

Las primeras comunidades cristianas se reunían en casas apropiadas para estas celebraciones (I Corintios 11,20-27) Aquí Pablo resalta el abuso de los pudientes sobre los pobres de la comunidad, y lo reprueba, es decir, hace ver que la eucaristía sin el compartir, el amor fraterno y la concordia es imposible. Sólo bastante más tarde se impusieron los lugares sagrados en el cristianismo, a imitación del judaísmo y de las religiones paganas.

Y ¿qué decir de los ministros sagrados (con-sagrados)? Jesús no fue sacerdote sino laico, y celebró la Última Cena con un grupo de sus discípul@s, actuando como el Señor y el Maestro (Juan 13). No consagró a nadie sacerdote.

Por eso, aunque sea remar contra corriente, es urgente rescatar el significado primordial de la celebración eucarística: es una invitación a identificarnos con Jesús, a través de los pobres, oprimidos y excluidos de la tierra para que puedan recuperar su dignidad y sus derechos. De esta forma, encarnamos y defendemos los valores fundamentales del reinado de Dios. Hay que identificarse con los que pasan hambre y sed; tenemos que ayudar a salir de su postración a los extranjeros amargados por el rechazo de los nativos y por pasar tanta necesidad; hay que echar una mano cariñosa a los enfermos rechazados por la sociedad, y visitar a los encarcelados, porque Jesús se identifica con todos los marginados y oprimidos (Mateo 25, 31-40). Estamos en el corazón del Evangelio y de la Eucaristía, que son laicos como Jesús mismo.

Por último, hay que destacar que en los textos de los evangelios sinópticos sobre la institución de la eucaristía no hay vestigio alguno de que dicha celebración encierre el significado de sacrificio expiatorio por los pecados del mundo, al estilo de los sacrificios del Antiguo Testamento, para aplacar a un Dios terrible y vengativo.

Es verdad que la eucaristía prefigura y adelanta el significado de la muerte violenta de Jesús en la cruz, pero Jesús, derramando voluntariamente su sangre, no realiza ningún sacrificio de expiación para aplacar a Dios por nuestros pecados. En los evangelios Jesús nos presenta constantemente a Dios como Padre, y este Padre no exige ni necesita ningún sacrificio con sangre –y menos el sacrificio de su propio Hijo- para ser aplacado.

En el resto del Nuevo Testamento también cambia radicalmente el concepto de sacrificio. Si bien es verdad que la carta a los Hebreos habla con frecuencia de la sangre de la nueva y eterna alianza (Hebreos 9-13), no es menos cierto que refiriéndose a los cristianos, que siguen la pauta de Jesús, en la exhortación final les dice:
No os olvidéis de la solidaridad y de hacer el bien, que tales sacrificios son los que agradan a Dios. (Hebreos 13,16).

La solidaridad y el hacer el bien son fuente de vida, porque ayudan a muchos a vivir con mayor plenitud. Vanhoye, estudioso y conocedor de la carta a los Hebreos, afirma que el autor de la carta cambia radicalmente el concepto de sacrificio.
El resto del Nuevo Testamento, también. Pablo en la carta a los Romanos lo dice aún más claro:
Por ese cariño de Dios os exhorto, hermanos, a que ofrezcáis vuestra propia existencia como sacrificio vivo, consagrado, agradable a Dios, como vuestro culto auténtico. Y no os amoldéis al mundo éste, sino idos transformando con la nueva mentalidad (Romanos 12,1-2).

Es decir, el concepto de sacrificio cambia de sentido: deja de ser ritual -un rito realizado en lugar sagrado-, para convertirse en existencial -la propia vida entregada por amor-. Hay un cambio cualitativo; la vida, llamada vulgarmente profana en su quehacer diario, se convierte en culto auténtico a Dios para los cristianos. Eso sí, no hay que amoldarse a los valores del mundo éste, sino descubrir y practicar los valores del reinado de Dios.

Jesús se manifiesta como novedad radical en la celebración de la eucaristía, su verdadera Pascua. Ni él es sacerdote, ni consagra el pan y el vino, ni consagra en la Última Cena a ningún sacerdote, porque la eucaristía no es un sacrificio como los de la Antigua Alianza.
La eucaristía, y la muerte de Jesús en la cruz, fuera de todo lugar sagrado, encierran un contenido radical y subversivo, como lo han sido la vida y la muerte de Jesús. Son una invitación a identificarnos con él, y por eso están en conexión con la solidaridad, el compartir y la ayuda a los más necesitados, como frutos normales del amor.

La eucaristía pertenece pues al pueblo cristiano, que es laico, no consagrado específicamente para esta celebración. Al grupo de creyentes el Apocalipsis lo llama linaje real y pueblo sacerdotal, aludiendo al compromiso del bautismo.
El cristianismo no es pues una religión más de carácter sagrado, es decir, una religión en la que lo sagrado -templo, sacrificios, ritos-, juegue el papel fundamental. Por el contrario, es y debe funcionar como una religión en la que la vida cotidiana de los seguidores de Jesús se convierta en oración y sacrificio en favor, sobre todo, de los más necesitados. La celebración de la eucaristía, una de las raíces de la teología de la liberación, nos invita pues a la solidaridad y al servicio de todos los oprimidos y marginados de la tierra.

Carlos Escudero Freire
Córdoba, 28 de abril de 2009

Bibliografía:
1 Castillo, J. Mª., Víctimas del pecado, Ed. Trotta, Madrid, 2004.
2 Coleridge, M., Nueva Lectura de la Infancia de Jesús, Córdoba, Ed. El Almendro, 2000.
3 Eliade, M., Lo sagrado y lo profano, Madrid, Ed. Guadarrama. 1973.

4 Eliade, M., Mito y realidad, Madrid, Ed. Guadarrama, 1973.

5 Escudero Freire, C., Devolver el Evangelio a los pobres, Salamanca, Ed. Sígueme, 1978.

6 Escudero Freire, C., La revelación celeste: los pastores y el pueblo. Contraste entre los títulos atribuidos a Jesús y la señal dada por Dios (Lc 2,6-12), Isidorianum, 25 (2004)95-138.

7 Gnilka, J., El Evangelio según san Marcos, (2 vols.), Salamanca, 1999.

8 Jeremias, J., Abba. El mensaje central del nuevo testamento, Salamanca, 1993.

9 Leonardi, G., L’infanzia di Gesù nei vangeli di Matteo e di Luca, Padova, 1975.

10 Mateos, J. – Barreto, J., El Evangelio de Juan. Análisis lingüístico y comentario exegético, Madrid, Ed. Cristiandad, 1979.

11 Mateos, J. – Camacho, F., El Evangelio de Marcos, Análisis lingüístico y comentario exegético, III, Córdoba, Ed. El Almendro, 2008.

12 Vanhoye, A., La structure littéraire de lépître aux Hébreux, Ed. Desclée, Paris, 1962.

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