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¿Dónde radica la crisis de las vocaciones? -- Franz Weiser (Perú)

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El cardenal Roger Etchegaray, anterior presidente del Consejo para la Justicia y Libertad se declaró partidario de la abolición del celibato obligatorio para sacerdotes. De acuerdo a diarios italianos del lunes, 12 de noviembre, se refería a la Iglesia griega-católica que admite la ordenación de hombres casados. Sin embargo, el cardenal concluía que un tal paso no significaría una solución para la crisis de vocaciones.

Creo que el cardenal tiene razón. La crisis de vocaciones tiene raíces mucho más profundas. Están en el mismo concepto que la Iglesia tiene del sacerdocio. Eso de un “sacerdocio particular” no se puede deducir ni de la letra, mucho menos del espíritu del Nuevo Testamento, que hoy está en manos de toda persona interesada, ni de lo que se iniciaba con Jesús de Nazaret y se prolongaba a lo largo del primer siglo. La ley del celibato es solamente un aspecto de una clase que se cree superior a los demás cristianos.

Jesús mismo nunca se identificaba con el sacerdocio y sus funciones de intermediarios por medio de sacrificios que se realizaba en el templo. Es más, tomaba distancia, diría provocador, del clero del templo (ver parábola del buen samaritano) y del templo mismo (encuentro con la Samaritana). Jesús proclamaba a un Dios inmediato, como lo señalaba con la metáfora: Padre-hijos (ver hijo pródigo).

El sacerdocio judío en tiempos de Jesús era íntimamente asociado a sacrificios de animales y otros bienes. Sobre esta práctica Jesús cita para su misión al salmista: “misericordia quiero y no sacrificios” (Mt 12,7), dejándoles entender a los del templo, que justamente esto es, lo que les hace falta. El “sacerdocio” de Jesús era íntimamente asociado al amor, al amor principalmente hacia la gente marginada, despreciada, humillada, explotada, hasta condenada por los líderes religiosos. El amor de Jesús no se limitaba únicamente a la beneficencia hacia pobres, pecadores y enfermos. Lo que irritaba a las autoridades religiosas hasta el extremo, era su valor y libertad de tocar las raíces de la pobreza y marginación, la actitud hipócrita y excluyente de la cúpula religiosa. Jesús confiaba en que lo único que hace libre, es la verdad. La consecuencia era su ejecución, el aparente, pero engañoso triunfo de los más fuertes. Esto es histórica y teológicamente el “sacrificio” de Jesús, el único sacrificio que a Dios agrada y que no será en vano, ni para el buen pastor, ni para sus seguidores.

En este sentido todos los discípulos de Jesús, todos lo creyentes de hecho, participan en este sacerdocio. Es el “sacerdocio común” y en comunión con Jesús en que no se ofrece a Dios algún objeto, sino a sí mismo por amor a los demás. Esto es que simboliza la última Cene, y las palabras de Jesús que se entrega a sí mismo como pan de vida. Lo que hoy llamamos “misa” se parece más a un acto mágico ejercitado por un guru que más obscurece la verdadera intención de Jesús de lo que aclara. En la iglesia primitiva no se conocían consagrados u ordenados específicamente para convocar y presidir el ágape, la cena del amor. Eran padres o madres de familia, hombres o mujeres que se habían ganado especial respeto como miembros de la asamblea, y lo que más llamaba la atención en estas eucaristías era, aparte del recuerdo de lo acontecido con Jesús, agradecimiento por la salvación y el compartir en ambiente de fraternidad.

Un sacerdocio particular cobraba fuerza recién cuando los líderes religiosos fueron compensados por los emperadores Constantino y Teodosio, tiempo en que se les puso en disposición los templos paganos y los atributos del sacerdocio pagano. Era el tiempo en que los creyentes se dividieron en dos clases: los de arriba y los de abajo, en clero y laicos. Traición total de lo estipulado por Jesús que prevenía a sus seguidores para que no se den de padres, de jefes y de maestros. Por eso no debe extrañar, que los anteriormente perseguidos se convirtieron finalmente en perseguidores de “herejes” y “apostatas” mancomunadamente con los emperadores interesados por una religión uniforme, controlable y en su servicio.

Como se ve: las raíces de la crisis sacerdotal llegan hasta muy atrás. La humanidad tenía que esperar la ilustración, las revoluciones antiimperialistas, las reformas protestantes, el aflorar de las democracias y, finalmente la globalización de conocimientos, para que cada vez más gente llegue a disfrutar la libertad de los hijos de Dios, sin miedo ante un Dios que es amor y una jerarquía excluyente. Una subordinación como el, hace poco, canonizado fundador del Opus Dei, Escrivá Balenguer lo postula (“como una herramienta en manos del artista” El Camino 617), no tiene ningún futuro y atractivo para una sana juventud del Siglo XXI. Celibato o no, el Vaticano tiene que deshacerse del temor de perder su falsa imagen y sus privilegios, si quiere por más tiempo ser tomada en serio por los mismos católicos. Tendrá que abstenerse de dictarle al Espírut de la libertad los canales y condiciones de cómo y en quienes ha de actuar con sus carismas, que él reparte libremente, como dijo el teólogo alemán Bernhard Häring.

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