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¿CAMBIAR LAS ESTRUCTURAS O ABANDONAR ESTA IGLESIA?, UNA REFLEXIÓN CON RAHNER. Xavier Pikaza

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Religión Digital

Rahner.jpgAyer presenté dos libros valientes y lúcidos de Carlos Schickendantz, en los que volvía a proponer la necesidad de un cambio estructural de la Iglesia católica en línea de participación y democracia. Retomaba para ello unos argumentos de Y. M. Congar, de K. Rahner y del mismo J. Ratzinger (de los años sesenta y de principios del setenta del siglo XX). Es claro que en los cuarenta años siguientes se ha dado un cambio de estructuras, pero no en línea de libertad, de participación y de evangelio, sino de mayor centralización y absolutismo papal.

Por eso son muchos los que empiezan a pensar que no se pueden cambiar las estructuras, sino que es necesario abandonarlas, hasta que ellas caigan por sí mismas y se pueda volver a construir una iglesia distinta, desde el evangelio, retomando los motivos básicos del Nuevo Testamento. Éste es el tema de la Iglesia, por lo menos en España: unos siguen criticando sus estructuras; la mayoría parecen «pasar» de ellas y las «abandonan». En este momento me parece bueno reflexionar de nuevo con Rahner (y con Schickendantz y con Fernando…).

Propuesta de Schickendantz

Era una propuesta clara, conocida. Retomaba los motivos básicos de los estudios de Y. M. Congar, que quería superar la estructura de una eclesiología canónica, nacida en el siglo XI, cuya “cuya base es la identificación entre Iglesia romana e Iglesia católica universal», una eclesiología de la «monarquía papal» con su «sistema jurídico» correspondiente (Y Congar), una eclesiología donde Roma sólo ha buscado poder y mas poder, para decidir por sí mismas todos los temas eclesiales. En esa línea, Schickendantz estaba convencido de que “una institución de tinte monárquico, fuertemente jerarquizada y centralizada se volverá, de manera progresiva, culturalmente irrelevante”. En esa misma línea retomaba otros motivos de K. Rahner y del mismo J. Ratzinger.

La novedad de la propuesta de Schickendantz es doble. (1) Su valentía al presentarla de nuevo, pasados ya más de cuarenta años del Concilio, cuando las aguas oficiales de la iglesia van en otra línea. (2) El hecho de que él es Vice-Rector de una de las grandes universidades católica de América Latina. Me hubiera gustado que una propuesta como esa la hiciera en España alguno de los teólogos oficiales, un Rector o Vice-Rector de la Universidad Pontificia de Salamanca o de la de Comillas. Todo nos permite pensar que el control de la institución es más fuerte en España que Argentina.

Contrapunto de Fernando

En este contexto se entienden las reflexiones que ha introducido Fernando, a quien todos los amigos de este blog conocen, especialista en cuestiones de diálogo religioso y de análisis institucional. A su juicio, estamos dando la impresión de que queremos reformar la institución de la Iglesia sin saber ya que es la iglesia… queremos decorar la casa “sin saber si hay acceso a la casa… El tema no es la estructura, es la misma vida y realidad de la Iglesia…Corremos el riesgo de querer cambiar sus estructuras (su funcionamiento), mientras ella misma «pierde su sentido», convirtiéndose en residuo folklórico o en pura máquina de poder social, cada vez menos importante en el conjunto de la sociedad. Por eso, da la impresión de que están siendo ya mayoría aquellos que no quieren cambiar las instituciones; les da lo mismo. El problema está en otro lugar, en otro tema. Dejo las palabras a Fernando:

Querido Xabier. He leído con suma atención lo expuesto –tan bien hecho por ti: ¡qué envidia!- y me suena, salvando las distancias, a la controversia entre presencia virtual-simbólica y presencia real en la eucaristía allá por el siglo XII. Y me dirás, ¿vaya ocurrencia? ¿Y esto que tiene que ver? Es también una analogía, si me permites, aunque puede que sea una bobada.
La «presencia real» en términos de iglesia quedaría vinculada, pienso, a su carácter de marco social y jerárquico definido por su herencia apostólica en los términos teológicos tradicionales (o definitivos, por usar otro término). La «presencia virtual-simbólica» sería, en cierta medida, las posibilidades, muchas de ellas erráticas, complejas y difíciles, de recreación y reinterpretación de este modelo en sus instantes históricos frente a necesidades concretas [el título de G. Lafont es buen ejemplo de ello]. El debate del s. XII terminó, como sabes, cosificando palabras y actos («res», «opus operatum», «transubstantialis»,…). En el fondo, ¿qué pasó? Que las palabras y sus gestos, de importancia y calado, y muy sabias por las inteligencias que mediaron, convirtieron lo presencial de Cristo en identificadores, distintivos y tipificaciones instrumentales.

La moraleja de todo esto: ¿no estaremos haciendo esto mismo con tales debates eclesiológicos? ¿Realmente el problema es eclesiológico? Es decir, ¿Una «presencia» comunitaria, compleja, dispar, distensionada, y bastante dismórfica por cierto, necesita ser definida, limitada y tipificada como una «res» en términos que a lo mejor son viejos? Intenta entenderme Xabier: ¿no estaremos errando el tiro con estas preocupaciones, que son importantísimas y vitalísimas, pero cuyos superlativos nos ponen sobre aviso de que su premura y atención no deja ver lo importante?

Sería como indagar sobre cómo decorar nuestra casa, sin antes responder si hay calle, calzada o sendero que acceda a ella. El debate eclesiológico, por mucho que se diga, no asegura que las características o «notas» eclesiales en juego, sean tradicionales o democráticas, permiten saber si hay razones o no para formar parte de dicha comunidad. Perdona por esta broma, pero pienso que la eclesiologicitis o inflamación de la glándula eclesial está matando la estrella de la teología.

Hoy es tiempo de búsqueda, de inquietud, tal vez de desasosiego y ruido, pero es un pórtico de la «presencia» o «presencias» de eso que llamamos Dios. ¿Se podría ceñir este estado «virtual-simbólico» de búsqueda, a lo mejor no-comunitaria o tal vez sí, en debatir si la «res» de la Iglesia debe ser de ésta u otra manera? ¿No sería mejor poner las energías teológicas en algo que atañe a toda cosa y no a grupos?

A lo mejor me frunces el ceño con lo que estoy diciendo, pero lo digo de corazón y sin ánimo de fastidiar tu post. ¡Nada más lejos de mi intención! Sé que te preocupa todo esto, y es importante. En todo caso, intuyo, aunque puedo equivocarme, que las cuestiones “teológicas” del futuro –entre comillas– se están gestando ahora, como granos de mostaza, no como eclesiología ni tampoco como ecumenismo interreligioso (otra forma de eclesiología por desplazamiento), sino como algo que no diré que sea teodicea o teología natural en sentido estricto, pero sí con un afán de plantear las grandes ideas religiosas más allá de pertenencias o grupos. Sé que ahora todos ponen las miradas a las pertenencias y a las compañías con sello de identidad. Son los tiempos. Yo, en cualquier caso, seguiré mirando a las estrellas, a las plantas, a las personas y los problemas matemáticos.

Dos visiones, una tarea.

Ciertamente, Fernando y con él otros muchos, empiezan a mirar con curiosidad a la Iglesia jerárquica, bien organizada, ocupada de sí misma… Simplemente con curiosidad, como si fuera una reserva turística, una reliquia del pasado que seguirá mientras haya personas del pasado, cuando lo que importa es crear futuro. Estas podrían se las perspectivas. (a) Unos, como Schickendantz, quieren (queremos) cambiar las mismas estructuras de la Iglesia (el papado, el episcopado, las funciones ministeriales de los presbíteros…). Pensamos que aún es tiempo de cambiar por dentro, antes de que mueran los “últimos dinosaurios”… Seguiríamos estando en la línea de la Reforma.

(b) Otros, como Fernando (que quizá son ya mayoría en España), piensan que es preciso mirar hacia otro lado, “dejando así que los muertos entierren a los muertos”, como dice en otro contexto (¿o en este mismo?) el evangelio. Las estructuras actuales de la Iglesia están “muertas” (en línea evangélica), dejemos que mueran del todo… (c) Es posible que las dos visiones puedan y deban vincularse… Ciertamente, hay que “mirar a otro lado”, volver al evangelio, beber del pozo del mensaje de Jesús, retomar su movimiento partiendo del principio… Pero, al mismo tiempo, ¿qué hacemos con los miles y millones que beben de la institución de la Iglesia, sobre todo en lugares como América Latina? Dejo el tema abierto.

Anejo. El libro de Rahner sobre el cambio de Estructuras

El libro de Schickendantz, ayer citado, quería continuar en la línea de un antiguo libro de K. Rahner, que ahora me permito citar y comentar, siguiendo el estudio clásico de H. Vorgrimler, Kart Rahner, una experiencia teológica, Sal Terrae, Santander 2003. (Todo lo que sigue pertenece al libro de Vorgrimler)

Karl Rahner tomó parte en los períodos de sesiones del Sínodo de los obispos de Alemania Occidental, de enero de 1971 a noviembre de 1975, con una serie de declaraciones comprometidas. Él se pronunció de manera muy fuerte a favor del documento Unsere Hoffnung («Nuestra esperanza») que, en lo esencial, había sido elaborado por Johann Baptist Metz que no ha perdido, hasta hoy día hoy, su fuerza inquietante y su poderoso lenguaje. Rahner quiso ofrecer al Sínodo un impulso con su pequeño libro Strukturwandel der Kirche als Aufgabe und Chance (trad. cast.: Cambio estructural de la iglesia, Cristiandad, Madrid 1973; Publicado como libro de bolsillo en Freiburg i. Br. 1972; editado de nuevo con introducción de J. B. Metz, en Freiburg i. Br. 1989=. El libro está construido sobre tres grandes círculos de preguntas:

1. ¿Dónde nos encontramos?. Rahner empieza realizando una vez más un análisis de la situación, donde destaca los cambios que se han dado en nuestro tiempo, mostrando las consecuencias de la nueva situación para la religiosidad y la vida de la iglesia. Dedica una atención especial a la mentalidad del funcionario eclesiástico, a la disminución del «pequeño rebaño» – y por lo tanto a la tarea de la «ofensiva misionera». A su juicio, debe admitirse el hecho de que estamos en «una iglesia en cuyo interior se vive en tiempos distintos» (en un desfase temporal): en ella existen grupos que responden a tiempos que no son iguales, de manera que no es posible lograr una armonía última entre ellos. Lo que existe es una iglesia de polarizaciones y de formación de grupos.

2. ¿Qué hemos de hacer? Rahner pone de relieve algunos problemas concretos. Así se declara partidario de que hombres casados (los así llamados viri probati) pueden acceder al sacerdocio consagrado, mostrándose a favor de una iglesia desclericalizada, de una iglesia que se preocupa del servicio a los hombres. En esa línea exige una «moral sin moralismo»:

“En principio y a fin de cuentas, nosotros tenemos miedo de anunciar al hombres de hoy el Misterio más profundo, más santo y liberador de su existencia, que le redime del miedo y de la auto-alienación, misterio al que llamamos «Dios». Nosotros debemos mostrar al hombre de hoy, por lo menos una vez, el comienzo del camino que conduce de una forma creíble y concreta hacia la libertad de Dios.
Allí donde el hombre no ha tenido la experiencia por lo menos inicial de Dios y de su Espíritu, experiencia que libera al hombre de su angustia vital y de su culpa más profunda, no necesitamos anunciarle las normas morales del cristianismo. Ese hombre podría no entenderlas; esas normas podrían presentársele a lo más sólo como unos motivos de imposición más dura y de angustia más profunda.

Allí donde un hombre no se sitúa verdaderamente ante Dios, de un modo auténtico y personal (y esto no puede conseguirse a través de un poco de enseñanza adoctrinadora externa sobre Dios), ese puede entender, quizá, que los ataques contra algunas determinadas normas morales, en relación con el ser concreto de un individuo y de la sociedad, resultan inadecuados, pero él no puede entender ni hacerse cargo de aquello que los cristianos quieren decir cuando hablan de pecado y de culpa ante Dios” .

Para que una moral resulte honrada es también necesario que se tengan en cuenta las fronteras del propio ser:

“Los problemas morales concretos constituyen muchas veces un tipo de problemas fácticos intramundanos, ante los cuales un cristiano se encuentra la mayoría de las veces tan perplejo como los restantes hombres. Incluso allí donde apelamos a la llamada de Dios y a su evangelio nosotros, no sabemos cómo deben resolverse en concreto algunas cuestiones, tales como la explosión demográfica, el hambre en el mundo, la estructuración de una sociedad que sea más libre y que ofrezca justicia en el futuro […].

Dios no resuelve nuestros problemas mundanos, él no nos libera de nuestra perplejidad. Por eso, nosotros no deberíamos actuar en la iglesia como si Dos nos liberara de los problemas mundanos. En último término, incluso la llamada de Dios nos introduce en una perplejidad más profunda. Porque Dios es el misterio incomprensible que nos prohibe tomar alguna pequeña claridad de nuestro ser como si ella fuera la luz eterna” .

Por lo demás, Rahner exige una iglesia de puertas abiertas, una iglesia de consignas concretas, una espiritualidad verdaderamente renovada (pues lo que a él le interesa en primer lugar no son las puras estructuras exteriores). En este contexto, Rahner se eleva de un modo vehemente en contra de un continuismo «que se vuelve aburrido y resignado y que nos sigue llevando por los carriles de una mediocridad espiritual»:

“Aquí yo quisiera ser todavía algo más claro. Yo me incluyo también entre los «funcionarios eclesiásticos». Con esta palabra no estoy aludiendo a algo que sea peyorativo. En este contexto me estoy refiriendo a mí mismo y a otros muchos como yo, para dejar bien claro que nosotros, sacerdotes y obispos, a causa de nuestro mismo oficio, estamos ya pre-programados de un modo duradero y nos hallamos como defendidos a través de unas circunstancias sociales que, con la rutina de nuestro oficio, con la ganancia que él produce y con el contexto en el que vivimos, hacen que el cristianismo sea para nosotros fácil, casi demasiado fácil.

A este tipo de funcionarios de la iglesia (y con esto, naturalmente, estoy arrojando una piedra bien pesada sobre mi propio frágil tejado) yo les digo: suponed, por lo menos durante un momento, con un poco de fantasía existencial, que no fuerais funcionarios eclesiásticos, sino que estuvierais recorriendo arriba y abajo la calles con el sueldo de un barrendero o (si esto os gusta más) que estuvierais como un científico en su laboratorio de física de plasmas, donde no se oye hablar en todo el día una palabra sobre Dios y, sin embargo, se consiguen grandes descubrimientos. Suponed que vuestra cabeza está cansada de tanto barrer las calles o de tanta física nuclear y de tanta matemática. Figuraos que esa situación en la que estáis ha venido manteniéndose a lo largo de casi toda vuestra vida y que ella no proviene de vuestra elección condescendiente, pues no actuáis en ella como misioneros.

Pues bien, intentad ofrecer a esos hombres, en ese entorno, el anuncio del cristianismo, intentad predicarles el mensaje de Jesús sobre la vida eterna. Escuchad bien cómo lo decís; oled incluso para ver cómo suena, pensad bien en cómo lo debíais decir, para que no suscite de antemano aquel tipo de rechazo que en ese contexto recibiría alguien que empezara a disertar sobre medicina tibetana. ¿Qué deberíais decir en ese contexto? ¿Cómo deberíais empezar presentando la palabra «Dios»? ¿Cómo deberíais hablar sobre Jesús de tal forma que los otros puedan captar en algún sentido la importancia que ese Jesús tiene para vuestra vida, una importancia real, una importancia que dice algo también para la vida propia de esos otros? ¿No deberíamos renunciar quizá a muchas palabras que solemos predicar sin más desde el púlpito, sin admirarnos ni siquiera de que las digamos?” .

3. ¿Cómo se puede pensar una iglesia del futuro? Rahner se pronuncia a favor de una «iglesia abierta», y en ese contexto expone de manera verdaderamente franca unos temas que son muy «calientes» o discutidos:

“No es en principio anticristiano, ni contrario a la piedad, el hecho de uno se pregunte si la iglesia puede cambiar la legislación sobre el celibato e incluso si debe cambiarla, dada la situación pastoral de la iglesia del futuro. No es ningún dogma que una celebración penitencial no puede tener en modo alguno un carácter sacramental. No está del todo claro donde se encuentran las fronteras para una intercomunión abierta ; no está claro que los separados que se han vuelto a casar después de un primer matrimonio sacramental no puedan ser admitidos en ningún caso a los sacramentos, mientras ellos se mantengan firmes a su segundo matrimonio en cuanto tal. No se puede presentar el mandamiento eclesiástico del domingo como si fuera un mandamiento divino, revelado ya en el Sinaí y valioso para siempre.

Tampoco son tan claras como a veces se piensa las formas en que puede responder una conciencia incluso cristiana en relación con la ley punitiva del Estado contra la interrupción del embarazo. Dado que ningún partido político concreto es siempre y en cada caso totalmente cristiano y dado que un partido, a través de sus graves pecados de omisión, puede actuar de manera muy suave, pero que de hecho es masivamente anticristiana, no resulta tan sencillo decir cuándo un partido no puede ya ser votado por los cristianos y los católicos” .

Karl Rahner piensa que la iglesia del futuro será el de una iglesia ecuménica, como unidad en el pluralismo, no como uniformidad institucional. En este sentido, él ha destacado la gran cercanía existente ya entre las iglesias. Él quiere que surja «una iglesia desde la base» (y en este contexto exige la ordenación de las mujeres) . La iglesia del futuro debería ser una iglesia democratizada y una iglesia crítica frente a la sociedad.

Karl-Haiz Neufeld, en su capítulo sobre Rahner en el Sínodo , ha puesto de relieve el hecho de que, a su juicio, la renovación de la iglesia, tal como Juan XXIII y el Concilio la habían deseado de manera tan urgente, era algo que se podría esperar lo más probablemente para la iglesia de un país o lugar determinado – los años que habían seguido a la clausura del Concilio habían destruido en Rahner la esperanza de que un cambio como ese se pudiera alcanzar para la iglesia universal.

Rahner esperaba que, a través del Sínodo, la iglesia local de Alemania Occidental pudiera convertirse en modelo de aquello que el Concilio había anticipado de una forma profética. Como se sabe, el Sínodo no cumplió esa posibilidad. Fueron demasiados los que rechazaron la visión de una «estrategia» general. Las cuestiones particulares de praxis eclesial fueron muchas y ellas ocuparon un espacio demasiado extenso dentro del Sínodo. También fue demasiado grande el miedo de muchos obispos ante «Roma», bajo cuyos ojos vigilantes transcurrió el Sínodo. Rahner pudo insertar también sus preocupaciones por el Sínodo en un gran capítulo de su vida titulado: «inutilidad», ¡fue inútil!.

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