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JMJ: el papa Francisco en Brasil -- Agustín Cabré

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elcatalejodelpepe

Brasil y el mundo católico viven estos días la alegría de combinar los ritmos de la samba con los cantos de la liturgia. Se celebra la Jornada Mundial de la Juventud. La muchachada católica vibra con los aires renovados de una iglesia que siendo más vieja que Matusalén debe conservar el corazón ardiente para vivir un evangelio siempre joven, Quizá haya sido un descuido en este aspecto el que ha hecho impresentable el mensaje de liberación de Jesús de Nazareth a lo largo de dos mil años.

Cuando la comunidad cristiana crece en años, en experiencia, en formas, pero no crece en dinamismo juvenil está condenada a ser una iglesia opaca, senil, rutinaria y poco atrayente. Entonces la fe se hace costumbre, la esperanza se transforma en espera y la caridad se queda en donativos. El vigor del mensaje cristiano se ha diluido. “He venido a traer fuego a este mundo y lo que deseo es que arda” dijo Jesús en una ocasión cuando los apóstoles se andaban quedando dormidos o estaban asustados.

Pero el fuego, como en las olimpíadas, es llevado siempre por manos de atletas y jóvenes. La ocasión se da ahora nuevamente con la Jornada Mundial de la Juventud, un evento masivo, convocador, de primer plano, profundamente comprometedor si es tomado con la seriedad que corresponde a un verdadero compromiso. La tarea es evangelizar al mundo en el siglo XXI. Lo harán los jóvenes cuando tomen en sus manos las antorchas que iluminan los caminos del mundo: la Palabra de Dios convertida en vida de cada día; la participación en la comunidad para alimentarse de la eucaristía y de la fraternidad; la mirada, el gesto y la acción para reconocer los dolores de personas y pueblos y sumar con otros para quebrar esas cadenas y sanar esas dolencias.

El animador de la Jornada será el papa Francisco. Qué bueno que sea él. Porque está demostrando que ve muy claramente por dónde se debe ir en este tiempo convulso. Quizá sea menos espectacular que Juan Pablo II y menos catedrático de teología que Benedicto XVI. Pero tiene su corazón con el pueblo y eso es lo que al fin de cuentas importa: proclamar el mensaje del evangelio con la sencillez, con bondad, con rectitud y asumiendo el servicio efectivo de caminar con las bases populares, codo a codo, ofreciendo lo que la iglesia puede dar para cumplir su misión. Ofrecer su colaboración desinteresada para que el mundo sea mejor.

Los jóvenes que se reunirán en Río de Janeiro podrán sentirse iluminados por el papa Francisco que hablará de Dios y de la familia humana, ya que no pueden separarse: “hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza; hembra y varón lo creó” dice el libro del Génesis.

Confiamos en que esta experiencia multitudinaria se convierta en compromiso juvenil para dar unas cuantas patadas a la gran estantería social y eclesial y aunque haya quebrazón de vasos y tazas, surga una nueva propuesta centrada en el ser humano. El vino nuevo requiere envases nuevos.

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