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BENEDICTO DE ROMA Y BARTOLOMÉ DE CONSTANTINOPLA. Xavier Pikaza

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Religión Digital

Patriarca de constantinopla Bartolomé1.jpgBenedicto XVI, Papa de Roma, ha ido a Constantinopla (=Estambul) a visitar sobre todo a Bartolomé, Patriarca de la Nueva Roma, a quien las iglesias ortodoxas (que son autocéfalas,autónomas) reconocen una autoridad o primado de honor (inter pares o iguales), que había correspondido, en otro tiempo, a la Vieja Roma. Bartolomé es partidario de un diálogo ecuménico fuerte y así se lo dijo al Papa en su visita por San Pedro y San Pablo (29 VI 2005). Este año, el Papa ha querido devolverle la visita, por San Andrés (30 XI 06), patrono de la Iglesia Ortodoxa. Se abre así un capítulo nuevo en las relaciones ecuménicas.

En ese contexto, he querido recoger un texto de mi libro: Historia y futuro de los papas. Una roca sobre el abismo, Trotta, Madrid 2006. He querido situar mi reflexiòn en la línea de la búsqueda ecuménica, intra-cristiana, completando así lo que dije hace dos días desde una perspectva de diálogo entre religiones (cristianismo e Islam), hablando del viaje del Papa a Estambul

Historia. Roma y Constantinopla se separan

A consecuencia de la llamada “reforma gregoriana” (iniciada con Gregorio VII: 1073-1085), la Iglesia de Roma adoptó una estructura centralizada, en línea casi feudal, de manera que todas las restantes iglesias aparecían como subordinadas (casi en un sentido en feudal). Esta toma de poder de Roma hizo casí inevitable la ruptura con la iglesia de oriente, que habían conservado siempre su independencia, dentro de la Unidad Sinodal de iglesia.

De esa forma se inició un cisma en el que cada parte acusa a la otra de haberse separado: los occidentales dirán que fue oriente quien que se escindió (no aceptando el primado básico de Roma); los orientales dirán que fue occidente el que se separó, inventando un primado y papado que no responde al evangelio, ni había existido previamente. En un plano objetivo, la que más se separó fue Roma, introduciendo unas reformas e imponiendo unos dictados de supremacía papal que la iglesia oriental no podía aceptar, pues iban en contra de su tradición e identidad.

Sea como fuere, la ruptura fue un acontecimiento lamentable, que se materializó el año 1054, cuando el cardenal Humberto de Silva Cándida depositó sobre el altar de Santa Sofía de Constantinopla una bula papal, condenando al patriarca Miguel Cerulario, “pues cualquier grupo de personas que no esté de acuerdo con Roma, ni se someta a su poder, se aleja de la iglesia”.

Razones de la separaciòn

Las iglesias de oriente (Alejandría, Antioquía, Jerusalén, Constantinopla…) habían mantenido relaciones bastante fluidas con las de occidente, es decir, con el Papa de Roma, al que, en algún sentido, aceptaban como primus inter pares (primero entre iguales), considerándole incluso como garante de unidad y ortodoxia para el conjunto de la cristiandad. Pero de hecho eran iglesias independientes, tanto en su administración como en su vida interna, con su «unidad colegial», que se mantuvo en los siete primeros Concilios Ecuménicos, celebrados siempre en Oriente (del 1º de Nicea, el 325 al el 2º de Nicea, el 787).

Pero a partir del siglo IX las cosas cambiaron. La iglesia de Roma, que para los orientales era el venerable Patriarcado de Occidente, al que se podía acudir en casos de conflicto, porque conservaba a la memoria de Pedro y Pablo, había empezado a recorrer un camino propio, de innovaciones administrativas y teológica, con sus Estados Pontificios y su teología centralizadora, como se había visto en las controversias de tiempos de Focio, patriarca de Constantinopla (858-895). Las controversias de Focio se resolvieron de un modo aún aceptable para ambas partes (Concilio de Constantinopla IV: 869-870).

Pero las líneas se fueron separando, por razones más administrativas que doctrinales (diferencias sobre el origen Espíritu Santo), de manera que, al final de un largo proceso de malentendidos y oposiciones, el Papa de Roma y el patriarca de Constantinopla se excomulgaron mutuamente. El Papa tenía la razón de la novedad (lo que no cambia se muere). Los orientales, representados por el Patriarcado de Constantinopla, el más importante de todos, tenían las razones de la tradiciòn. La Iglesia romana fué la primera que excomulgó a la de Constantinopla, con un texto duro que el Cardenal Humberto, en nombre del Papa León IX colocó sobre el altar de Santa Sofía, en contra del Patriarca M. Cerulario.

Bula de excomunión

«… La Santa Sede apostólica romana, primera de todas las sedes, a la cual, en su calidad de cabeza, compete más especialmente la solicitud de todas las Iglesias, se ha dignado enviarnos como sus apocrisarios [embajadores] a esta ciudad imperial para procurar la paz y la utilidad de la Iglesia, para ver si eran fundadas sobre la verdad las voces que desde una ciudad tan importante habían llegado a sus oídos con insistencia… En cuanto a Miguel, a quien se da abusivamente el título de Patriarca, y a los partidarios de su extravío, ellos siembran cada día en su seno una abundante zizaña de herejías.

Como los simoníacos, venden el don de Dios; como los valesianos, hacen eunucos a sus huéspedes para después elevarlos no sólo a la clericatura, sino incluso al episcopado; como los arrianos rebautizan a aquellos que han sido bautizados en el nombre de la santa Trinidad, y sobre todo a los latinos; como los donatistas, afirman que fuera de la Iglesia griega han desaparecido del mundo entero la verdadera Iglesia de Cristo, el verdadero sacrificio y su verdadero bautismo; como los nicolaítas, permiten a los ministros del santo altar el contraer matrimonio y reivindican para ellos tal derecho; como los severianos, declaran maldita la ley de Moisés; como los pneumatómacos, han suprimido del Símbolo la procesión del Espíritu Santo a filio (del Hijo); como los maniqueos, declaran entre otras cosas que el pan fermentado está animado…

Después de haber recibido las admoniciones escritas de nuestro Señor el papa León por todos estos errores y otros muchos actos culpables, Miguel ha desdeñado arrepentirse. Además, a nosotros, los legados, que con perfecto derecho queríamos poner un término a tan graves abusos, ha rehusado concedernos audiencia y nos ha prohibido decir la misa en las Iglesias… llegando a anatematizar a la sede apostólica en sus hijos y osando atribuirse el título de patriarca ecuménico contra la voluntad de esta misma Santa Sede. Por eso, no pudiendo soportar estas injurias inauditas y estos ultrajes dirigidos a la primera Sede apostólica y viendo que con ello la fe católica recibía múltiples y graves daños, por la autoridad de la Trinidad santa e indivisible, de la Sede apostólica de la que somos embajadores, de todos los santos Padres ortodoxos de los siete concilios y de toda la Iglesia católica, firmamos contra Miguel y sus partidarios el anatema que nuestro reverendísimo Papa había pronunciado contra ellos en el caso de que no se arrepintieran…

Que Miguel el neófito, que lleva abusivamente el título de patriarca.. y todos aquellos que los siguen en los antedichos errores y presuntuosas temeridades, que todos ellos caigan bajo el anatema, Maranatha, con los simoníacos, valesianos, arrianos, donatistas, nicolaítas, severianos, pneumatómacos, maniqueos y nazarenos y con todos los herejes, más aún, con el diablo y sus ángeles, a menos que se conviertan. Amén, amén, amén. Quien se obstine en atacar la fe de la santa Iglesia romana y su sacrificio, sea anatema, Maranatha, y no sea considerado como cristiano católico, sino como hereje… Fiat, fiat, fiat». Enchiridion Vaticanum, II (= ocumenti ufficiali della Santa Sede), Bolonia 1963-1967, f., 501-503. Edición virtual en http: //usuarios.advance.com.ar/pfernando/ DocsIglMed/ Cisma_Oriental_bula.html. Texto latino en PL 143, 1001-1004.

Fracaso mutuo

Este fue el primer gran fracaso del nuevo papado «gregoriano», que resultó incapaz de mantener la unidad cristiana con Oriente. Por defender sus privilegios y su autoridad (no por evangelio), la iglesia de Roma tuvo que enfrentarse con otras iglesias. La herida de la separación aumentó con las incursiones violentas de los cruzados latinos (romanos) que, a lo largo de los siglos XII y XIII, con la bendición de unos Papas convertidos en impulsores de la guerra (casi en príncipes guerreros), queriendo reconquistar Palestina de manos de los musulmanes, ocuparon amplias zonas del oriente ortodoxo, intentando imponer sus criterios. Las cosas podrían haberse arreglado, pero el año 1204, sucedió lo irreparable: los latinos conquistaron y saquearon Constantinopla, imponiendo allí un patriarca favorable, sin tener en cuenta la autonomía de la cristiandad oriental. No quería iglesias hermanas, sino sometidas.

Éste fue también el fracaso de las iglesias de Oriente, que no fueron capaces de crear formas distintas de vinculación con Roma. Externamente hablando, “la culpa” de la separación fue de Roma, que realizó el gran cambio. Las iglesias de Oriente siguieron siendo lo que habían sido… Simplemente al no cambiar ellas cambiaron. Pero también pueden hallarse responsabilidades en las iglesias Oriente, que no quisieron o no pudieron buscar otros caminos de unidad Sea como fuere, por su propio honor, el Oriente no pudo aceptar la imposición de Roma y hoy podemos decir y decimos que fue bueno que se mantuvieran separads.

La separación de las iglesias (por culpa, al menos parcial, de los papas) ha tenido también consecuencias positivas, pues ha permitido que la iglesia de occidente recorra unos caminos arriesgados pero prometedores de creatividad cultural y de misión universal; y también que las iglesias de oriente, que parecen más ancladas en un tipo de sacralidad antigua, pues no han pasado por el Renacimiento y la Ilustración (siglos XVI-XVIII), hayan conservado y desarrollado unas tradiciones muy ricas, que habrían perdido si se hubieran sometido al dictado de la reforma gregoriana de occidente. La apertura universal que ha marcado la historia de occidente resulta imposible sin el papado. Pero sometidas al papado las iglesias de oriente habrían desaparecido; por eso ha sido un don de Dios que se hayan mantenido separadas, para bien de todos, conservando de esa forma unos tesoros de santidad y vida que resultan esenciales para el conjunto de las iglesias. Cf. O. CLEMENT, La Iglesia ortodoxa, Claretianas, Madrid 1990, 20-21; K. Ch. FELMY, Teología Ortodoxa Actual, Sígueme, Salamanca 2002.

Papa y Patriarca, un diálogo abierto

Esa ruptura entre la iglesia latina y las iglesias ortodoxas sigue siendo uno de los grandes escándalos de la cristiandad. Es evidente que las culpas no están sólo en una parte. Pero resulta indudable que una forma de ejercicio y despliegue del Papado ha sido causa o, por lo menos motivo, de ruptura cristiana. Como es bien sabido, las iglesias del principio habían tenido estructuras y formas diferentes, pero se mantenían abiertas al diálogo y al enriquecimiento mutuo, sin necesidad de una jerarquía y potestad suprema, como el papado posterior.

En el centro de esa pluralidad emergía, como vimos, la mediación no impositiva de Pedro. Pero lo que debía ser un ministerio de comunión vino a convertirse en principio de unificación, que llevó a la ruptura.

Pues bien, ahora, tanto Bartolomé de Constantinopla como Benedicto de Roma están dispuestos a rehacer el camino, a buscar formas de unidad nueva. Estoy convencido de que este viaje será un momento importante en la Vía de la Unidad. Quedan muchas cosas por hacer, muchos obstáculos que salvar. Pero tengo la seguridad de que este encuentro está en la línea de la unidad de las iglesia.

A finales del Concilio Vaticano II (a finales del año 1965), el Papa Pablo VI y el Patriarca Atenágoras de constantinopla (que aparecen en la foto, jutnos, en Jerusalén), decidieron levantar la excomunión que sobre ambas Iglesias se habían lanzado mutuamente hacía nada menos que 911 años, en 1054 En este contexto resulta ejemplar y prometedora la Carta Apostólica de JUAN PABLO II, Orientale lumen, del 2 de mayo de 1995. Edición virtual: http://www.google.es/search?hl=es&q=Orientale+lumen&meta=.

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