Trabajos presentados al Premio Redes Cristianas-4

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«Nuestros sueños tercos»

Nacho y Pedro Castilla

“La oscuridad no puede expulsar a la oscuridad, solo la luz puede hacerlo. El odio no puede expulsar al odio, solo el amor puede hacerlo”.
Martin Luther King

Introducción.
En esta presente encrucijada sistémica, tanto la vida en el planeta como la humanidad se juegan su supervivencia por una serie de factores creados por
dicha humanidad y que se nos han ido de las manos: el riesgo real y no remoto de una guerra nuclear, el de un colapso ecológico ya casi irreversible, o el emerger de
la inteligencia artificial (que según autores como Yuval Noah Harari en su obra Nexus hay gran posibilidad de que acabe con nuestra especie). Además, unos
elevados índices de hambre, pobreza y desigualdad amenazan a buena parte de la humanidad por problemas de reparto, que no de recursos, en un contexto de superabundancia y ultratecnificación.
Ante todo esto, cabe preguntar: ¿hacia dónde camina la vida en la tierra?, ¿hacia dónde la humanidad?, ¿hacia dónde la Iglesia Católica?

1. Realidad sociopolítica de nuestros días.
Decía con razón Fernando Cardenal que hay que dejar el pesimismo para tiempos mejores. Pero también es preciso que la positividad no se aplique a costa de la
lucidez. Un oncólogo optimista no puede negar la realidad del tumor si desea curarlo.
Con o sin lucidez y positividad, nuestra situación es alarmante. El cambio climático avanza sin freno y anuncia consecuencias catastróficas (casi todos los
registros del aumento de las temperaturas están batiendo records, toda vez que la inminente irreversibilidad del colapso hace 30 años lo avisó Federico Mayor-Zaragoza, hace 20 Gore Vidal y en nuestros días Alfredo Jalife).
Los genocidios (el padecido por el pueblo palestino ya ha dejado, según fuentes fiables como The Lancet o la propia ONU, unos 65.000 muertos -algunos
sostienen que la cifra es 10 veces superior-) se desarrollan ante la indolencia de la comunidad internacional (Gandhi decía que los hindúes indiferentes eran peores que los fusiles británicos), las guerras se multiplican como método de resolución de conflictos (Gaza, Ucrania, Sudán, Congo, Birmania…), y los gastos militares crecen de manera desproporcionada; mientras el hambre (cuya causa, según
Amartya Sen, no es la producción sino las cadenas de distribución -esto es, se debe no a los recursos sino al reparto-) sigue matando a millones de personas.
Según la UNICEF solo en 2024 pasaron hambre 720 millones de seres humanos.
Es decir, se invierte dinero para destruir, pero no para alimentar. La codicia atenta contra la vida, mientras que el amor la fortalecería.
Las desigualdades alcanzan niveles extremos: el 1% más rico acumula más riqueza que el 99% restante, según denunció Oxfam en 2014; y pueblos originarios
de África y Latinoamérica son exterminados para abrir paso a empresas extractivistas que destruyen ecosistemas, mientras vemos una suerte de golpe de
Estado mundial ultraderechista, con Trump como emperador.
Además, los sistemas judiciales y políticos están manipulados. Sostiene Alfredo Serrano que tanto Lula, Cristina Kirchner como Correa fueron apartados de la
presidencia mediante el lawfare (o procesos judiciales fraudulentos), Y la prensa mundial miente y tergiversa. Según Chomsky, para Walter Lipman, creador del
publicismo anglosajón, la función de la prensa es “fabricar el consenso”. Pascual Serrano, en su obra Desinformación, narra numerosos casos reales de
manipulación mediática.
Finalmente, también la democracia es una coartada para los intereses de los poderosos. En España, con respecto a los desahucios, a partir de la crisis de 2008,
de nada sirvió que el 80% de los españoles estuviese en contra de tales desahucios, ni que la constitución contemplase la vivienda como un derecho, o
que se afirmase en ella que la propiedad privada se supeditaba al bien común. Por gobernar para las inmobiliarias, hubo unos 600 desahucios diarios durante unos cinco años, y cerca de 3000 suicidios.
La inteligencia artificial es una terrible amenaza a nuestra existencia, según Harari. El verdadero problema es la altísima posibilidad de que dicha inteligencia
artificial se nos vaya de las manos, o el que ya sea casi técnicamente posible conectar interfaces en los cerebros humanos, pudiendo vaciar la mente humana
en grandes ordenadores, anulando y reconfigurando identidades y personalidades, a placer de oscuros intereses.
Analícese el Proyecto Neuralink de Elon Musk, y tiémblese. Esta amenaza, la de la IA, no es menor que las otras, pero por novedosa no está generando el más
mínimo pensamiento crítico, salvo Harari y algún que otro pensador más.

2. Realidad eclesial.
“Jesús soñó el Reino pero vino la Iglesia”, sostuvo Loisy. Hoy día, la Iglesia, o las iglesias en general, son machistas, clasistas, espiritualistas y elitistas, priorizan la forma al contenido, el ritualismo a la participación, la obediencia al profetismo, la norma a la ética, la ética al amor, y el rigorismo a la mística.
No se puede negar que la Iglesia ha generado una nómina de santos a lo largo de la historia, de San Juan Crisóstomo a Casaldáliga o de San Francisco de Asís a
Óscar Romero, por no citar a toda una legión de héroes anónimos a lo largo de los siglos. Pero también es innegable que, desde el golpe de Estado de Constantino
(por utilizar un término impreciso y ambiguo al respecto, pero en absoluto falso), la Iglesia se transformó en un poder fáctico, adoptando la estructura organizativa
del Imperio Romano, en contra del sueño de Jesús.
Por ello, la Iglesia quizás llegó a ser la estructura de poder más grande del mundo durante el Medievo, y para mantener dicho poder incurrió en toda aberración
posible: las cruzadas, la inquisición, la tortura, la guerra, la quema de brujas, la manipulación de las conciencias, etc.
Pero tal vez la clave no sea solo la corrupción moral sino también la conceptual.
Según sostiene Indro Montanelli, la Iglesia articuló su entramado teológico a partir de la filosofía de Grecia y su entramado institucional a partir de la estructura
administrativa de Roma, ambas paganas. Pero hay más. Según el teólogo José María Castillo, Jesús no habría pensado en construir Iglesia alguna, al menos
como se entiende esta; y según el obispo Selby Spong, Jesús carecería de creencias teístas. Además, consta la no sucesión petrina (la de los papas) ni la apostólica (la de los obispos), e igualmente no consta que Jesús institucionalizara sacramento alguno, tal y como hoy se consideran estos. Por su parte, los evangelios como criterio de veracidad doctrinal y eclesiológica es algo que no se sostiene, pues la generación que escribió tales textos no fue testigo de unos hechos que le llegaron por tradiciones orales, de veracidad poco fiable, y de un
contenido a menudo contradictorio.
Así, la Iglesia, por transformarse en un poder, se convirtió en una religión vacía de espiritualidad, ternura y amor. Y debiendo ser motor de revoluciones y
contraculturas, fue su freno. La Nueva Teología Europea y el Concilio Vaticano II trataron mínimamente de cambiar este estado de cosas, pero fuerzas internas y
externas lo evitaron, salvo en algunos matices.
La teología de la liberación ha sido la primera gran rebeldía interna masiva al respecto, siendo reprimida mediante una persecución doctrinal, administrativa,
policial, geopolítica y militar a medias entre los poderes fácticos mundiales (la CIA, Rockefeller y el gobierno de EEUU) y Juan Pablo II (quien según su biógrafo
Weigel, recibía una vez a la semana a agentes de la CIA, organismo paramilitar que tanto contribuyó al asesinato de curas revolucionarios). El dedazo autoritario y
prepotente de Wojtyla contra Ernesto Cardenal en Managua en 1983 es toda una representación gráfica de lo que acabamos de explicar.
Ante todos esos polvos estos lodos: el clasismo, el clericalismo, el exclusivismo, y otras calamidades como la tibieza frente a la pederastia, o el auge del
cristofascismo son consecuencias de lo que acabamos de exponer. Nada que ver con el sueño de Jesús (personaje místico, crítico, revolucionario y contracultural), sueño que nunca han dejado de vivir algunas minorías, desde los primeros monjes hasta la utopía de Solentiname, pasando por Thomas Muntzer o fray Bartolomé de
las Casas.

3. Soñando esperanzas.
Decía Hèlder Câmara que cuando alguien sueña solo, fantasea; pero cuando sueña en grupo está creando una realidad venidera. Nosotras estamos cansadas
de soñar mucho con escasos resultados. Y a veces hay quien llega a tirar la toalla.
A menudo olvidamos valorar la importancia de soñar y articularnos. Todos los cambios han venido, baste revisar la historia, de pequeños grupos que, por no desfallecer, a la larga supieron entusiasmar a las mayorías en torno a sus causas.
Se dice no en vano que “pequeñas personas haciendo pequeñas cosas en pequeños lugares pueden lograr grandes cambios”. Creer esto y seguir en la lucha
es pura fe, más que la adhesión intelectiva a tal o cual doctrina.
A nivel individual, debemos vivir en el amor. Una revolución basada en el odio a los poderosos y no en el amor a los humildes implica desperdiciar la fuerza del amor.
Esa actitud de amor nos debe llevar a su concreción normativa (o ética), en clave revolucionaria y  contracultural (valores ecológicos, feministas, anticonsumistas, socialistas…), sin olvidar la necesaria dimensión espiritual (actitudes místicas y
contemplativas mediante prácticas como la meditación, la soledad, el silencio, etc). También es fundamental el pensamiento crítico (lectura, reflexión…) para
interpretar con lucidez la realidad a transformar, y aprender a deconstruir lapropaganda del poder y sus tergiversaciones.
A nivel organizativo, tenderemos a crear pequeños grupos en torno a causas específicas (uno de agricultura ecológica, un ateneo libertario, un colectivo
feminista, otro de apoyo a las inmigrantes…), que de modo espontáneo se deben ir articulando en una red cada vez más tupida para, al menos en primera instancia, diluir el poder en lugar de ocuparlo. Se intentará fomentar la autogestión comarcal, que es el  tamaño territorial a escala humana.
Se deberá atender a todas las causas por las que luchar (hambre, pobreza, desigualdad, tecnolatría, belicismo, etc.). Se deberá reformar la ONU para darle
carácter de democraticidad, como planteó Miguel d’Escoto; y crear una constitución mundial, como propone el jurista italiano Luigi Ferrajoli. Así se podría
lograr poner la economía al servicio de la política, y la política al servicio de la ciudadanía.
En definitiva, se trata de crear una sociedad que posibilite la felicidad como proyecto vital, en lugar del poder o del dinero, verdaderos proyectos vitales de
facto en nuestros días.
A nivel eclesial, se podrá fomentar, como ya viene sucediendo, la creación de grupos al margen de una estructura clerical que no hunde sus orígenes en Cristo.
Tales grupos podrán ser, a la par que genuinamente cristianos, posteístas, no confesionales, transreligiosos e inclusivos. Y, fermentos en la masa, motor de la
gran revolución todavía pendiente.

Conclusión:
“¡Sí se puede!”, gritamos a coro en las plazas de España y en las de medio mundo.
Y ya desde Seattle se repite que “¡otro mundo es posible!”. Lo que no sabemos es cuándo y en qué oleada de movilizaciones (tal vez en la presente que va de Perú a Nepal pasando por Marruecos y Madagascar). Por eso es tan importante no bajar la guardia. El cura Rodolfo Izal, expulsado de Chiapas por su apoyo al pueblo
organizado, solía decir que “la esperanza no muere, y si muere…resucita”.
Es posible, gracias a nuestra lucha, erradicar el hambre, la pobreza y la desigualdad; generar una ecotecnología que controle a la inteligencia artificial, y crear una sociedad ecologista, feminista y socialista, donde la felicidad sea un proyecto al alcance de la mano de cualquier ser vivo, sea humano o no, sea de la
especie que sea. Y es que somos, según Casaldáliga, “soldados derrotados… de una causa invencible»