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Nidia Arrobo Rodas
En Abya – Yala, al principio era la luz.
Abya Yala, tierra floreciente de vida, es el nombre de nuestro continente. Aquí nuestros antepasados alcanzaron civilizaciones con conocimientos científicos de astrología, medicina, agricultura, arquitectura, economía, artes entre otros, y desarrollaron una profunda espiritualidad en relación armónica con la madre naturaleza, que es fuente nutricia de todo el quehacer holístico – civilizatorio.
La conquista truncó este proceso civilizatorio, al punto que en lo que respecta a la espiritualidad, no escribieron libros sagrados, con excepción de los Maya y de los Kuna, que tras un largo proceso tienen el Popol Vuh, y «En defensa de la vida y su armonía» respectivamente.
El cristianismo vino a nuestra Abya Yala en las carabelas, sin embargo, el Padre Dios, de todos los nombres, acá ya era venerado y amado. Ese cristianismo sumó a la cruz la espada, llegó en maridaje con la realeza y se interesó por “convertir” a los salvajes a quienes consideraba desalmados. Dolorosa, cruenta es desde entonces la historia de imposición y sometimiento. Para nuestros antepasados eminentemente creyentes y espirituales “anocheció en la mitad del día”.
Orígenes de la Iglesia primitiva.
Hablar del cristianismo, es referirse a Jesús de Nazareth, hermano mayor, profeta y amigo que nació y creció pobre, en un hogar sin trascendencia social, ni política, y menos aún económica; y perseguido desde su tierna infancia. Él es el primero en hacer la opción preferencial por los pobres y por la pobreza; sus amigos y seguidores eran marginales, no tuvo donde reclinar su cabeza; no construyó templos ni sinagogas; no instituyó sacramentos ni formuló misterios; no creó institución alguna, ni pretendió establecer estructuras. Únicamente organizó con sus seguidor@s una comunidad a la cual Mateo la llamó “ekklesia”.
Su pasión era la construcción del Reinado de Dios y su justicia; su programa socio-político-espiritual: las bienaventuranzas (Mt.5, 3-12); dedicó largas noches a orar en los cerros con su Padre, su Dios, a quien amaba y en quien confiaba, al punto de decir “Yo y el Padre somos uno”. A sus escasos 30 años se convirtió en vagabundo; recorrió pueblos y aldeas. Su misión fue amar sin medida siendo misericordioso con los empobrecidos, dignificar a los excluidos, sanar sin acepción de personas, levantar la fe y la autoestima de los descartados… y estrenar un proceso de liberación. Al iniciar su misión profético liberadora entró en la sinagoga, desenrolló el libro de Isaías y proclamó: «El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar Buenas Nuevas a los pobres; para anunciar a los cautivos su libertad y a los ciegos que pronto van a ver. A despedir libres a los oprimidos y a proclamar un año de gracia del Señor»
Por ser coherente y luchar contra las injusticias y los poderes opresores, fue prontuariado y, sin tener acceso a legítima defensa, fue ajusticiado. Pero su Papá Dios lo devolvió a la vida, lo resucitó y desde entonces la insurrección, es el mayor acto subversivo contra los poderes de turno.
Un pasado que no logramos superar.
Sabemos desde cuando cambió de rumbo la profética COMUNIDAD DE JESÚS (a partir de aquí, me referiré a ella como Iglesia); y salvo contadas excepciones va de tumbo en tumbo sin acertar el camino.
Primero con Constantino y luego con el Concilio de Trento, se fue consolidando otra forma de ser y hacer Iglesia. El concepto de comunidad se difuminó y desde entonces se mantiene una estructura piramidal, jerárquica, rígida, vertical, autoritaria, clerical, proselitista, patriarcal que ha causado mucho daño. Leonardo Boff sostiene que una es la Iglesia Carisma y otra la Iglesia Poder, ésta última tiene mucho de mundanidad, es triunfalista y autorreferencial. El envío de Jesús: “vayan por todo el mundo y anuncien la buena nueva a toda la creación”, llevó a conquistar nuevos territorios y adeptos sobre todo en el sur global. Donde llegó se alió a los conquistadores, no tuvo respeto alguno por las culturas y cosmovisiones existentes, la evangelización no fue la vivida por Jesús, y se impuso la asimilación, el adoctrinamiento, el colonialismo en vinculación al poder en defensa del status quo. Este es el modelo de iglesia que llegó en las carabelas hasta nuestras tierras…
Sin embargo, Jesús siempre suscita acontecimientos y seguidores que en fidelidad a su Palabra provocan cambios revolucionarios. El Concilio Vaticano II nos llenó de esperanza, provocó una primavera en nuestra Iglesia; luego la Conferencia de Medellín concretizó las semillas recogidas en el Vaticano II en acciones fecundas en nuestro continente empobrecido y “cristiano”. Al mismo tiempo surgió una pléyade de ministros fieles al pueblo y al evangelio que nos han venido dando luz y esperanza. Profetas y mártires como los que firmaron el Pacto de las Catacumbas entre ellos Helder Cámara, Antonio Fragoso, Luigi Betazzi, Manuel Larraín, Leonidas Proaño, Vicente Faustino Zazpe, Sergio Méndez, es como si hubieran escuchado “No te olvides de que eres sucesor de un pescador, no del emperador Constantino”.
Si bien el Concilio Vaticano y Medellín abrieron ventanas y puertas en búsqueda de aire fresco en la institucionalidad, no ha dejado de haber involución. Incluso -luego de un prolongado invierno eclesial- el reciente paso del Papa Francisco, no ha logrado sacudir las estructuras medievales que pesan sobre nuestra Iglesia, a pesar de su palabra y testimonio proféticos; sin embargo, muy lentamente se da vida a una iglesia en salida y sinodal con ministros con olor a oveja que se arriesgan a vivir el evangelio con los descartados y luchan por el cuidado de la casa común. Con cuánto énfasis nos decía “Prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad” (Evangelii Guadium, 49). Estamos frente a la misma dialéctica que atraviesa a todas las instituciones: “los guardianes que se esfuerzan por mantener el pasado frente a los soñadores y buscadores de futuro”.
Vino nuevo en odres nuevos.
Nuestro continente Abya – Yala es un continente de la esperanza, de la abundancia, de la pluriversidad. Por un lado, es el epicentro de la megadiversidad biológica, aquí en siete países se concentra cerca del 40% de la biodiversidad global con la mayor cantidad de especies de flora y fauna. Tanto en la querida Amazonía como en los majestuosos Andes, se hallan ecosistemas como humedales, arrecifes, páramos y bosques que albergan y crían gran cantidad de agua dulce y una inmensa variedad de especies únicas, endémicas, cruciales para la vida y salud planetarias. Y por otro, desde el punto de vista étnico – cultural, aquí resisten más de ochocientas civilizaciones ancestrales con lenguas, cosmovivencias, espiritualidades, sentipensares, culturas y tradiciones únicas, con más de cincuenta y ocho millones de habitantes. Aquí sobreviven entre racismo y despojo sistemático, desde pueblos en aislamiento voluntario hasta comunidades indígenas en grandes ciudades. Hay contraste entre la riqueza cultural con las vulnerabilidades que enfrentan, aquí amamos la vida. ¿Está aquí el vino nuevo o los odres nuevos?
En este contexto vislumbro una Iglesia de Jesús pobre y de los pobres, indígena y de los indígenas, negra y de los negros… Una iglesia intercultural, inclusiva, decolonial (Decolonialidad que desafía la hegemonía occidental, revitaliza saberes y culturas indígenas, y construye alternativas justas que valoren la diversidad de formas de vida, saber y poder, promoviendo la autonomía y la resistencia frente a los legados coloniales en la educación, la política, en la religiosidad y la vida cotidiana), abierta a las culturas y al pluriverso, en profunda comunión con las espiritualidades vivas de comunidades y pueblos originarios y en simbiosis con la naturaleza; iglesia despojada de poder, dispuesta a la reconciliación, entregada al servicio y la sanación, a la misericordia, al amor, al servicio y al perdón, al genuino
estilo de Jesús. Iglesia que camine “con los dos pies, un pie en el Evangelio y otro en la política; un pie en la fe y otro en las organizaciones populares” (Mons. Leónidas Proaño)
Entre cristianismo y espiritualidades originarias no hay contradicción. Mons. Proaño en su proceso de inserción en medio de comunidades y pueblos indígenas a los que amó de forma preferencial, encontró hallazgos fundamentales. Algunos de estos nos ayudan a entender por donde tiene que ir nuestra conversión, nuestro trabajo evangelizador tal como lo quiere Jesús, ya que desde el amor a la VIDA y a la MADRE TIERRA, los indígenas encuentran elementos para alcanzar una VIDA EN PLENITUD para todos, en radical oposición al sistema neoliberal vigente, que es sistema de muerte. Aquí algunos hallazgos:
“De su concepción fundamental de la tierra considerada como madre extraen los indígenas una distinta concepción del trabajo -que no debe ser devastador sino amoroso, parecido al esfuerzo que hace el niño tierno cuando estruja el seno materno para mamar la leche. De allí mismo extraen una concepción distinta del tiempo que tiene que ser utilizado armónicamente, sin prisas, de acuerdo al ritmo y cadencias de la naturaleza, de acuerdo a la sucesión de las estaciones. De allí mismo, extraen una concepción distinta del dinero, cuya adquisición no constituye el objetivo final de su vida y de sus luchas, sino un simple instrumento de intercambio.
De esa misma concepción fundamental de la tierra, considerada como madre, extraen los indígenas una concepción distinta y una práctica distinta de la medicina, pues la tierra madre les provee de una diversidad de plantas medicinales utilizables de acuerdo a la variedad de enfermedades. Y anhelan una educación distinta que esté más acorde con su pensamiento y sus costumbres. Y, partiendo de esa concepción de tierra y amándola entrañablemente, se muestran profundamente religiosos, encuentran que el Dios invisible de sus antepasados, Pachacamac, es en definitiva el mismo Dios de la Biblia, y que Jesucristo, como el Sol, el Dios visible de sus antepasados, es «luz que alumbra a todo hombre que viene a este mundo» (Jn. 1,9), captan maravillosamente su Mensaje, y, sobre todo, lo ponen en práctica sin inútiles discusiones ni cálculos egoístas”.
Y añadía, “Comprendí que la Iglesia debía sufrir una transformación radical, que los obispos debíamos realizar grandes esfuerzos por transformar una Iglesia de imagen piramidal en una Iglesia comunitaria. Comprendí que los sacerdotes habíamos sido acaparadores de todos los carismas en la Iglesia, que nos habíamos convertido, en vez de servidores, en dominadores del pueblo y que los laicos estaban llamados a jugar un papel preponderante”
Los cristos azotados y los pueblos crucificados siguen siendo los pueblos originarios, sin embargo, ellos con su espiritualidad encarnada, cósmica, en simbiosis con la Pachamama y los espíritus que en ella habitan (Génesis 1:2 «el Espíritu de Dios se movía sobre las aguas»), son el acervo y reserva ética de la vivencia del evangelio porque mantienen vivos valores y principios como son la comunidad, el compartir, la reciprocidad, el dar sin medida, la minka; la solidaridad, la fraternidad, la resistencia, el amor a la madre tierra hasta dar la vida por ella, la praxis de sus mandamientos “ama shua, ama killa y ama llulla”(No robar, no mentir no ser ociosos). Sin comunidades vivas no hay cristianismo ni Iglesia de Jesús. Urge que todos los creyentes asumamos estas espiritualidades, y seamos responsables del sufrimiento actual de la humanidad y del planeta que gime con dolores de parto(Rom, 8, 22-23). Urge pasar del ecumenismo casi inexistente, al macroecumenismo, a la defensa de la vida, de todas las vidas, y construir el Sumak Kawsay, el Reino de Dios para que todos los seres vivos tengamos “vida y vida en abundancia” (Juan, 10:10)

