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SOCIEDAD ABIERTA. Editorial de «Tiempo de Hablar-Tiempo de Actuar» (Nº 108)

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“La Iglesia no pone su esperanza en privilegios dados por el poder civil; más aún, renunciará al ejercicios de ciertos derechos legítimamente adquiridos tan pronto como conste que su uso puede empañar la pureza de su testimonio o las nuevas condiciones de vida exijan otra disposición. GS, 76),
Se supone que estamos en una sociedad abierta, que es la propia de una Democracia pluralista y laica. La sociedad democrática solo puede ser plural y laica. El pluralismo deriva de la propia condición humana, de la libertad de pensamiento, de conciencia y de cátedra.

El pluralismo es el único escenario posible de este modelo de sociedad abierta. En ella se valora la dignidad del Ser Humano, es decir, la que se apoya en la idea de que la persona no necesita andaderas.

La sociedad cerrada se configura por el nacionalismo radical, el fundamentalismo religioso o político, además de la rigidez de los planteamientos, apoyados por una autoridad de carácter religioso.

La laicidad reclama el derecho a promocionar la realidad secular propiamente dicha. La laicidad se opone a las sociedades teocráticas, donde la condición de ciudadano va unida a la de religioso y la de lo civil supeditada a lo religioso. La laicidad surge como polo de afirmación frente a sociedades sacralizadas o muy tuteladas por el poder religioso.
En nuestro tiempo, a partir sobre todo del siglo XIX, la laicidad representa el intento de asegurar la emancipación cultural y política del poder eclesiástico.

La laicidad se convierte en base, ámbito y referente del programa de todo Estado, que se precie de ser gestor del Bien Común, porque el Bien Común es la coordinación del bien de todas las personas, en uno u otro lugar , de una parte u otra, de una u otra religión, creyentes o ateas.

Los ciudadanos incluyen, como personas, una ética natural, que se enuncia válida para todos y que los Estados deben manejar sensatamente para articular la convivencia. Las religiones podrán albergar creencias, principios, promesas, programas de futuro y felicidad que, a lo mejor, no figuran en el programa básico de la ética natural. Podrán inculcarlo a sus seguidores y ofrecerlo a cuantos lo deseen conocer, pero jamás imponerlo y mucho menos hacerlo valer contraviniendo la dignidad y derechos de la persona. La persona es el terreno firme, más allá del cual no puede ir el Estado, la Religión ni Ideología alguna.

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