Vivimos, como ha señalado el papa Francisco, un verdadero “cambio de época”. La expresión no es retórica: se constata a diario en un mundo sacudido por guerras, fracturas sociales y un orden internacional cada vez más frágil. El imperio, dominado por oligarcas prepotentes, se ha impuesto alocadamente sobre la política y la legalidad internacional.
Las desigualdades se agrandan, las políticas migratorias se endurecen y millones de personas —migrantes, trabajadores precarios o colectivos discriminados— quedan relegadas a los márgenes de un sistema que excluye. Ante este panorama geopolítico inquietante, la pregunta es inevitable: ¿qué actitud deben adoptar hoy las cristianas y cristianos?
La respuesta no puede ser el repliegue. Refugiarse en estructuras que miran hacia dentro o en una Iglesia autorreferencial, temerosa del cambio, supondría renunciar a la propia dinámica del Evangelio. También sería una tentación el inmovilismo, esa nostalgia por un pasado idealizado que paraliza cualquier renovación. Sin embargo, el futuro del cristianismo no se decide en sacristías ni en despachos. Se juega en las periferias, geográficas y existenciales, allí donde se manifiestan con mayor crudeza las heridas del mundo. Si la comunidad creyente quiere ser fiel a su misión, debe estar presente precisamente en esos lugares.
En este contexto, Redes Cristianas, que el 14 del presente mes de marzo del 2026 celebra su vigésimo aniversario, ha querido evitar una conmemoración puramente nostálgica. La convocatoria del I Premio “Atrévete a Soñar” pretende abrir un espacio para imaginar nuevas formas de presencia cristiana en la vida pública. Soñar, en este sentido, no significa evadirse de la realidad, sino asumirla con creatividad y esperanza. Frente a una geopolítica que alimenta el miedo y la división, la tarea de los creyentes consiste en tejer vínculos de fraternidad.
Esa respuesta tampoco puede ser individualista. Requiere una Iglesia que funcione como red: democrática, participativa e inclusiva. Una Iglesia formada por comunidades de base, parroquias abiertas y colectivos comprometidos con la transformación social. En una sociedad líquida y fragmentada, estas redes pueden actuar como fermento si sitúan en el centro la opción por los pobres, no como un eslogan, sino como la expresión concreta de la fe. Amar al pobre —al migrante que llama a nuestras fronteras, al trabajador precarizado, a quien sufre discriminación— es reconocer en él el rostro de Cristo. No es una consigna ideológica: es el núcleo del Evangelio.
La historia del cristianismo muestra que sus momentos de renovación han surgido con frecuencia desde los márgenes. Por eso, en este tiempo de incertidumbre, la actitud creyente no puede consistir ni en la huida hacia adelante ni en el repliegue identitario. El desafío es otro: construir, paso a paso y de manera comunitaria, un cristianismo capaz de dialogar con el presente sin miedo al futuro. Nadie sabe con exactitud qué forma tendrá, pero sí desde qué principios debe levantarse: el amor preferencial por los últimos, la diversidad entendida como riqueza y una esperanza activa que se resiste a legitimar las lógicas del poder.
El camino, como siempre, se hace al andar. Y se hace junt@s.


