El fenómeno de la papalatría —la veneración exacerbada hacia la institución y la figura del pontífice romano, por encima incluso de quien ocupe el cargo en cada momento— constituye uno de los rasgos más definitorios y problemáticos del catolicismo contemporáneo. Este culto no se dirige a la persona concreta con sus virtudes o debilidades, sino a la función sacralizada del obispo de Roma como vicario supremo. Entre sus características principales destacan la infalibilidad práctica atribuida a sus gestos y palabras, la sacralización de la jerarquía, la sumisión incondicional del creyente y una liturgia de masas donde la figura central absorbe toda la atención, relegando la comunidad a un mero papel de espectadora.
Esta estructura de poder absoluto carece de una base evangélica sólida. La pretensión del episcopado romano de ostentar un primado de jurisdicción universal sobre la Iglesia se ha fundamentado históricamente en una lectura interesada de pasajes como Mateo 16, 18 («Tú eres Pedro…»). Sin embargo, la investigación bíblica e histórica muestra que en las primeras comunidades no existía un gobierno centralizado ni una figura monárquica. La autoridad en el Evangelio no se concibe como potestas (dominio o jurisdicción), sino como diakonia (servicio). Jesús fue explícito con sus discípulos al respecto: «Sabéis que los jefes de las naciones las dominan […] No será así entre vosotros; al contrario, el que quiera subir sea vuestro servidor» (Mt 20, 25-26).
El espectáculo del culto al papa, visible en los grandes viajes y eventos multitudinarios —como la actual visita a Francia o los encuentros internacionales—, cumple una función ideológica precisa. Se enfatiza la participación masiva de fieles no para promover un encuentro comunitario horizontal, sino como un recurso publicitario para legitimar el rol autoritario del clero. La masa aclamante sirve de escenografía para reforzar la imagen de una Iglesia monolítica, jerárquica y triunfante, deslumbrando al espectador e inculcando la idea de que la fidelidad a Dios equivale a la adhesión ciega a la cúpula clerical.
Tanto la fastuosa parafernalia de estas giras como la desmedida concentración de poder en el estamento clerical evidencian que la institución eclesial, en su configuración actual, resulta prácticamente irreformable. El reciente fracaso en la práctica del Sínodo de la Sinodalidad es un síntoma claro de esta realidad: cualquier intento de democratización, corresponsabilidad o «caminar juntos» choca sistemáticamente contra el muro de los intereses corporativos. La casta sacerdotal y la burocracia vaticana difícilmente cederán el monopolio del poder sacerdotal y doctrinal que sostiene su estatus.
Esta concepción piramidal e imperial de la Iglesia contradice frontalmente la propuesta originaria del Nazareno. Jesús no fundó una monarquía sagrada ni constituyó un aparato burocrático; convocó una comunidad de iguales, un movimiento de seguidores estructurado en torno al amor fraterno, la sencillez y la mesa compartida. Al lavar los pies a sus discípulos (Jn 13), invirtió radicalmente la lógica del poder militar y religioso de su época. Mientras la papalatría y el clericalismo perpetúen un modelo de dominio y espectáculo, la institución eclesial seguirá alejándose del proyecto del Reino que Jesús anunció.
Faustino Castaño (pertenece a los grupos de Redes Cristianas de Asturias)

