La Creación, Palabra de Dios, espiritualidad cósmica

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Entiendo aquí la Creación en su sentido cósmico e integral: toda la realidad que se ha ido originando desde el Big Bang, incluyendo no solo el entorno biológico, sino al ser humano y todas sus obras, que fueron unas veces aciertos y otras errores.

Desde la fe cristiana, orientada entre otros por Teilhard de Chardin, pudimos pensar que Dios, como creador, ha estado siempre dentro-fuera de la evolución, siendo la energía que la empujaba y la atraía. También desde la fe creemos que Dios se manifiesta en lo que ha sucedido, en lo que acontece y en lo que irá sucediendo, si bien, al ser Dios algo semejante a nosotros y a la vez muy distinto, puede resultarnos difícil entender su lenguaje. Es verdad que al ser la Creación la mediación, sin intervención humana, ello puede ser una ventaja para la comprensión, ya que con frecuencia las religiones nos complican la comunicación con Dios y su conocimiento.

La Palabra de Dios es una palabra viva, que a veces puede ser suave susurro que nos va calando poco a poco, dándonos ella misma la suficiente luz para irla descubriendo y conociendo, paso previo para conducirnos al misterio, la morada santa, apacible y amable de Dios. Luego, ya desde Él, con su fuerza, nos volcamos en nuestro quehacer, pues hemos podido entender que nosotros mismos somos el pensamiento y las manos de Dios en cada momento. Es verdad que en ocasiones la voz de Dios suena con fuerza, golpea como mazo, buscando, quizás, que despertemos y salgamos de la ausencia de nuestras responsabilidades y nos ocupemos del cuidado de la vida, de toda ella, pues la conexión de interdependencia nadie duda. «Al poner la creación en nuestras manos, Dios nos confía la misión de custodiar el equilibrio del cosmos, recordándonos que el destino de la tierra y el de la humanidad están indisolublemente unidos».

El brote de hantavirus en el crucero Hondius ha sido una de las últimas llamadas de atención que nos hace la Creación, uno de los lenguajes de Dios. Como consecuencia de esta infección, los científicos nos han recordado que virus en potencia de poder dañarnos hay muchos. Calculan que hay unos 10.000 virus desconocidos que pueden saltar de los animales a los humanos. Señalan como una de sus causas nuestra invasión de sus hábitats. Parece que el turismo está creando demasiados contactos entre humanos y reservorios animales potencialmente peligrosos con los que antes no nos encontrábamos. Es el mejor de los caminos para la transmisión de enfermedades infecciosas. Por eso, nuestras relaciones con los animales han de ser responsables y quizás debieran estar controladas por la sociedad.

En ocasiones somos nosotros mismos los que presionamos sobre algunas especies forzándolas a huir de sus territorios para internarse en nuestros espacios, provocando así un mayor riesgo de contacto de animales con los humanos. Lo hacen determinadas explotaciones mineras, deforestaciones masivas y urbanizaciones explosivas en zonas tropicales, deteriorando gravemente los ecosistemas.

Quienes conocen el tema nos alertan de que la contaminación del aire y del agua, junto con la pérdida de biodiversidad, “favorece infecciones respiratorias, diarreicas y zoonóticas, donde patógenos saltan de animales a humanos por la alteración de cadenas ecológicas”. “Un medio ambiente sano, con agua potable, saneamiento adecuado y control de vectores mediante prácticas sostenibles, podría evitar hasta un 25% de la carga global de morbilidad», según estimaciones de la OMS. Esta es una noticia reciente: “Las aguas residuales desbordan a España, incapaz de depurar el volumen de vertidos que genera. Una mezcla de falta de inversión y reparto de responsabilidades eterniza el problema de los vertidos que deterioran los ecosistemas y el suministro humano: la Comisión Europea lleva recurrentemente casos ante la justicia y los magistrados condenan repetidamente a España”. Proteger bosques, reducir emisiones y promover el uso responsable del suelo no solo mitiga riesgos sanitarios, sino que fortalece la resiliencia frente a pandemias futuras vinculadas al calentamiento global.

Por todo lo que los científicos ecológicos nos dicen, conocemos la estrecha relación que hay entre la naturaleza cercana a nosotros y algunas enfermedades infecciosas contagiosas. Cuando nos encontramos envueltos en situaciones en las que vemos morir a mucha gente, en lugar de interpretar este hecho como, por ejemplo, castigo de Dios, como algunos equivocadamente hacen, reconozcamos nuestra responsabilidad en lo que sucede y hagamos lo que corresponda a cada uno. Nuestra respuesta no es rezar para que nos libre Dios del mal, sino oír su voz que nos pide cuidar de la Creación, como se nos dice en Laudato si’, documento que debiera ser más leído e interiorizado por las comunidades católicas.

Es obvio que la Iglesia católica ha descuidado la catequesis ecológica, la espiritualidad cósmica y la moralidad que se deduce de la teología de la creación y subyace en algunos documentos eclesiásticos modernos, como el citado. Muchas veces me pregunto por qué no se incrustan en la liturgia dominical pequeños trozos de estos textos, que también son voz de Dios -creo que más inteligibles que otros que allí se leen-, que den pie para que puedan ser comentados en las homilías y con ello se mantenga siempre en tensión nuestra responsabilidad en el cuidado de la Creación. No cabe duda de que harían más interesantes y atrayentes las misas. El Papa Francisco en Laudato si’ nos recuerda: «Por otra parte, san Francisco, fiel a la Escritura, nos propone reconocer la naturaleza como un espléndido libro en el cual Dios nos habla y nos refleja algo de su hermosura y de su bondad: “A través de la grandeza y de la belleza de las criaturas, se conoce por analogía al autor”».

22 de mayo de 2026. José María Álvarez Rodríguez, miembro de los grupos de Redes Cristianas en Asturias