Trabajos presentados al Premio Redes Cristianas- 5

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“El Evangelio de los que dudan”

Daniela Gómez Cejudo

Escasez creciente de recursos naturales. Ecosistemas en los que el verde se va borrando como en un cuadro al que el tiempo le borra los colores. Ese verde, respiración de la tierra, que se va quedando sin aliento. Hombres enchaquetados dispuestos a realizar trueques espontáneos con nuestras educaciones, nuestras viviendas, nuestras vidas, nuestros sueños… Nosotros crecemos rodeados de pantallas luminosas, pero vivimos en penumbras, cada uno siendo esclavos del reflejo propio. Nuestra inteligencia más fuerte, desgraciadamente la artificial, posee rigurosos manuales sobre códigos de ética y moral humanas que aprende de memoria mientras que la sociedad humana los guarda en un cajón polvoriento, confirmando día a día su prescindibilidad. Las grandes vitrinas del mercado nos venden un único molde de belleza y todos corremos tras él, olvidando que lo más humano no se maquilla; el pensamiento y la voz propia.
Todo el mundo habla de este abismo social en el que los valores humanos y la solidaridad brillan por su ausencia; de esta era utilitarista que nos reduce a píxeles brillantes, fragmentos de de una imagen del individualismo que se confunde con libertad. ¿La culpa? De los jóvenes. De aquellos que nacieron en un tablero donde las reglas ya estaban escritas por manos que hoy les señalan con el dedo. Dicen que los jóvenes ya no creen. Que la fe se ha perdido entre pantallas y fiestas. Lo dicen con aire de sabiduría, como si la fe se midiera en misas. Pero quizás no haya ignorancia mayor que culpar a quien no encuentra su lugar. Porque los jóvenes solo han tenido dos opciones: mirar hacia otro lado o entrar en un modelo de religión que no mira de frente a todos por igual.
¿Que a qué me refiero?…
Año 2025. En plena crisis de fe y con los templos vaciándose domingo tras domingo, la Iglesia católica española sigue batiendo récords de financiación pública. Las arcas menguan de fieles, pero crecen de euros. Exenciones fiscales, donaciones, subvenciones educativas, patrimonio exento de impuestos… La pobreza evangélica se traduce, en los balances, en superávit. Resulta irónico que una institución que predica la renuncia a los bienes materiales conserve privilegios que ni el propio Estado laico se atreve a cuestionar. ¿No es contradictorio hablar del “reino de los cielos” mientras se asegura el del suelo, ladrillo a ladrillo, subvención a subvención?
Hemos crecido escuchando que “Dios es amor”, pero con asterisco. Amor, sí, mientras no desafíes el molde; mientras ames a quien se te ha dicho que puedes amar. Nos educaron en templos que predicaban la acogida universal, pero donde algunos corazones eran vistos como error. Nos enseñaron a rezar sin preguntar, a obedecer sin entender, y cuando empezamos a hacerlo —a preguntar, a entender— nos llamaron perdidos. Quizá no fuimos nosotros quienes nos alejamos: fue la Iglesia la que puso distancia.
13 de junio de 2023. Informes oficiales confirman cientos de casos de abusos sexuales a menores cometidos durante décadas dentro de instituciones religiosas. El pecado, tapado con sotanas y silencio. Las disculpas, tardías y cuidadas, llegan acompañadas de promesas de “transparencia” que no logran borrar los años de encubrimiento. Resulta irónico que quienes se autoproclaman guardianes de la moral hayan cerrado los ojos ante la injusticia más cruel: la vulneración de la inocencia. ¿Cómo puede predicarse el perdón cuando la verdad se oculta y la reparación llega tan tarde que ya no cura?

No, no es culpa de los jóvenes. Tampoco solo de ellos. Somos la consecuencia, no la causa; herederos de estructuras que aprendimos sin poder cuestionar, de un mundo que confundió la fe con la obediencia y el amor con la norma. Hemos crecido en una sociedad que habla de valores universales mientras levanta fronteras invisibles, que invoca a Dios pero olvida al prójimo, que predica el bien mientras normaliza la indiferencia.
Y aun así, nos atrevemos a soñar: con una espiritualidad sin etiquetas, con una moral que no excluya, con una humanidad que no necesite justificar su compasión. Soñar con una sociedad que crea más en las personas que en los dogmas, más en el abrazo que en el juicio. Tal vez no sea rebeldía, sino esperanza —la misma que otros perdieron, y que todos, de algún modo, seguimos buscando.
Nos atrevemos a soñar, y eso ya es un primer acto de libertad.
Ya en la antigua Grecia se intuía que una sociedad solo podía llamarse justa cuando sus ciudadanos perseguían el bien común. Aristóteles lo dijo con la serenidad de quien entendía que el ser humano no nace para el aislamiento, sino para la convivencia; que la felicidad no es una conquista individual, sino una tarea compartida. Han pasado siglos, pero seguimos sin resolver esa ecuación: vivimos hiperconectados, y aun así más separados que nunca. La comunidad se ha vuelto un ideal nostálgico, y el bien común, una expresión que apenas se pronuncia sin ironía.
Aristóteles hablaba de virtud y equilibrio, de hallar el justo medio entre el exceso y la carencia. Nosotros vivimos instalados en los extremos: o la ambición desmedida o la apatía total, o el ruido constante o el silencio que ya ni escucha. Su ética buscaba la armonía; la nuestra, la inmediatez. Hemos llenado las ciudades de luces y pantallas, pero nos hemos vaciado de propósito.
Y quizá por eso soñar hoy sea un acto de resistencia. Porque soñar no es apartarse del mundo, sino querer transformarlo. Es recordar que la política nació para servir, no para dominar; que la virtud no se hereda ni se impone, se practica. Soñar, en este contexto, es la forma más humana de rebelión: un intento de recuperar el sentido ético que la prisa y el poder nos arrebataron. Soñar con volver a poner la justicia en el centro, como hacían los griegos, y a la humanidad, como hacían los sabios.
Sueño con una religión que recuerde su origen humilde, nacida para acompañar y no para acumular. Una fe que proteja, no que posea; que consuele al que sufre en lugar de bendecir al que domina. Porque si algo enseñaban los Evangelios, era la dignidad de los últimos, el valor de los gestos pequeños, la misericordia frente al poder. Pero en algún punto del camino, la espiritualidad se vistió de oro y olvidó las sandalias. “Pa mí, Jesucristo fue el primer comunista”, decía Joaquín Sabina, y quizá no le faltaba razón: no porque predicara ideologías, sino porque creyó en la igualdad, en el pan compartido, en el bien como práctica cotidiana. Su mensaje no fue una orden, sino una brújula moral. Hoy, esa brújula parece girar sin norte, perdida entre tronos y dogmas.
Soñar, entonces, es imaginar una religión que vuelva a ser refugio y no frontera. Una que hable menos de pecado y más de justicia, que predique desde la calle y no desde el mármol. Una religión que mida su riqueza no por sus propiedades, sino por su capacidad de
cuidar. Que entienda que proteger a los pobres, a los migrantes, a los olvidados, no es caridad: es coherencia con su propia raíz.
Sueño con un mundo en el que la fe deje de ser una vitrina y vuelva a ser un refugio. En el que los gestos espirituales no se midan en la cantidad de oro que adorna un templo, sino en la cantidad de manos que se tienden sin pedir nada a cambio. Donde lo sagrado no se confunda con el espectáculo, y creer no sea una moda ni un acto público, sino una elección íntima y coherente. Ojalá la religión —todas ellas— recordara que su sentido no está en el ritual, sino en la ética; no en el sermón, sino en la práctica; no en las palabras del domingo, sino en las acciones del lunes. Que el verbo amar vuelva a conjugarse en presente, y que los emisarios de Dios sean ejemplo de humildad, no de ostentación.
Sueño con un mundo en el que la diversidad no sea un adorno del discurso, sino el pulso que da vida a la humanidad. En el que cada niño crezca sabiendo que pensar distinto no es una amenaza, sino una riqueza. Donde la educación no modele mentes iguales, sino espíritus libres. Hannah Arendt advirtió que los grandes males nacen cuando los hombres dejan de pensar por sí mismos, cuando la sociedad busca uniformar y convertir a las personas en piezas idénticas de un engranaje dócil. Y acaso hoy, entre pantallas que repiten los mismos rostros y voces que dicen lo mismo con distintas palabras, su advertencia resuena más viva que nunca.
Por eso sueño con un mundo donde la diferencia no se tolere, sino que se celebre; donde las religiones, en lugar de imponer moldes, protejan la pluralidad que Dios sembró en su creación. Que la fe sea un espacio de encuentro y no de frontera. Que aprendamos a amar no porque el otro sea igual a nosotros, sino precisamente porque no lo es.
Sueño con un mundo en el que volvamos a mirar la tierra como algo sagrado, no como un recurso. Donde entendamos que la obra de Dios no está solo en los templos, sino en los ríos que aún cantan, en los árboles que aún respiran, en las montañas que aún resisten. Que aprendamos a ver en cada brote verde un acto divino, en cada amanecer un recordatorio de que la creación no nos pertenece, sino que nos fue confiada. Que las manos que hoy la destruyen se conviertan en manos que reparan, y que la codicia ceda su lugar a la gratitud.
Que los hombres vuelvan a ser jardineros del mundo, no sus verdugos; que la ética vuelva a mirar hacia la naturaleza como su maestra más antigua. Porque cuidar la tierra es, quizá, la forma más pura de oración que nos queda.
Y así, al mirar todos estos sueños, regreso a Aristóteles, como quien vuelve a un faro que nunca se apaga. Él enseñaba que la felicidad no es un capricho individual ni un lujo, sino el fruto de la virtud practicada en comunidad, de acciones que buscan el bien común y no solo el interés propio. Que nuestra vida ética se construye con hábitos, con elecciones diarias que nos acercan a lo que es justo, verdadero y noble.
Tal vez soñar sea, en el fondo, eso: un hábito de esperanza. Un compromiso con la virtud que nos recuerda que podemos actuar para que la justicia, la compasión, la diversidad y la protección de la creación no sean meras palabras, sino principios vivos. Como enseñó Aristóteles, solo en la polis, solo entre nosotros, podemos encontrar la plenitud que da sentido a nuestras vidas. Soñar no es ingenuo: es el primer paso de la acción que transforma.