La Iglesia: ¿cátedra de poder o camino de servicio?

0
112

En amplios sectores del catolicismo contemporáneo se percibe una tendencia casi obsesiva a conservar estructuras, ritos y devociones que, lejos de abrir caminos hacia el Evangelio, parecen levantar muros cada vez más altos. Esta deriva no es accidental: responde a una lógica interna que privilegia la sacralización de la institución por encima de la misión transformadora que Jesús de Nazaret anunció con claridad meridiana. Lo verdaderamente inquietante es que, en nombre de la ortodoxia, se consolida una eclesiología excluyente, vertical y clerical que contradice frontalmente el espíritu del Evangelio, manteniendo la ficción de un clero separado y una comunidad pasiva, infantilizada y dependiente.
El desfase entre el mensaje de Jesús y la práctica eclesial actual es tan evidente que cuesta comprender cómo puede seguir justificándose. Jesús no fundó una estructura piramidal ni instituyó rituales destinados a separar a unos pocos “consagrados” del resto del pueblo. Su proyecto fue radicalmente distinto: una comunidad de iguales, un movimiento de liberación que proclamaba sin ambigüedades: «El Espíritu del Señor está sobre mí… me ha enviado a anunciar la liberación a los oprimidos» (Lc 4,18). Frente a esta visión, la Iglesia institucional parece empeñada en blindar su “Cátedra”, interviniendo en la vida social desde el privilegio y olvidando que el Maestro caminaba sin seguridades, sin poder y sin propiedad.
La distancia entre el Evangelio y ciertos sectores de la Iglesia actual se hace aún más evidente si recordamos la enseñanza de Jesús en la parábola del Buen Samaritano (Lc 10,25?37).

Imagen

Misericordia quiero y no sacrificios

Allí, el Maestro denuncia con una claridad hiriente la tentación de anteponer el culto al amor concreto. El sacerdote y el levita —representantes del aparato religioso— “pasaron de largo” ante el hombre herido, quizá para no contaminarse ritualmente y poder seguir cumpliendo sus obligaciones en el Templo. Jesús no suaviza el contraste: quienes deberían haber encarnado la compasión se convierten en símbolo de una religiosidad que justifica su indiferencia en nombre de la pureza.
El gesto del samaritano —un hereje para la ortodoxia judía— revela la verdadera prioridad del Reino: la asistencia al necesitado está por encima de cualquier rito. En un momento en que parte de la jerarquía eclesial parece obsesionada con defender privilegios, liturgias y fronteras doctrinales, esta parábola funciona como un espejo incómodo. ¿Cuántas veces la institución, como el sacerdote y el levita, ha pasado de largo ante los migrantes que mueren en el Mediterráneo, ante las víctimas de abusos, ante los pobres expulsados de sus barrios, mientras se invocan razones “pastorales” o “disciplinarias”?
Jesús concluye con un mandato que no admite evasivas: «Ve y haz tú lo mismo». No dice “ve y celebra lo mismo”, ni “ve y defiende la doctrina”, sino haz. Acción, compasión, riesgo. Nada que ver con la comodidad de una cátedra.

Imagen

Misericordia quiero y no sacrificios

La contradicción se vuelve sangrante cuando observamos casos concretos de la gestión eclesial reciente. El escándalo de las inmatriculaciones masivas en España —miles de bienes inscritos a nombre de la Iglesia sin acreditar propiedad— revela una institución más preocupada por acumular patrimonio que por seguir al que “no tenía donde reclinar la cabeza” (Mt 8,20). Resulta difícil conciliar el Evangelio con la apropiación de ermitas, plazas, casas parroquiales e incluso bienes comunales, mientras se predica desprendimiento y pobreza evangélica.
A ello se suma la actitud de ciertos obispos que, lejos de encarnar la misericordia, se han alineado con discursos excluyentes. Las declaraciones de algunos obispos españoles, descalificando a colectivos vulnerables y utilizando un lenguaje impropio de un pastor, han generado un profundo escándalo entre creyentes y no creyentes. En Estados Unidos, algunos prelados han llegado a negar la comunión a políticos por motivos partidistas, mientras guardan silencio ante políticas que dañan a migrantes y refugiados. En Polonia, sectores episcopales han respaldado abiertamente agendas políticas que fomentan la xenofobia. Todo ello contrasta con la enseñanza de Jesús, que fue tajante: «Misericordia quiero y no sacrificios» (Mt 9,13).
Cuando la jerarquía utiliza su autoridad para justificar desigualdades, imponer obediencia ciega o intervenir en la vida pública desde la superioridad moral, traiciona el gesto más subversivo del Maestro: la mesa compartida. En la última cena, lejos de reforzar rangos, Jesús se ciñó la toalla y lavó los pies de sus discípulos, diciendo: «Os he dado ejemplo para que también vosotros hagáis lo mismo» (Jn 13,15). Ese gesto de igualdad radical contrasta con una Iglesia que a menudo parece más preocupada por custodiar un sistema religioso que por abrir caminos de dignidad y justicia.
La parábola del Hijo Pródigo (Lc 15,11?32) ofrece otra clave imprescindible para comprender el desfase entre el Evangelio y cierta doctrina eclesial que sigue alimentando la imagen de un Dios vigilante, ofendido y presto a castigar. En el relato de Jesús, el Padre no exige penitencias, no reclama compensaciones, no impone condiciones. Corre hacia el hijo, lo abraza, lo reviste de dignidad y celebra su regreso con una fiesta desbordante. El hijo intenta recitar su discurso de culpa, pero el Padre lo interrumpe: la misericordia no necesita intermediarios.
Sin embargo, durante siglos la Iglesia ha construido un sistema sacramental y devocional que, en lugar de anunciar este amor incondicional, ha presentado a Dios como un juez severo que necesita ser aplacado mediante sacrificios, indulgencias, sufragios o intercesiones. Se ha llegado a convertir la salvación en una especie de transacción espiritual, donde el fiel debe acumular méritos, devociones y prácticas para “ganar” la vida eterna. Esta lógica, profundamente ajena al Evangelio, ha generado un culto centrado en el miedo al castigo y en la obsesión por evitar el infierno, en detrimento de la misión esencial: transformar el mundo para que sea signo del Reino.
La parábola del Hijo Pródigo desmonta esta teología del temor. El Padre no es un contable de pecados, sino un manantial de misericordia. No exige mediaciones para perdonar; simplemente ama. Y, sin embargo, algunos sectores eclesiales siguen promoviendo una espiritualidad angustiada, donde la salvación depende de devociones particulares, apariciones privadas o prácticas piadosas que prometen “gracias especiales”, mientras se descuida la justicia, la solidaridad y la construcción de una sociedad más humana.
Ambas parábolas convergen en un mismo punto: la fe no consiste en cumplir ritos, sino en encarnar la misericordia. Jesús nunca dijo que entraríamos en el Reino por rezar más rosarios, por asistir a más procesiones o por acumular indulgencias. Lo dijo con una claridad que debería estremecer a cualquier creyente: «Tuve hambre y me disteis de comer… lo que hicisteis con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis» (Mt 25,35?40).
Cuando la Iglesia promueve un culto obsesionado con “salvar el alma” mientras descuida la transformación del mundo, está repitiendo el error del sacerdote y el levita. Y cuando presenta a Dios como un juez implacable que necesita intermediarios para perdonar, está ignorando al Padre que corre hacia el hijo perdido.
El Reino de Dios no se construye en los altares, sino en las calles. No se hereda por devociones, sino por justicia. No se anuncia desde la cátedra, sino desde el servicio.
Por todo ello, la comunidad creyente no puede seguir siendo una espectadora muda ante el autoritarismo eclesial. La fidelidad al proyecto de Jesús exige hoy una resistencia activa, lúcida y responsable que combata las tendencias clericales que asfixian el Evangelio. Es hora de recuperar la frescura de las primeras comunidades, que no se organizaban en torno al poder, sino en torno al servicio mutuo y la fraternidad.
La Iglesia necesita renunciar a la seguridad de los rituales y a la comodidad de las estructuras para encarnar una presencia que escuche, acompañe y denuncie las injusticias, incluso las propias. Nuestra responsabilidad no es alimentar sistemas caducos que exigen sumisión, sino construir desde la base espacios de fraternidad real, donde la autoridad sea servicio y no dominio.
Sólo mediante un compromiso firme que desmantele las lógicas de poder y privilegio podremos volver a ser una comunidad que, en lugar de imponerse desde una cátedra, camine junto a la humanidad anunciando una verdadera esperanza. El Evangelio no necesita guardianes: necesita testigos. Y los testigos no se sientan en tronos; se arrodillan para lavar los pies.