La celebración de una misa tridentina, que tuvo lugar hace unos meses en la Basílica de San Pedro, bajo el amparo de una autorización papal que ha dejado perplejos a propios y extraños, no puede leerse como un simple gesto de apertura hacia las periferias espirituales. La imagen del celebrante de espaldas al pueblo, envuelto en una liturgia de ritos crípticos y latín distante, se erige como un símbolo inquietante de una Iglesia que parece capitular ante sus sectores más reaccionarios. Lo que se presenta como una concesión de “misericordia” es, en realidad, una peligrosa rendición a las presiones de un tradicionalismo que nunca ha aceptado la primavera del Vaticano II y que hoy se siente empoderado por el auge global de las extremas derechas y los fundamentalismos políticos.
Esta regresión no es un hecho aislado, sino la culminación de un proceso de resistencia que ha logrado estancar el Sínodo de la Sinodalidad, esa gran apuesta por una Iglesia horizontal que hoy languidece entre tecnicismos y miedos burocráticos. Figuras como los cardenales Burke y Müller, o el desafío abierto de quienes ordenan obispos al margen de Roma emulando la rebeldía lefebvriana, son sólo la punta de lanza de un modelo eclesial que busca refugio en el pasado para no tener que responder a las preguntas del presente. Para entender esta deriva, es necesario recordar que la historia de nuestra institución ha sido, a menudo, la historia de un paulatino alejamiento del frescor del Evangelio en favor de una estructura de poder corporativo.
El proceso de deformación comenzó pronto. Ya desde los siglos III y IV, la Iglesia inició una metamorfosis que la llevó de ser una comunidad de iguales a una pirámide rígidamente jerarquizada. El Edicto de Milán y el Concilio de Nicea marcaron el inicio de una deriva dogmática donde la fidelidad al seguimiento de Jesús fue sustituida por la adhesión a fórmulas metafísicas complejas, diseñadas para establecer un “Magisterio” capaz de controlar el pensamiento y asegurar la ortodoxia imperial. Fue en este periodo cuando se consolidó el empoderamiento de un sector clerical que comenzó a vestirse con las ropas de la burocracia romana, alejándose de la sandalia y el camino para instalarse en el trono, el palacio y el privilegio.
A lo largo de los siglos, la formulación sacramental fue redefinida para blindar esta jerarquía. Los sacramentos, que nacieron como signos de la gracia y la vida comunitaria, se transformaron en herramientas de control e intermediación. Al enfatizar casi exclusivamente el carácter sacrificial de la Misa, el clero se auto-constituyó en el único mediador necesario entre la Divinidad y una humanidad que fue declarada, de facto, incapaz de acceder a lo sagrado por sí misma. Se construyó así una muralla de incienso y ritualismo que sofocó la misión original: la transformación del mundo y la atención a la problemática social. El banquete compartido de los primeros cristianos fue sustituido por un espectáculo de sacralidad vertical donde el laicado quedaba reducido a una audiencia pasiva, mantenida en una ignorancia teológica deliberada para asegurar la supervivencia de los intereses de la casta.
Ante este escenario, el laicado progresista no puede permanecer como un espectador melancólico de la involución. Si la jerarquía se repliega en el ritualismo, el pueblo de Dios debe radicalizarse en el servicio. La respuesta a la “deriva de San Pedro” no es el abandono, sino la ocupación de los espacios: devolver la teología a las mesas de nuestras comunidades, recuperar la autonomía de la conciencia frente al dogmatismo vacío y practicar una fe que se mida por su compromiso con los derechos humanos y la justicia climática, y no por la dirección en la que mira el sacerdote.
Hoy más que nunca, es imperativo denunciar que el clericalismo es una forma de idolatría que utiliza el nombre de Dios para conservar privilegios de grupo. Si el Sínodo está estancado en los despachos, debe revivir en las bases. La Iglesia sólo será fiel a Jesús si recupera su vocación de comunidad abierta, donde la autoridad sea servicio y la liturgia sea la celebración de una vida entregada al prójimo. La historia nos enseña que las regresiones son poderosas, pero el Espíritu siempre sopla hacia los márgenes, allí donde la vida clama por justicia y donde el latín, por muy solemne que suene, no tiene nada que decir al corazón sufriente del mundo.


