El regreso de Natán (Crónica del Genocidio en Gaza) -- Evaristo Villar

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Enviado a la página web de Redes Cristianas

Natán fue profeta en Jerusalén en el siglo X a.?C., consejero
del rey David. En un contexto de monarquía teocrática, denunció
los abusos del poder con valentía. Su gesto más recordado fue
señalar al rey por un crimen de Estado, defendiendo la justicia
frente al silencio cómplice.

Me llamo Natán. Fui profeta en los días del rey David. Le planté cara al rey cuando la corona se cubrió de sangre, cuando el poder se volvió homicida.
Y le resistí la mirada cuando se puso rojo de furia por la inhumanidad del
rico que, teniendo tantos rebaños, sacrificó, para convidar a su huésped, la única corderilla que tenía el pobre. Entonces, le señalé con el dedo y le dije: “ese eres tú” (2 Samuel 12).

Gaza, tierra del grito silenciado. He sido sacudido hoy no por una
revelación divina, sino por el clamor desgarrador de una tierra devastada:
Gaza. Casi 40.000 personas han sido matadas, más de 140.000 han
resultado heridas y más de un millón han sido desplazadas de sus hogares.
A todas se les niega el acceso a lo más básico: agua y pan.

La llamada Gaza Humanitarian Foundation, creada y gestionada por Israel
y EE.UU. presuntamente para distribuir alimentos, se ha convertido en una
trampa mortal: más de 900 personas han muerto intentando acceder a
recoger unos magros alimentos.

Lo que ocurre en Gaza ha dejado de ser un conflicto; es un genocidio, una
limpieza étnica, un crimen contra la humanidad. Y todo esto sucede ante
una comunidad internacional paralizada, que observa en silencio y
paralizada esta nueva forma de holocausto.

Desperté entre ruinas y humo. No era una visión. Era carne, polvo, llanto,
muerte. Vi niños bajo los escombros, madres abrazando cuerpos
destrozados como si el amor pudiera detener el alma. Escuelas convertidas
en cráteres. Hospitales sin luz. Mezquitas partidas en dos. Una ciudad
fantasma reducida a esqueleto y escombros. Es la historia universal de la
inhumanidad y la infamia.

Cuando el poder se desentiende de la profecía. Pregunté quién
había causado todo esto. Dijeron un nombre: Netanyahu. Líder de verbo
bíblico y puño de hierro. Hombre capaz de ensayar todas las formas de
matar seres humanos. Justifica cada bomba con historia, cada crimen con
trauma. Dice proteger a su pueblo, pero lo está cubriendo de oprobio, de
odio y de iniquidad.

Habla de paz, pero enciende guerra en todos los puntos
cardinales. ¿Para ocultar su propia corrupción? ¿Para devolver a la
humanidad el holocausto que en otro tiempo se hizo a nuestro pueblo?
Viendo la brutalidad que está cometiendo en Gaza, he vuelto a ver en él al
David que arrasó a Amalec y pasó a cuchillo a su ejército y mató hombres,
mujeres, niños y aun los de pecho, vacas, camellos y asnos (1 Samuel 15).
He vuelto a encontrar al rey que olvida al profeta y escucha solo su miedo.

A su lado estaba Trump, el mercader de torres, el de las fake news, el
bendecidor de armas, el falsificador de pactos. Firmó con tinta y orgullo los mapas de la injusticia. Le oí decir “acuerdo”, mientras la sangre aún
humeaba. Juntos aplaudieron la masacre como si fuera el sprint de una
etapa en su inhumana carrera.

Fui hacia Occidente. Esperé verdad. Encontré excusas. Europa emitió
lamentos sin fuerza. ¡Ay Alemania, la del holocausto, que pretende
enjuagarlo con otro nuevo! Estados Unidos envió más armas, más millones.
Los reyes árabes miraron hacia otro lado, ocupados en sus bancos y
banquetes. Solo los pueblos, solo las calles, gritaban. Pero las calles no
mandan.

Volver a señalar con el dedo. Regresé a Gaza. Caminé entre cuerpos
aún calientes, huérfanos sin lengua para llorar, ancianos que repetían los
nombres de sus muertos como oraciones rotas. Una niña me ofreció su
muñeca sin cabeza. Me preguntó por qué. Y yo, que antes enfrenté al rey
David, no supe qué decir.

Hablé. Profeta entre ruinas. Les dije: “Esto no es defensa. Es castigo. No es ley. Es venganza. No invoquéis a Dios si vais a usar su nombre para
justificar tanta muerte.” Pero mis palabras cayeron como polvo sobre
blindados. Nadie escuchaba.

Entonces fui a Jerusalén. Me acerqué al muro. Con el dedo escribí: “No en
mi nombre.” Porque el profeta no calla, aunque nadie lo escuche. Porque el
silencio es complicidad, y la sangre clama aún desde el suelo.

Quizá mañana me olviden. Quizá esta tierra vuelva a arder. Pero las piedras hablarán. Y Gaza no callará. Porque hay verdades que ningún misil puede enterrar. Porque incluso entre los escombros, la dignidad resiste.

Cuando el poder institucional se desentiende, organicémonos desde abajo:
exijamos el fin del genocidio y construyamos una red activa de solidaridad
con Palestina.