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Tomás, “El mellizo” -- Paco Barco

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Reconozco que soy terco, pero me gusta pensar, que no me den todo hecho; la sensiblería y las intuiciones están bien, pero las decisiones tienen que estar pensadas y fundamentadas, no podemos ir por la vida por simples corazonadas y menos en esto. Jesús fue algo muy serio para todos nosotros, algo muy importante para este país y decisivo en nuestras creencias; no habíamos tenido un profeta tan importante desde Moisés.

Su mensaje y, especialmente su vida, trastocó las nuestras, las de muchas personas. Cambió nuestra forma de relacionarnos con el Templo, puso al descubierto nuestra tacañería y ruindad a la hora de aplicar la Ley de Moisés, la hipocresía de nuestras vidas y de nuestra sociedad a la que llamó nido de víboras y sepulcros blanqueados.

Tenía que pensar y orar, por eso me retiré a Galilea. Algunos han dicho que me iba con los zelotes, que había optado por la lucha armada como solución a la corrupción de las autoridades y el oprobio de nuestro pueblo, que decidí unirme con aquellos que luchan contra las injusticias y la pobreza y la opresión del extranjero, de forma armada; no, Simón, no. Tú me conoces, y aunque algunas veces me refería a ellos, a la necesidad de cambios radicales en la lucha, que soy empecinado, también conoces que soy optimista. Jesús nos dio la paz, una paz que nunca había experimentado, y esa paz, shalom, es mi esperanza.

Pero desde luego estoy confuso, agarrotado por el miedo, por eso he vuelto, esperando encontrar entre vosotros la fuerza, el camino, el fuego del Espíritu que Jesús nos prometió.
De hecho en este mes largo que falto de entre vosotros os veo cambiado, transformados como cuando bajasteis de monte Tabor, ¿qué os ha sucedido, por qué brillan vuestros ojos? ¿Qué les ha ocurrido a Nicodemo y Cleofás, que se escondían como gallinas, que nunca dieron la cara a la luz del día y ahora son líderes de nuestra comunidad?

.- Ya te lo hemos dicho. Te lo han contado las mujeres, ellas fueron las primeras en ver y hablar con el Maestro, en realidad nunca perdieron la esperanza y han sido para todos nosotros como la memoria, la argamasa que necesitábamos en estos difíciles momentos para toda nuestra comunidad aquí en Jerusalén. Nicodemo y Cleofás, a los que tan cambiados notas, se lo encontraron en el camino y les fue explicando las Escrituras sin ellos reconocerle; sólo, cuando lo invitaron a pasar a su casa, al compartir el pan, se les cayó el velo que oscurecía sus ojos y comprendieron las Escrituras, todo lo que a lo largo de nuestro vivir con Él, nos venía explicando y no le comprendimos.

Estábamos desconcertados con tu actitud, nadie sabía ni se explicaba tu desaparición; incluso temíamos por tu vida y nos invadió la tristeza cuando, reunidos en oración, tuvimos la experiencia de su presencia y tú no te encontrabas entre nosotros. Pero, ¡Gracias a Dios, has vuelto!

Llevamos todo el sábado rezando y poniendo en común todas nuestras cosas, nuestros pensamiento, los miedos y las esperanzas; ya sé que lo visteis, que hablasteis con Él que incluso, estando como hoy, todos en oración, oísteis un fuerte estruendo y se os apareció y comió con vosotros en casa de Simeón. ¿Pero podía ser un ángel, vosotros no lo reconocisteis al principio, era el Maestro, se les veían las llagas, era su voz?

Era Él, seguro, pero totalmente otro; el que comió, caminó con nosotros y nos lavó los pies, pero completamente diferente.

Tomás, ten confianza. Este Sabah ha sido intenso, el Señor nos dijo que permaneciéramos unidos, que seríamos bautizados por el Espíritu. Llevamos tanto tiempo encerrados, aclarándonos, que la cabeza nos duele, parece que tenemos fuego y nuestros corazones, como le ocurriera a nuestros Nicodemo y Cleofás, se salen de nuestros pechos. Es como si estuviera entre nosotros, ¿no lo percibes?

Sí, Simón, a mi también me tiembla la voz y mi corazón late con fuerza en mi pecho.
¡Señor, Maestro, tú tienes palabra de vida eterna, confirma mi fe!

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