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Rouco ofrece a Rajoy el apoyo y la colaboración “específica y humilde” de la Iglesia católica -- José Manuel Vidal

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Religión Digital

Rouco le desea a Rajoy “acierto en tiempos difíciles” El presidente del episcopado asegura que la “gravísima crisis económica” se debe “al olvido de Dios”. Texto íntegro del discurso de Rouco a la Plenaria
El poder político y espiritual de España en manos de dos gallegos. Uno que llega, Mariano Rajoy, tras las elecciones de ayer. Y otro, el cardenal Rouco Varela, que ya ha repetido varias veces al frente del episcopado.

Desde las tablas de la experiencia, el arzobispo de Madrid le deseó a Rajoy «acierto, serenidad y espíritu de servicio en su noble y decisiva tarea». Eso sí, sin personalizar, pero pensando sobre todo en el gobernante que, como máximo responsable, va a pilotar el país «en tiempos tan difíciles».

En el discurso inaugural de la Asamblea plenaria de los obispos, Rouco le prometió también a su paisano «el apoyo espiritual» de sus oraciones y «las de todos los católicos», asi como «la específica y humilde colaboración» de la Iglesia católica. Con un objetivo, «acompañar el afán de superación de los españoles», como dijo el Papa durante la Jornada Mundial de la juventud del pasado mes de agosto, y ayudar a que el país salga de la crisis «sin renunciar a su alma profundamente religiosa y católica».

Precisamente Rouco puso de ejemplo «la modélica cooperación de todas las instancias concernidas del Estado, de uno y otro color político» durante la JMJ. Ésa es la colaboración con el Gobierno que desea la Iglesia «no sólo para ocasiones extraordinarias, sino también en la vida de cada día».

Además de felicitar al ganador de las recientes elecciones y tenderle la mano, el purpurado madrileño aludió al «crítico momento social que vivimos» y a la «gravísima crisis económica», que, a su juicio, se descubrió «ya en el verano de 2008» y «que no hace más que agravarse en toda Europa y también en España».

Una crisis cuyas causas más profundas, según el líder de la Iglesia católica, son «la pérdida de valores morales, que va de la mano del relativismo y del olvido de Dios y de su santa ley». Y si ésas son las causas, las consecuencias que se derivan conforman todo un rosario de desgracias: «La corrupción política y económica, la codicia, la búsqueda del propio interés a toda costa, el menosprecio de la vida humana mediante políticas y conductas abortistas y antinatalistas, la desprotección y la disolución institucional del matrimonio y de la familia, la instrumentalziación y el deterioro de la educación».

Como remedio para salir de esta situación «delicada», Rouco propone «acrecentar la implicación de todos en el servicio de la caridad y de la solidaridad con los que más sufren los efectos de la crisis». Sobre todo, a través de Cáritas y de «los voluntarios de la caridad».

Crónica y panegírico de la JMJ
Tras citar la crisis y las elecciones, Rouco se centró en la JMJ. De las 29 páginas de su discurso, dedicó 21 a hacer una crónica detallada y autocomplaciente de la Jornada Mundial de la Juventud, a la que dedicó calificativos como «cascada de luz», «acontecimiento eclesial emocionante», «una Fiesta, con mayúscula1», «una fiesta perfecta» o «una emocionante experiencia eclesial».

Tras cantar las loas de todos y cada uno de los actos más significativos de la JMJ (muchos de ellos presididos por el Papa Ratzinger), Rouco quiso dar un paso más, para proclamar los «frutos» de tal apoteosis eclesial.

Frutos, a su juicio, «inmediatos y de fondo» que, aunque reconoció que «no es posible medir ni contar sus efecto exactos», sí quiso enumerar algunos de ellos. Desde «los jóvenes y mayores que han sido tocados por esa gran manifestación de fe», hasta las «no pocas conversiones», las «colas junto a los confesionarios» o «las vocaciones al sacerdocio».

En definitiva, una «gran manifestación pública» que la Iglesia católica pretende aprovechar para lanzar una nueva evangelización entre los jóvenes españoles. Y ése será uno de los objetivos principales del nuevo plan pastoral que prepara la Conferencia episcopal.

Un plan en el que los obispos ofrecen a los jóvenes las mismas recetas de siempre: formación doctrinal por medio del catecismo, liturgia, oración y sacramentos, junto a la invitación a incorporarse a las instituciones eclesiásticas. Porque, a los jóvenes «es necesario ofrecerles cauces organizativos, a poder ser los ya conocidos y experimentados, sean antiguos o más nuevos, siempre de acuerdo con las enseñanzas y directrices del Papa»

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