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Nuestra cultura: ¿apunta a su final? -- José María Castillo, teólogo

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Hablo de “cultura” en el sentido que indica el Diccionario de la RAE: “conjunto de modos de vida y costumbres, conocimientos y grado de desarrollo artístico, científico, industrial, en una época o grupo social”.
Y de ésta cultura nuestra, entendida en este sentido y tal como funciona en Europa y Estados Unidos, me pregunto si no está abocada ya a su final.
Es más, me pregunto si no “apunta” (como “se apunta” a un objetivo al que se quiere dar muerte) hacia un final inexorable, al que nos acercamos a un ritmo que se va acelerando.

Esta cultura – me sospecho – ha enfilado hacia su fin. ¿Por qué esta sospecha tan pesimista? Tres razones me motivan a pensar así. 1. La natalidad. Las parejas de ciudadanos de matriz europea no llegan a los dos hijos por pareja, mientras que los inmigrantes procedentes de África, sobre todo musulmanes, sobrepasan con mucho los dos hijos por pareja. Esto quiere decir que la llamada “cultura occidental” se está extinguiendo, al tiempo que las culturas inmigrantes están creciendo a un ritmo que se acelera cada año.

Dentro de cuarenta años, la cultura europea será mayoritariamente musulmana. Nuestros niños de hoy tendrán que vivir su madurez de vida y sobre todo su vejez en una cultura y en una sociedad que se va a parecer muy poco a la cultura y a la sociedad en la que se están criando: las leyes, las costumbres, las creencias, la educación, posiblemente incluso la alimentación serán seguramente muy diferentes.

Y hay motivos serios para pensar que, en este asunto, hemos entrado en un proceso sin marcha atrás. Las mujeres fértiles de hoy y de los próximos años se han educado de forma que ya es muy difícil que puedan modificar sus pautas de conducta en este orden de cosas.

2. La tecnología. Ha cobrado tal importancia y crece a tal ritmo, que ya no se puede detener. Para sobrevivir, tiene que seguir creciendo. Pero ocurre que tal crecimiento no se puede sostener sino a costa de agotar las energías, trastornar el clima y el equilibrio ecológico hasta el extremo de destrozar las posibilidades de subsistencia de quienes vivimos en esta cultura.

El reciente fracaso de la Cumbre de Copenhague lo evidencia. Además, se pretende que el crecimiento tecnológico y económico sea sostenible. Lo cual no es posible sino a costa del exterminio, en los próximos años, de al menos dos mil millones de seres humanos. Las conmociones sociales, que semejante genocidio, va a desencadenar son imprevisibles y, en todo caso, muy amenazantes para una cultura en vías de descomposición.

Más aún, la tecnología ha tomado tal ventaja sobre el conocimiento especulativo, que nos vemos en la extraña situación de tener a nuestra disposición una inmensa maquinaria técnica, cada día más eficaz, pero de forma que tal maquinaria está en manos de seres humanos que ni podemos saber a dónde nos lleva todo esto. Se ha pervertido el concepto mismo de ciencia. Sabemos hasta lo inimaginable “lo que” hacemos. Pero no sabemos “para qué” lo hacemos. Se han disociado el “ser” y el “deber ser”. Y hasta ignoramos qué tipo de sociedad y de convivencia va a resultar de todo esto. 3. La religión. Ya nadie pone en duda que en las sociedades avanzadas la religión entra en crisis, se deteriora, la gente la abandona. Por otra parte, sabemos que uno de los primeros indicadores, del ocaso de una cultura, es la crisis y la descomposición de la religión. Así ocurrió en Mesopotamia, con el fin de la cultura de los sumerios y acadios. Lo mismo en Egipto, en Grecia, en la potente cultura del impero romano.

Además, el proceso de desintegración religiosa es tan masivo, que los reducidos grupos religiosos fundamentalistas no le ponen remedio. Porque, entre más de mil millones de cristianos, ¿qué pueden resolver las observancias, marginales a la cultura dominante, de unos cinco millones de personas, que seguramente es a eso a lo que alcanzan los mencionados grupos? Para que la religión tenga una presencia significativa en una cultura, es indispensable que los creyentes vivan unas creencias que generen comportamientos coherentes con la manera de ser, de vivir, de ver y de pensar de la gente.

Pero esto precisamente es lo que ya no existe en Occidente. Sobre todo porque la religión “oficial” y sus “mandatarios” han montado un sistema de vida y de prácticas que poco o nada tienen que ver con el origen de esta religión, Jesús de Nazaret, y su mensaje, el Evangelio. ¿En qué se parece una solemne ceremonia catedralicia o del Vaticano con lo que hizo y dijo Jesús? La descomposición religiosa de Occidente es quizá el indicador más claro del declive final de nuestra cultura.

¿Tiene todo esto algún remedio? Si lo hay, no vendrá ni de la tecnología, ni de la economía, ni de la política, que nos han precipitado en esta situación de colapso. La religión más sólida, en este momento, es el islam. En todo caso, tal como hoy pensamos y sentimos en Occidente, ni las mezquitas ni las iglesias nos van a hacer más humanos. Y, en todo caso, lo más razonable parece ser que el remedio (si lo hay) puede venir de quienes, por sus convicciones, sean más honrados, responsables, respetuosos, honestos y buenas personas.

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