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LAS FORMAS ¿INAMOVIBLES? DEL MAGISTERIO DE LA IGLESIA. Manuel de Unciti, sacerdote y periodista

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Religión Digital

Una vez más ¿y van tantas!: ‘De Roma viene lo que a Roma va’. Todo el contencioso de la parroquia madrileña de San Carlos Borromeo tiene su origen en una delación. O, con mayor precisión, en numerosas delaciones. Personas e instituciones de acusado talante conservador se han dirigido, ahora y desde hace varios años, a la Santa Sede pidiendo a las más altas instancias vaticanas intervenir con autoridad para cortar por lo sano el ‘escándalo’ y los ‘abusos’ de una modesta parroquia suburbial del sur de Madrid.

El cardenal arzobispo de la capital de España, Rouco Varela, que en los libretos periodísticos figuraba en un principio como ‘el malo’ del folletín, ha pasado a ser una pequeña -o molesta- víctima de la incomprensión de la Curia Romana: se le estimula, en efecto, desde Roma a intervenir ante los tres sacerdotes de la citada parroquia de San Carlos y a prohibir que dentro de sus muros se sigan celebrando unas liturgias que no pueden homologarse con las normas oficiales de la Iglesia católica. La enseñanza, además, que se dispensa en San Carlos -se le viene a decir a monseñor Rouco- no está en total sintonía con el magisterio jerárquico. ¿Menos mal que se reconoce y aplaude el servicio social que, desde hace un montón de años, vienen llevando a cabo los responsables de San Carlos entre los más pobres y marginados de la sociedad, entiéndase desde jóvenes drogadictos hasta emigrantes de cualquier pelaje, condición y adscripción religiosa!

No habrá gustado demasiado a los apasionados delatores este reconocimiento público eclesial de la acción solidaria con los más marginados que han protagonizado durante años, con enorme sacrificio, los ‘curas rojos’ de la parroquia; y con ellos tres -obligado es destacarlo- toda la comunidad cristiana parroquial. Ni les habrá parecido suficiente castigo que el arzobispado haya decidido suprimir la parroquia en cuanto tal, dividir canónicamente su feligresía entre dos parroquias más o menos cercanas y con encomendar a Cáritas diocesana que se haga cargo del edificio del ex templo para, con el concurso de los tres sacerdotes en cuestión, desarrollar en él sus actividades sociales; pero sólo éstas. No, no estarán satisfechos: ellos querían -y así lo pidieron reiteradamente- que la autoridad arzobispal fulminara la suspensión ‘a divinis’ contra los tres sacerdotes cuestionados, esto es, que ninguno de los tres pudiera ejercer legítimamente en parte alguna el ministerio sacerdotal de celebrar la Eucaristía, administrar los sacramentos y predicar al pueblo cristiano.

Tiene que haber su dosis de fanatismo en esta persecución implacable. Sin ese componente no se entendería nada de lo que está ocurriendo. Porque por ‘ilegal’ que resulte -y lo es- el modo de hacer de esa parroquia y por muchos que sean los abusos -y los son- de los que se les hace reos a los tres curas y a toda la comunidad, no es algo que no ocurra en muchas otras comunidades y en numerosas parroquias. Celebrar la Eucaristía en vaqueros, ¿qué cura de los troquelados por el Vaticano II no lo ha hecho alguna vez y tal vez en más de una ocasión? Misas ‘informales’, si se quiere, pero llenas de espíritu, en campamentos juveniles; misas domésticas en comunidades religiosas de pocos miembros, instaladas en algún piso de vecindad; misas en el hogar familiar para el adiós definitivo al ser querido que se va de ésta a la mansión de la luz o para celebrar en la intimidad de familiares y amigos unas bodas de plata o de oro. ¿Qué se busca al prescindir de los ornamentos solemnes que determinan las normas litúrgicas?

Se busca -entre otros objetivos pastorales más- acercar la celebración de la Eucaristía a la vida de cada día y a la vida de cada cual. Se busca ir eliminando barreras y distancias entre la existencia social y la vivencia religiosa, entre lo profano y lo sacro. Se busca que el ideal de una familia y de una comunidad se haga patente en una celebración a pie de tierra, sin oropeles ni barroquismos. Se busca ‘meter a Dios’ en el trasiego de la vida humana y no percibirlo como una soledad lejana.

Es comprensible que la comunidad de la Iglesia trate de expresarse con ritos y rúbricas compartidos por todos los creyentes. Se pretende con esto reafirmar ese inmenso valor de la unidad de todas las comunidades cristianas, esa realidad de que son -en expresión de Agustín de Hipona- ‘el cuerpo de Cristo extendido por toda la Tierra’. Pero éste de la unidad mundial, con ser importantísimo, no es el único ni el supremo valor. Para que este pronunciamiento no se quede en mera apariencia, precisa que las comunidades hayan vivido previamente la experiencia de ser una comunidad viva, en la que la gente se conoce, se ama, se ayuda, se estimula ¿Cómo alcanzar esta experiencia y más en una parroquia suburbial con feligreses venidos de aquí y de allá? ¿Cómo evangelizar a los jóvenes atrapados por la droga, a las mujeres abandonadas por sus maridos y a las madres martirizadas por las derivas de sus hijos, a los gravemente heridos por el flagelo del paro, a los emigrantes que nadie quiere ? Los ‘experimentos’ de la parroquia de San Carlos Borromeo y los iguales a ellos de otras numerosas comunidades cristianas a lo largo y ancho de toda la Iglesia están, sin duda, ‘fuera de ley’ y pueden reputarse como abusos. Pero ¿no se ha mantenido desde siempre que la norma suprema, superior a cualquier otra, en la Iglesia, es el bien espiritual o interior de las personas? ‘Salus animarum’, se decía, ‘suprema lex’. ¿Hasta el mismísimo Código de Derecho Canónico cierra el conjunto de las leyes eclesiásticas con esta admirable sentencia.

Por lo demás, parece que muchos han olvidado que los ornamentos sagrados de la liturgia de hoy tienen su origen en la ropa de calle de las ciudades griegas y romanas. El sacerdote, con su alba blanca, con su casulla es un hombre -como dirían los chavales y los amantes del cine histórico- ‘vestido de romano’; y si algún elemento es extraño a esas culturas, habrá que encontrar su antecedente en la corte carolingia. Durante siglos, en efecto, el presidente de la Eucaristía no se distinguió con paramento alguno y, cuando comenzó a utilizarlo, lo adoptó de la liturgia judía o de las ceremonias de los templos paganos. ¿Es que la liturgia de las primeras comunidades cristianas estaba privada de la necesaria ‘sacralidad’ por no contar con ornamentos sacros?

¿Y lo de celebrar la Eucaristía con galletas y bizcochos en lugar de con obleas de pan ácimo, hechas de harina de trigo? El hecho -en la medida en que sea cierto- escandaliza, profundísimamente, a los detractores de la parroquia de San Carlos Borromeo; y es obligado y justo decir que hacen bien en recordar lo que está mandado por la autoridad competente: que la materia del sacramento eucarístico es pan de trigo y vino de vid. Pero ¿puede o no cuestionarse esta norma? Larga y dura ha sido la disputa entre ‘griegos’ y ‘latinos’, esto es, entre Roma y Constantinopla a propósito de los panes ácimos. Lo cual ya indica que no está decidida de una vez por todas y en todos sus términos cuál haya de ser la materia del sacramento eucarístico. Y es difícil que pueda darse una decisión definitiva. Hay que preguntarse con realismo y con humildad: ¿Puede obligarse a multitud de pueblos de Asia, África, Oceanía e incluso Latinoamérica -que desconocen el cultivo del trigo y de la vid- a que sus comunidades cristianas hayan de depender de los campos y de las viñas de Europa para confeccionar correctamente el material de la Eucaristía?

No parece que pudiera ser éste el criterio de Jesús de Nazaret cuando, en la última cena, dijo ‘haced esto en memoria mía’. ¿No será cosa de revisar, con la autoridad de la jerarquía de la Iglesia, lo estatuido, eso sí, desde tiempo inmemorial? Jesús adoptó para la Eucaristía el pan y el vino que caracterizaban toda mesa de los judíos. Comer era compartir el pan y beber de una misma copa. ¿Tan descabellado sería que la liturgia de la Iglesia llevara al altar lo que en cada distinta cultura constituye el material básico de una comida familiar? Los ‘desheredados de la Tierra’ acostumbran a honrar a sus familiares y amigos, cuando les llegan de visita, con unas galletas o unos bizcochos. Lo mejor que tienen. Tal vez por aquí haya discurrido la liturgia de San Carlos Borromeo. Fuera de toda ley y de toda norma establecida, es cierto; pero ¿ajena al corazón y a la mente de Cristo? Lo que no justifica, en modo alguno, la ‘romería’ del Domingo de Resurrección.

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