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Juan Pablo II, ¿santo para la devoción de quién? -- Jaime Laines Potisek

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“Ese no es santo de mi devoción”. Así dice el dicho popular para referirse a alguna persona e incluso como algo extensivo a un hecho, acontecimiento o situación que no es precisamente digna de confianza, de admiración o de reconocimiento por su valor.

Y la referencia del dicho o refrán remite a la tranquilidad popular de que existen en el panteón cristiano-católico, tan rico y sincrético, infinidad de opciones diversas para acogerse al amparo de una presencia con calidad de santa, sagrada, contagiada de divinidad, que sirva de compañía, consuelo y ánimo frente a la incertidumbre que supone la exigencia de vivir la vida humana esta tan compleja y trabajosa a la que fuimos lanzados y en la que nos toca abonar para una digna sobrevivencia y, mejor aún, para una vida buena, un buen vivir, vivir bien, esto es con plenitud, alegría, amor, justicia, paz, comida-vestido-y-sustento, desde la vivencia integral de los derechos humanos, la equidad de género, la democracia radical, la solidaridad, la…¡uff!

Juan Pablo II está por ser beatificado y seguramente, en continuidad con el sacralizado fast track de la metodología vaticana, será canonizado no mucho después. La pregunta aquí es si este nuevo santo de la cristiandad será aquella presencia acompañante de los avatares del Pueblo de Dios pobre-excluido y creyente (o aliado con los pobres-excluidos-as), luchador, crítico y comprometido con las causas de la vida, la libertad y la liberación de toda inhumanidad, que día a día se levanta y ante el desafío de sobrevivir y además de vivir bien, se acoge a Algo o Alguien que le asegure o al menos le haga menos incierto el hecho de que salir a hacer mejor el mundo tiene sentido.

Y me temo que la respuesta es: lo dudo. Y no porque dude de la buena intención, de la fuerza y convicción de las causas de Juan Pablo II, de su fe tan firme y hasta fuerte, de su capacidad de convocación de masas y de su poder mediático. La duda y su respuesta negativa estriban en que este recio Papa polaco y vaticano no me remite al evangelio de Jesús, así como no remitirá al evangelio a muchas gentes.

Porque, justamente la forma en que asumió vivir y ser testigo de lo que puede significar el ser cristiano o cristiana, lo alejaron paradójicamente del evangelio. Cuidado: no me refiero a Karol Wojtyla, hombre de luces y sombras, justo y pecador como todos y todas, seres humanos en peregrinación por esta historia santa y pecadora. Me refiero al Papa, a la figura simbólica (al personaje que en el teatro de la historia de la iglesia le tocó en su momento representar a Karol), la que al fin de cuentas se está sacralizando vía la beatificación y canonización.

Porque este papado fue la figura del poder político, de la Iglesia poderosa, la que dicta, mandata, sentencia y presiona a los gobernantes y a los pueblos sobre lo que está bien y lo que está mal, lo que es justo e injusto, con criterios a veces dudosamente evangélicos; fue también la figura del poder mediático, del orgullo eclesial triunfalista que congregó de manera impresionante a las masas ávidas de un personaje creíble y esperanzador, que acudió buscando una huella de Dios en un mundo sin corazón (diría el viejo Marx); fue la figura de la iglesia patriarcal-matriarcal y protectora, que por el bien del pueblo infantil, inmaduro y obstinado, dictó sentencia y sanciones con la mano dura de la moralidad, la ortodoxia y la exclusión a muchos laicos-as, religiosos-as, teólogos-as; fue la figura de una Iglesia de la exclusión y la violación de derechos humanos al interior de su milenaria y desgastada institucionalidad constantiniano-vaticana (si bien es cierto que esta institucionalidad también es mezcla de luces y sombras en la historia); fue la figura de la religión refulgente y triunfante pero del abandono de la opción evangélica por los pobres y excluidos y excluidas, que se funda en la justicia, el derecho y la paz y la Vida para todos y todas, opción enraizada en la gratuidad de la compasión y misericordia de la Plenitud Última, vividos y encarnados en el cuerpo, la mente, el alma, el espíritu y la práctica de Jesús de Nazareth.

No. El Papado de Juan Pablo II no será santo de mi devoción. Ni de la devoción de muchos y muchas, creyentes y no creyentes, cristianos-as y no, trabajadores-as por la humanización, constructores-as del otro mundo y otras iglesias y otras religiones posibles, a quienes he escuchado preguntar con tristeza o rabia si esos son los profetas, testigos y santos que necesitamos en estos momentos de la historia, de la sociedad y la Iglesia. No dudo que tendrá devotos y devotas, y puede ser que muchos y muchas. Y será canonizado, pero como expresé en otra ocasión, para una Iglesia que desaparece y que en su caída algunos y algunas se obstinan en sostener.

Yo creo que Karol Wojtyla, Juan Pablo II, descansa ya en la presencia de la Verdad Plena, de la Plenitud de la Vida, de la Luz sin oscuridad. Pero allá está bien. Cumplió su tarea en la historia y aportó lo que tenía que aportar en su propio estilo de ser Papa. Para santos, profetas y modelos inspiradores-as habrá otros y otras, cristianos-as o no, creyentes o no, religiosos-as o no, pero testigos todos y todas de la Buena Noticia del Evangelio de Jesús a los y las pobres y excluidos-as de la historia.

Me gustaría concluir citando a otro viejo, Karl Rahner (“All Saints. Theological Investigations”, 8:26.): “Cuando celebramos a todos los santos tenemos en mente principalmente a todos aquellos santos que son anónimos, los santos desconocidos que (…) vivieron tranquilamente en la tierra, los pobres y los pequeños que sólo fueron grandes a los ojos de Dios, aquellos que marchan sin ser aclamados ni reconocidos por ninguna de las listas de honor de la Iglesia ni de la historia del mundo”.

Centro Antonio Montesinos

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