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INTERVIDA: ¿UN CASO AISLADO? Montse Santolino

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Se mire como se mire, que la ONGD más grande y «conocida» de España esté bajo investigación judicial es un problema. ¿Cómo se ha podido permitir? Las coordinadoras de ONGD dicen ahora que no era de las suyas; el Gobierno catalán, que no tenía buenas referencias, y los periodistas desentierran informes y declaraciones, pero el caso es que a las 400.000 personas que colaboraban, nadie les dijo nunca nada de todo esto. Quizás todos son responsables morales del caso Intervida por omisión de información pero, a partir de ahora, lo seremos todos por haber desaprovechado esta “crisis de confianza” y permitir que vuelva a pasar lo de siempre: se han llenado páginas y páginas de diarios, de webs y de blogs, y se han hecho muchos debates y tertulias en los que se ha generado mucha desconfianza. Pero nadie ha explicado claramente qué hacen y cómo son las ONGD, y si hay de diferentes tipos.

¿Cómo es posible tanto desconocimiento? Porque no hay otro sector profesional donde el abismo entre la realidad diaria y el imaginario social sea tan grande. Con los años nuestras ONGD han adquirido un grado de profesionalización y especialización muy importante. Las ONGD serias negocian con los gobiernos sus políticas de cooperación, hacen lobby en Bruselas, miran de incidir para incorporar a los currículos escolares sus propuestas, se despliegan por los territorios en situaciones de emergencia coordinándose con los ejércitos o los servicios civiles locales, o realizan complejas investigaciones… pero cuando preguntamos a la gente de a pie qué hacen, sólo visualizan claramente dos cosas: apadrinamentos y emergencias.

Y las ONGD son perfectamente conscientes de esta realidad. La gente las llama para ofrecerse de voluntario sobre el terreno porque no sabe que las ONGD normalmente no envían voluntariado sino profesionales, y que trabajan con organizaciones de otros países y personal de allá. La gente las llama para que traigan medicamentos o ayudas a familiares o personas conocidas durante algún viaje, porque no sabe que es técnicamente inviable hacer servicios privados, y que normalmente no se hacen envíos de ningún tipo. La gente las llama para hacer “lo que sea” y se siente rechazada, porque no sabe que la mayor parte del trabajo de cooperación es de cariz administrativo y contable. La gente las llama para que las ayuden a identificar aquella ONGD que salía por la tele, porque no sabe que hay de millares, y de todos colores.

Crisis necesaria

Estos días “de crisis” ha quedado bien patente que se hablan lenguajes diferentes. La gente pregunta si su dinero llega o no, y los “expertos” en cooperación les hablan de rendición de cuentas y buenas prácticas. La gente pregunta cuáles son las ONGD buenas y cuáles las malas, y los expertos les hablan de misiones sociales, contrapartes y planes estratégicos. La gente pregunta cosas sencillas y se le dan respuestas técnicas, de gestión o de manual de relaciones públicas, y todas calculadamente ambiguas. ¿De qué transparencia se hace gala?

Las memorias de las ONGD no suelen animar a la lectura ni tener un lenguaje comprensible, las auditorías no se las mira nadie que no sea auditor, los folletos están llenos de eslóganes repetidos y la única opción que dan por participar es un número de cuenta. Las revistas, y las webs “corporativas” son normalmente folletos muy largos con poca información de calidad o bien escrita y mucha autopromoción y, al teléfono de las ONGD suele haber voluntariado poco reconocido, sólo preparado por captar fondos o darte otros teléfonos, o técnicos abrumados de trabajo e incapaces de explicarlo, en la mayoría de los casos.

Así es como, despacio, se ha descuidando la proximidad y, mientras tanto, ha ido ganando peso la idea que una ONGD sólo era de fiar si era grande y salía mucho por la tele. Así es como la publicidad de unas cuantas ONGD ha condicionado la imagen de todas, y esta imagen, necesariamente simple y «sentimentaloide» por estar orientada al consumo de solidaridad, ha arrastrado al resto y ha abierto la puerta al “todo vale”.

Dentro de las mismas ONGD no hay peores enemigos que la gente que hace educación para el desarrollo, normalmente marginados, y la del márketing, siempre cerca de los directivos. Los buenos mensajes, los educativos, no venden ni se ajustan a los usos y costumbres de la publicidad comercial.

Lejos de remitir esta tendencia, cuando una ONGD sufre de carencia de alma, de identidad o de proyecto, cuando quiere crecer o cuando no le llegan los fondos, la solución mágica es recurrir a los profesionales del márketing. Y las coordinadoras y las federaciones ya pueden presumir de tener códigos éticos, pero a estos profesionales se les contrata para obtener resultados económicos, no éticos.

Contra la neocaridad

La Fundación Intervida no es, pues, un caso aislado, comunicativamente hablando. La burocratización, el gerencialismo y la mediatización de los mensajes es habitual al sector. No se ha sabido explicar lo que se hace, o no se ha sido sincero. Por miedo, por desconocimiento, por carencia de recursos o de escrúpulos, por inocencia o por ambición. Con intención o sin ella. Obtuvieron una legitimación social muy rápida gracias a los medios, y han quedado atrapadas en su modelo de comunicación esquemático y mercantilista. Comunican como empresas, reducen la comunicación a una herramienta por captar fondos o tener visibilidad pública, en vez de considerarla como lo que es, un ejercicio sincero de intercambio entre dos partes.

Igual que hay ONGD que sólo hacen neocaridad, las hay que aspiran a cambiar el mundo de la mano de los movimientos sociales del Sur más progresistas, igual que hay ONGD horizontales y verticales, hay modelos comunicativos de la misma dirección. Igual que hay modelos encontrados de hacer cooperación, hay modelos encontrados de comunicarse y aquí podemos aprender, precisamente, de las organizaciones del Sur con las que nos relacionamos.

No podemos olvidar que del caso Intervida son también responsables en buena medida los propios medios y los políticos, como actores principales de este modelo comunicativo basado en la superficialidad, la descontextualización, la inmediatez y el espectáculo, que va bien a sus intereses o a los de sus empresas, pero en contra de la comprensión de los problemas y, por lo tanto, de su solución.

Tantos días de informaciones sobre ONGD, y la gente continúa preguntándose únicamente si el dinero llega o no. ¿Quién les explicará que lo que deberán preguntarse no es esto, sino cómo se ha conseguido este dinero, a quién se le ha enviado y para qué, y a quién finalmente, con el paso del tiempo, ha servido? ¿Quiénes les explicarán, en definitiva, que la solidaridad real con el resto del mundo no pasa por la donación, sino por cambiar de forma de vida?

(*) Montse Santolino, que firma este artículo a título individual, es técnica del Área de Comunicación y Educación de la Federación Catalana de ONGD

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