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El celibato, ¿“una grandísima bendición”? -- Franz Wieser

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Moceop

Moceop2.jpgEl Papa, Benedicto XVI, vuelve a reafirmar la obligación del celibato para los “sacerdotes” de la Iglesia Latina. Según él se trata de nada menos que de “una grandísima bendición para la Iglesia y la sociedad”, un superlativo totalmente ajeno al Evangelio de Jesús.
Si el celibato es “una grandísima bendición” un “gran tesoro”, un “don precioso” de la y para la Iglesia y el mundo, se entiende que debe ser guardado en la “caja fuerte” de la ley. Lo curioso de estos superlativos acerca del celibato, empleado por los últimos Papas y su colegio incondicional de obispos es, que en el Nuevo Testamento no encontramos nada de esto. Lo admite el mismo apóstol Pablo que lo recomienda, con cautela y, principalmente para viudas. A los obispos que en su mayoría eran casados como los apóstoles, les recomienda ser esposos de una sola mujer y dar ejemplo de una buena educación de los hijos.

Si para Pablo, al que se puede considerar el fundador de la Iglesia Católica (!), la soltería hubiese sido apreciado como un don tan precioso, lo hubiese ciertamente insertado en la lista de los dones del Espíritu, en los carismas que enumera. Pero, allí no aparece.

Gente, que conoce en algo la Biblia y la cultura religiosa del pueblo de Israel, y tenga un mínimo de capacidad analítica, se preguntará: ¿A quién hacer caso? ¿A Dios o al Papa y a sus incondicionales? Leemos en las primeras páginas de la Biblia, que Dios no lo consideró bueno que el varón sea célibe, que tenga una esposa; que creó al hombre, varón y mujer de acuerdo a su imagen y semejanza. Vino una época filosófica maniquea-platónica y se llega afirmar lo contrario: Que mejor era quedarse soltero, y que la mujer es destructiva para la entrega integra a Dios.

Para un Judío, el tener esposa e hijos era poco menos que un mandato de Dios. Un rabí, un profeta soltero, no hubiese tenido ninguna autoridad. Y si, como en el caso de Jesús de Nazaret un profeta hubiese tratado a mujeres como la adúltera, a Magdalena, a la Samaritana o a María y Marta de Betania, con tanta soltura y ternura, como él, sus enemigos hubiesen utilizado este escándalo como principal arma para desprestigiarlo. Sin embargo: ni una palabra en los Evangelios de reproche. Así que es comprensible que hay teólogos libres y serios que creen que también Jesús era casado.

Es cierto, ya en su tiempo hubo grupos de hombres que quedaron solteros “por el Reino de Dios”. Jesús constata esto y, en su tolerancia dice: “Quien puede entenderlo que lo entienda”, más no era una recomendación y mucho menos un mandato para futuros “sacerdotes” – si fuera que Jesús quiso un sacerdocio particular – lo que niegan muchos teólogos católicos de renombre.

Para comprender, cómo se llegó a implantar la ley del celibato, y cuando se “descubrió” esta “bendición grandísima”, para hacerlo obligatorio en la Iglesia latina para todo varón recién en el siglo 12, hay que consultar obras históricas serias, que las hay en abundancia. Es fácil detectar que la ley del celibato es de hecho “una grandísima bendición”, no para la Iglesia como Pueblo de Dios, sino para la política autoritaria del Vaticano. ¡Que puede haber empleados más económicos y versátiles que hombres solteros!

¿De qué “gran teólogo” se habla al mencionar a Ratzinger? La ley del celibato no resiste ni a exigencias teológicas, ni a pastorales. Veamos:

1. Supongamos que el celibato en sí, constituya un tesoro tan precioso como se afirma, ¿para qué entonces imponerlo por ley a los que lo asumen, como condición para el ministerio eclesial? El tesoro, aparentemente, no es para los “sacerdotes”, si no, lo abrazarían sin la mínima presión legal. Según San Pablo, lo que no se hace por amor, de nada sirve”, ni para uno mismo, ni para los demás.

2. Por vocación se entiende el “talento” según Jesús, el “carisma” según el apóstol Pablo. Y estos dones los reparte el Espíritu de Dios, como a él le place. Puede ser a varones o mujeres, a solteros o casados, y nadie entre los humanos tiene la facultad de “dictarle al Espíritu de la libertad” los canales y condiciones cómo y en quienes habría que actuar” (Bernhard Häring) a menos que se considere dueño del Espíritu de Dios.

3. Jesús advierte a sus seguidores para que no se den de padres, de dueños o de maestros; que no se porten como los imperadores de este mundo que dejan recaer su poder sobre los de abajo. Y, San Pablo: “No somos dueños de vuestra fe, sino servidores de su alegría”. Estas directivas de Jesús y consecuentemente vividas por él, contrastan no solamente con el acondicionamiento autoritario del servicio pastoral, sino con el imperio vaticano en general que extiende sobre sus hermanas y hermanos.

4. En vista de la escasez de pastores, la crisis que muchos de ellos sufren, el farisaico encubrimiento de sustitutos de un amor sano en pareja, se tiene claro que se subordina la causa de Jesús, su primer mandamiento, a una norma humana como es la ley del celibato. Conozco muchos hombres y a muchas mujeres casados, y me incluyo, que estarían con todo el alma dispuestos en nombre de la Iglesia a llevar el mensaje del Evangelio a pueblos abandonados por sus pastores y a convocarlos para la cena del Señor, y lo harían sin compensación monetaria. ¿No será que falta en nuestros jerarcas el celo de un San Pablo, “feliz de que Cristo es anunciado”, sea por él o su émulo Apolo? Bajo los actuales signos de los tiempos, no dudaría ni un instante de decir: sea por varones o mujeres, casados o solteros.

5. Por último recordamos al Papa y a sus fieles seguidores mitrados la parábola del Buen Pastor. Este no pontifica desde tronos y palacios, cargando a los de abajo con pesos que ni ellos mueven con un dedo, sino va delante de su “grey”, y predica con su ejemplo. ¡Tanto que Roma se preocupa – y no sin razón – por la familia como base de una sociedad sana! Porqué no la forman ellos y den el ejemplo, como San Pablo les aconseja a los obispos de sus comunidades? Eso sí les daría autoridad moral.

Ya no voy tratar más este tema. Quien no quiere ver, no ve. Quien no quiere escuchar, no escucha. Es el pecado contra el Espíritu que – según Jesús – no encuentra perdón, ni en esta tierra, ni en la otra.

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