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«DIVIDE Y VENCERÁS»…SI PUEDES. José Mª Castillo

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El enfrentamiento y la crispación, que cada día suben de tono en España, tienen a mucha gente preocupada, en ocasiones profundamente preocupada. Y son muchos los ciudadanos que lógicamente se preguntan hasta cuándo va a durar esto. El hecho es que los políticos, en su afán de que España (según dicen ellos) no se divida, han conseguido que cada día esté más dividida. Parece que estamos en los tiempos de Julio César cuando dijo aquello de “divide y vencerás”. Lo que pasa es que ahora hay que añadir que quien divide vence… si puede. ¿Por qué? Lo diré rápidamente y enseguida me explico.

En el mundo globalizado en que vivimos, manda más la economía que la política. Hasta el punto de que es un tópico, repetido hasta la saciedad por economistas y expertos en asuntos políticos, que quien de verdad manda, en cada país, en cada nación, en cada estado, no es quien tiene en sus manos el gobierno, sino quien cuenta con el apoyo económico indispensable para poder gobernar.

No seamos ingenuos. Y menos aún, ignorantes. Lo que hoy determina la vida, el bienestar, la paz y el futuro de un pueblo o de un país no es el color de la bandera, ni el apelativo de “nación” o “realidad nacional”, ni el modelo de familia, ni la idea que cada uno tiene sobre cómo hay que definir un “proceso de paz”. Lo que hoy resulta decisivo en la vida de la gente es si la economía funciona bien o mal. Y si esa economía está gestionada de forma que los ciudadanos tengan trabajo, bienestar y esperanzas de futuro para ellos y para sus hijos. Lo demás interesa cada día menos.

Por eso resulta tan lamentable y grotesco ver a los políticos acribillarse, unos a otros, con insultos y amenazas que, para bien de todos, deberían suprimir. Y si es que hay que decir cosas serias, por favor, que se digan por cosas también serias.

¿Es que no es serio acabar con ETA? ¿Es que no es serio evitar que España se rompa y se deshaga, como dicen las gentes de derechas? Por supuesto, que todo eso es muy serio. Pero no nos ceguemos con palabras o con tópicos manidos. La derecha política, en nuestro país, ha tenido siempre la tendencia a magnificar palabras y conceptos. Como también ha tenido una marcada querencia a utilizar la religión como fuente de legitimación para sus proyectos. A la vez que la religión se ha dejado querer por la derecha, ya que de eso sacaba ventaja para sus intereses confesionales. Esto nos gustará o no nos gustará. Pero ha sido así.

Pues bien, ya es hora de caer en la cuenta de que todo eso, en el momento en que vivimos, funciona de otra manera. En los años 30 del siglo pasado, fue posible aquello de las “dos españas” porque en España había mucha hambre. Hoy, afortunadamente, las cosas ya no están así. La gente tiene un sentimiento de seguridad que relativiza (más de lo que nos imaginamos) los discursos de los políticos y los sermones de los religiosos.

Por eso se puede decir, sin miedo a exagerar, que la derecha política va a seguir crispando a determinados sectores de la opinión pública mientras cuente con el apoyo económico que aún le queda a esa forma de hacer política. El día que los hombres de la economía vean que por ahí no vamos a ninguna parte, ese día se acabó la crispación y los discursos acalorados que la fomentan. Como también hay que decir que a las gentes de izquierdas les vendría bien tener muy claro que, si no cumplen sus promesas electorales en cuestiones económicas, dentro de un par de años se pueden ver en serias dificultades.

Teniendo en cuenta que, cuando hablamos de cuestiones económicas, los ciudadanos nos referimos, ante todo, a que los jóvenes encuentren antes trabajo y una vivienda al alcance de sus posibilidades, que las personas mayores tengan más ayudas de las que tienen, que exista más igualdad efectiva y real para todos, que mejore la educación en todos los niveles, y que España tome más en serio la ayuda urgente que necesita, sobre todo, África. Porque si no tomamos en serio este problema, las gentes que se mueren de hambre y de miseria ya no aguantan más. Y se nos seguirán viniendo de todas partes, hasta el extremo de no tener ni policías ni alambradas para detenerlos.

Estos son los problemas por los que uno querría ver a los políticos acalorados y hasta angustiados. Y no sólo a los políticos. También a los intelectuales, cuyo silencio se puede convertir en complicidad con los despropósitos que estamos viendo y viviendo. Y también, por supuesto, a los hombres de la religión. Es un hecho que la Iglesia se siente débil, para autofinanciarse, para educar a los niños y a los jóvenes, para transmitir sus enseñanzas. La pena es que, para resolver asuntos tan serios, en lugar de preguntarse si está siguiendo el camino que trazó Jesús con su Evangelio, parece empeñarse en seguir esperando la solución que le pudo servir en tiempos pasados, pero que ya le sirve cada día menos. Y si no, a la vista están los resultados.

Porque hoy la gente es más sensible a los valores de solidaridad, que enseña el Evangelio, que a las ofertas de siempre y que siempre hizo la derecha política. Los hombres de la religión no acabamos de entender que estamos asistiendo a lo que acertadamente se ha llamado un “estreno antropológico” (René Girard). Está emergiendo una nueva cultura. Una cultura que, desde luego, no va en la dirección que marca la mayoría de los discursos políticos. En cualquier caso, ahora mismo, el poder transformador más eficaz no es, por supuesto, la violencia revolucionaria.

Ni lo es el mantenimiento de los ritos y ceremonias de siempre. El futuro está en la moderna preocupación por las víctimas de un mundo que es demasiado injusto. El que acierte a echar por este camino, tendrá futuro. El que no, la historia lo dejará en la cuneta.

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