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“Le pido a Dios que me libre de Dios” -- José María Castillo, teólogo

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Esto es lo que le pedía a Dios el Maestro Eckhard, uno de los místicos más grandes que ha tenido la Iglesia en su larga historia. Este hombre, que nació en 1260 (Hochheim – Alemania) y murió en 1327 (Avignon – Francia), fue un dominico que ocupó cargos de gobierno y enseñanza en su Orden Religiosa y en la Universidad de Paris. En 1326, el arzobispo de Colonia inició un proceso contra las enseñanzas de Eckhard en sus sermones.

El asunto llegó al papa Juan XXII, que residía en Avignon. Pero el místico dominico se sometió, de antemano, a la decisión que pudiera tomar el Pontífice. Eckhard viajó a Avignon para defenderse ante el papa, pero antes de poder presentar su defensa, murió inesperadamente.

No pretendo aquí exponer la doctrina del Maestro Eckhard, enseñanza compleja y no siempre fácil de interpretar, que se basa en el más hondo radicalismo evangélico, en ideas filosóficas que tienen su origen en Plotino, y en la “Guía de Descarriados”, de Maimónides. Como es lógico, todo esto no cabe en el post de un blog tan sencillo como éste.

Dicho esto, lo que hoy quiero plantear es que el tema de Dios, que tendría que servir para unirnos a los humanos, con frecuencia sirve para todo lo contrario. Porque es un hecho que a Dios en sí mismo nadie lo ha visto ni lo puede ver (Jn 1, 18). Por eso cada pueblo, cada cultura, cada religión, cada grupo humano y cada individuo “se lo representa” como puede. O quizás como a cada cual le conviene o le interesa.

El problema no está en que cada creyente se invente “su propio dios”, de acuerdo con sus particulares conveniencias. No se trata de eso. El problema radica en que las personas que creen en Dios, por eso mismo, tienen la tendencia (inconsciente) a relacionar determinados ámbitos de su vida y su conducta, no con Dios en sí, sino con la “representación de Dios” que cada cual se hace. O quizá con la “representación de Dios” que le han impuesto a cada uno en el ambiente religioso en el que se desenvuelve, en el que vive, y al que sin duda se somete.

Sobre todo, cuando el creyente de una determinada religión está persuadido de que esa religión ha sido “revelada” por Dios mismo. Incluso – lo que es más complicado – cuando el creyente pone toda su fe y su vida entera en un Dios que se ha “revelado” así, tal como el creyente lo piensa y lo acepta. Con lo cual, lo que sucede es que la “representación”, que nos hacemos de Dios, la identificamos con “Dios en sí mismo”. O sea, identificamos nuestra representación “inmanente” con el Dios “trascendente”.

Y aquí, en el proceso íntimo (que se vive en la intimidad del espíritu) que acabo de apuntar, ahí es donde empieza el peligro. El enorme y asombroso peligro que, sin duda, intuyó el Maestro Eckhard. Es verdad que el pensamiento del gran místico alemán iba mucho más lejos, hasta la idea misma de Dios. Yo no me refiero ahora a eso.

Estoy hablando de nuestros comportamientos. Y bien sabemos que hay zonas de nuestra conducta – desde nuestras ideas hasta nuestros hábitos de vida – que, si los explicamos a partir de una presunta voluntad absoluta de Dios, por eso mismo los hacemos tan absolutos, tan intocables, tan indiscutibles, que, como es lógico, detrás de posturas tan férreas, tan intransigentes, tan agresivas y hasta tan violentas, sin duda alguna es que, detrás de esas posturas (tan absolutamente intolerantes), tiene que haber un “dios intolerante”, quizá un “dios violento”. Por eso, a veces, ocurre que las posturas más profundamente irracionales son, en el fondo, posturas profundamente religiosas.

Muchas veces, al ver cómo se comportan o cómo hablan algunas personas, me he preguntado: “¿En qué dios creerá este hombre o qué dios tendrá en su cabeza esta mujer?” Yo me planteo muchas veces esta pregunta porque no me cabe en la cabeza que Dios, que es el Dios-Padre de todos los mortales, pueda estar legitimando, justificando, impulsando o promoviendo el insulto, la palabra humillante, la falta de respeto, la intolerancia, la dureza de corazón….

Por no hablar de la ofensa descarada, del abuso del débil, y de tantas otras situaciones que causan dolor, malestar, división, y otras cosas que hasta da vergüenza mencionar. Cuando pienso en estas cosas y en este tipo de situaciones, no puedo dejar de recordar los numerosos textos de los cuatro evangelios, en los que Jesús afirma e insiste que quien “recibe”, “acoge”, “escucha” o “rechaza” a un ser humano, aunque sea el ser humano más débil, un niño, es a Jesús y a Dios a quien “recibe”, “acoge”, “escucha” o “rechaza” (Mt 10, 40; Mc 9, 37; Mt 18, 5; Lc 10, 16; 9, 48; Jn 13, 20). Más aún, en el juicio definitivo que Cristo el Señor hará de todas las naciones de la tierra, el criterio determinante de ese juicio será lo que cada cual hizo o dejó de hacer con cualquier ser humano (Mt 25, 31-45). Porque la dignidad de todo ser humano es tanta que se identifica con la dignidad misma de Dios.

El Maestro Eckhart supo extraer, de las enseñanzas de Jesús, lo más profundo que seguramente hay en tales enseñanzas: a Dios lo encontramos “en el otro”. Lo encontramos o lo despreciamos en “los otros”. El peligro y el horror de las religiones consiste en que podemos llegar a “divinizar” nuestros sentimientos más turbios y nuestros resentimientos más bajos. Cuando, en nombre de la defensa de la fe en Dios, privamos a alguien de su dignidad, de su libertad o de sus derechos, incurrimos en una auténtica idolatría blasfema. Hasta el extremo de que, por defender a “dios”, despreciamos y ofendemos al verdadero Dios, el Dios que está en cada ser humano.

El problema está en que, para vivir esto, no basta tenerlo en la cabeza. Lo absolutamente necesario es lo que el mismo Eckhard denominaba “el despojo de todo interés, de todo deseo de toda posesión, de todo apego”, que nos aleje del otro o nos enfrente al otro, sea quien sea. En este caso, la “espiritualidad” se convierte en “identidad” del espíritu humano con la divinidad. Así, y sólo así, superamos la religión y la metafísica, la división de lo divino y lo humano, lo sagrado y lo profano, y centramos nuestra vida en la honradez, el respeto, la bondad sin límites y la sinceridad sin fronteras.

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