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Luis, emigrante -- Javier Fajardo Sánchez

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En la cola del paro Luis se encontró con Iván. Hacía tiempo que no se veían.
– ¿Cómo te encuentras? – preguntó Luis.
-Pues como tú, buscando trabajo. Yo llevo ya dos años y medio sin nada y estoy desesperado. Ya no hay ni seguro de paro ni ayuda de ningún tipo y sobrevivimos mi familia y yo a base de la ayuda de algún familiar que ha tenido más suerte que yo, pero esto no puede continuar eternamente. Estoy pensando seriamente en emigrar, pero alejarme de los míos me horroriza – respondió Iván – y supongo que a ti te pasará igual ya que nos vemos aquí otra vez.

-Lo mío es terrible, porque además he perdido mi casa; la tuve que vender pero hace tiempo que me comí lo poco que me dieron por ella y he tenido que volver a la casa de mis padres con toda la familia. A los cuarenta años…

España estaba en un buen momento, acercándose a los estándares europeos. El estado del bienestar se había establecido y, aunque el paro seguía siendo un serio problema, la sanidad era universal y gratuita, la enseñanza se había generalizado, los hijos de los obreros podían aspirar a la universidad y el futuro de los jóvenes se prometía mejor que el de sus padres. Hacía años que no quedaba rastro del imperio que nuestro país llegó a ser a partir del “Descubrimiento de América”.

Las colonias en el nuevo continente como Méjico, las de Centroamérica, casi toda Sudamérica más Filipinas, Marruecos y parte del África Subsahariana habían convertido España en el principal imperio mundial durante más de dos siglos. El dominio de los mares y océanos empezó a decaer cuando emergieron otros imperios, especialmente el del Reino Unido.

Después, la mentalidad caciquil, unida a una Iglesia Católica ultramontana, y una monarquía reaccionaria, la de los Borbones, implantaron dictaduras e impidieron que la Revolución Industrial y la democracia se abrieran camino como en el resto de Europa. Nuestro país quedó en la ruina.

Al final del siglo pasado, después de muerto el dictador asesino Francisco Franco, las cosas empezaron a cambiar y el Siglo XX terminó con la recuperación de este país. El turismo, las remesas de los españoles emigrados, la alternancia entre los conservadores y los socialistas y la entrada en Europa en pie de igualdad con los principales países de nuestro entorno fueron decisivos.
Pero cuando todos empezábamos a sentirnos felices, las cosas empezaron a cambiar.

Primero fue la erupción del volcán en la isla La Palma, en las Islas Canarias. Y, cuando el volcán parecía que se había apagado con no demasiadas consecuencias, otros volcanes empezaron a aparecer en casi todas las islas y con más virulencia que el de La Palma. Algunas, como Tenerife y Las Palmas de Gran Canarias, quedaron arrasadas y el resto del archipiélago se hundió en las profundidades del océano quedando emergidos solo unos pocos islotes. Prácticamente toda la población se tuvo que trasladar a la península únicamente con lo con lo puesto.

A continuación vino el maldito bichito, la Covid, que llenó todos los hospitales de enfermos, muchos graves, y provocó más de un millón de muertos en nuestro país, y eso que no fue de los peores. Gracias a los científicos se pusieron en circulación no una sino varias vacunas, lo que junto a severas medidas de aislamiento pareció acabar con la pandemia. Pero el bicho resultó ser obstinado y fue mutando una y otra vez hasta convertirse en una pandemia en todo el mundo.

Afortunadamente los países ricos entendieron que, si no se atajaba el problema en el llamado entonces “tercer mundo”, la solución era imposible. Pero quedó como algo crónico y había que tener cuidado: aquello cambió la antigua normalidad.
El remate a aquella situación apareció con el imperialismo ruso impulsado por un loco llamado Putin, émulo de aquellos Hitler y Mussolini, que habían desencadenado la Segunda Guerra Mundial. Apareció de nuevo con toda virulencia la división de los bloques y el armamentismo, que enriqueció a algunos y empobreció a los de abajo.

La equidistancia entre Rusia y OTAN nunca fue la solución, aunque en este caso el invasor de Ucrania fue Rusia. Pero el afán de algunos – rusos, chinos y yanquis – por revivir sus respectivos imperios nos retrotrajo a tiempos pasados, evidentemente peores. Habíamos tolerado demasiado tiempo las invasiones de Irak, Afganistán, Libia y el olvido de zonas enteras como África, porque en nuestra miopía creíamos que los invasores eran de “los nuestros” y eso nos favorecía, nuestra economía subía como la espuma. Pero lo de Rusia era intolerable según nos decían nuestros medios de comunicación, prensa, radio, televisión…

Y aunque lo sospechábamos, lo de Ucrania fue solo el principio, luego vinieron tantas cosas… Por no hablar de las armas y las centrales atómicas. Aquí, en nuestro pueblo y en los de alrededor de Rota, tuvimos que abandonar nuestras casas y alejarnos del peligro nuclear. Por si acaso.

El colmo fue que el cambio climático se aceleró, como se habían cansado de avisar prácticamente todos los científicos. Aparecieron con toda virulencia las calamidades anunciadas como tifones, inundaciones, sequias y demás.
Unos terremotos en el golfo de Cádiz provocaron maremotos que arrasaron las costas de Portugal y las provincias de Huelva y Cádiz. El deshielo de una parte importante de los polos elevó casi dos metros y medio el nivel del mar en todo el mundo. Todo ello y la falta de lluvia convirtieron nuestro país casi en un desierto, al menos en algunas zonas.

En muchos lugares de la Bahía de Cádiz se volvió imposible vivir con normalidad. Con marea alta mi garaje se inundaba y a mi casa solo se podía entrar en una patera y eso que estaba en una zona intermedia. Los trabajos del astillero desaparecieron por completo al quedar inundados los talleres y las oficinas. Y el comercio que subsistió o no tenía género o apenas contaba con clientela. Y lo mismo pasó en ciudades costeras como El Puerto de Santa María, Rota, Chipiona, Sanlúcar, San Fernando, Conil, Barbate, Algeciras, La Línea… Por no nombrar nada más que algunos pueblos y ciudades de la provincia de Cádiz.

Tuvimos que irnos a malvivir lejos de nuestra zona habitual pero el trabajo se convirtió en un imposible. De modo que la emigración se convirtió en el horizonte que ocupaba nuestra mente continuamente. Y África se convirtió en el lugar menos afectado y, por lo tanto, en un lugar apetecible. No en todos los países, claro está, pero sí en otros como Senegal, de donde habíamos sacado millones de esclavos y esclavas para vender en América, Europa y la misma España, durante los siglos XVI, XVII y XVIII. Después tuvieron que acudir a países como el nuestro, siendo llamados ignominiosamente “ilegales”, para ocupar trabajos que los españoles no querían.

Iván se había ido en una patera pero de él nunca más se supo. Luis fue en avión porque sus familiares y amigos le prestaron un dinero para el pasaje y para poder entrar en el país como turista. El dinero debía devolverlo poco a poco.
Senegal era un país precioso, lleno de bosques y con muchas posibilidades de ganar dinero para una persona con formación y ganas de trabajar. La gente era acogedora y varias ONGs ayudaban a los extranjeros. El problema era comprender su idioma, el wólof, pero, al haber sido colonia francesa, muchas personas también hablaban francés, sobre todo en la capital, Dakar. Primero le ayudaron en el idioma y después a encontrar trabajos.

A los tres años pudo empezar a devolver el dinero que le habían prestado y empezó a pensar a llevarse a su familia. Se las prometía felices cuando un cambio de gobierno, de tipo nacionalista y populista, apremiado por comerciantes locales, fomentó la xenofobia, que le daba votos y apoyo y empezó a cambiar las políticas de inmigración y a hacer cada vez más difícil la vida de los extranjeros pobres.
Luis, como otras muchas personas, recibió la orden de expulsión.

Cuando estaba a punto de ser embarcado en un autobús con destino a los desiertos de Mauritania, escuchó una voz enérgica que lo llamaba por su nombre:
-“Luis Fernández”- gritó – “soy Ibrahima, ¿no te acuerdas de mí?-
Volví la cabeza y reconocí a aquel hombre.

-“Tú me ayudaste en España, me enseñaste a hablar español, me ayudaste a recoger ropa y zapatos para los niños pobres de Senegal, a encontrar trabajo… Hace ya más de cinco años, ¿no me reconoces?”-
Aquel hombre habló con el jefe de policía comprometiéndose a acoger a Luis en su propia casa. En su país había progresado. Le dio trabajo en su empresa, de encargado nada menos, le ayudó a regularizar su situación, a traer a su mujer y a sus hijos y a rehacer su vida en aquel país que ya siempre fue el suyo.

Javier Fajardo Sánchez Puerto Real Marzo de 2022

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