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El secreto de la panadería -- Guzmán Perez

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Era, sin ninguna duda, la mejor panadería de todo el pueblo. Y una de las más antiguas, fundada muchas décadas atrás por el señor Teodoro Villanueva, que a sus 83 años vivía en una residencia de ancianos. No había quien igualara a esta tienda en la calidad de su pan y de su servicio. A lo largo de los años, muchos otros panaderos habían intentado estar a su nivel, pero al final habían tenido que cerrar o conformarse con estar a la sombra del negocio familiar de don Teodoro. Porque no había quien compitiera con “El pan del cielo” (que así se llamaba la susodicha panadería). Tanto mayores como pequeños ensalzaban su pan, lo ponían “por las nubes”. Comentaban que todo lo que allí horneaban era “gloria bendita”, que sus barras de pan y sus hogazas eran “divinas”.

Así las cosas, nuestra panadería guardaba algún que otro secreto para su éxito. En el pueblo se decía que quizá era como aquella cadena de pizzerías que se anunciaba diciendo que “el secreto está en la masa”… Y había algo que también llamaba siempre la atención de los convecinos: desde que se fundara, todos los panaderos y el personal que trabajaba en el horno, todos habían sido hombres, y siempre solteros. Los hijos (y nietos y bisnietos) casados, así como las mujeres, siempre se habían encargado de limpiar la tienda, de entenderse con los proveedores, o también —desde hacía algunos años— de despachar el pan a los clientes. Curiosamente, nadie había puesto objeción alguna a este respecto, y en la familia se había ido transmitiendo esta costumbre como algo de lo más normal.

– Así lo quiso el abuelo Teodoro, y él sabía bien por qué —explicaba doña Ana, una de sus nietas, a la jovencita Lucía, la más pequeña de sus hijas—. Los hombres saben mejor que nadie cómo hacer el pan que tanto le gusta a la gente del pueblo, porque así se lo enseñó tu bisabuelo.
– ¿Y por qué no se casan? ¿Lo hacen por dedicarse totalmente a la panadería? —preguntaba curiosa la pequeña Lucía—.
– Claro, hija, porque así se pueden dedicar en cuerpo y alma a hacer el mejor pan. Si tuvieran que cuidar también de su mujer y sus hijos, no sería lo mismo. Es lo que me ocurre a mí, por eso yo sólo estoy en la panadería para atender a los clientes. Ya ves que tu bisabuelo Teodoro tenía buen ojo para este negocio. Además, con lo bien que nos va, no vamos a cambiar ahora para estropearlo, ¿verdad? —apostillaba doña Ana muy convencida.

Pero esa exitosa tradición se encontraba ahora con un problema: en los últimos 20 años no había nacido ningún varón en la familia. Aunque lo intentaban una y otra vez, la cigüeña traía siempre una niña tras otra… Y los hijos y nietos de don Teodoro empezaban a preocuparse… ¿Qué pasaría si no hubiera más hombres para la panadería? ¿Sería el declive del “emporio” familiar? Hasta que un buen día nacieron Elena y Tomás, mellizos, hijos de Teresa. La alegría se desbordó en la familia Villanueva; ambas criaturas eran un regalo del cielo, pero en este caso el niño Tomás venía —nunca mejor dicho— “con un pan debajo del brazo”… A estas alturas sólo quedaban cuatro hombres solteros trabajando en el horno: don Benito —el hijo menor de don Teodoro— don Santiago, don Pedro, y don Juan (sus únicos nietos solteros). Aunque ya se estaban haciendo mayores, el nacimiento del pequeño Tomás les había dado esperanza para seguir trabajando a destajo hasta que el esperado bisnieto pudiera conocer su secreto y continuar la línea familiar en “El pan del cielo”.

Así transcurrieron los años, hasta que Tomás cumplió los 17. Era un joven muy espabilado e inteligente, así que don Benito —que ya rozaba los 75 años— se frotaba las manos pensando que sería el relevo perfecto para el negocio familiar. Un buen día lo cogió a solas, y le habló con franqueza de algo que ya el avispado chaval imaginaba.

– Tomás, ya supondrás que va llegando la hora de que tomes responsabilidades en la panadería. Hemos hecho el mejor pan en este pueblo durante varias generaciones, y a ti te toca ahora en suerte mantener y mejorar esta herencia. Sé que lo harás muy bien, tienes madera para esto, y eres listo y trabajador. Uno de estos días empezaré a enseñarte cómo hacemos la masa, cómo la horneamos y todos los demás detalles. Poco a poco lo irás aprendiendo y así este viejo podrá retirarse para que tú y tus tíos sigáis haciendo este pan tan “divino”.
– Pero, tío Benito —dijo Tomás con tono decidido—, yo no veo que ése sea mi futuro. He pasado toda mi vida en la panadería, primero de chiquillo jugueteando en ella, y después echando una mano en lo que hiciera falta. Y me encanta lo que hacemos aquí, y ver lo mucho que a la gente le gusta nuestro pan. Pero yo no quiero dedicarme en cuerpo y alma a esto…
– ¿Estás diciendo que quieres tirar por la borda todo el trabajo familiar de tantos años? —dijo irritado don Benito.
– No, tío, no me malinterpretes. Me encantaría poder trabajar en esto. Pero lo que quiero decir es que tal y como tenéis organizado el negocio… —dijo titubeando el joven— no podré compaginarlo con nada más, y quién sabe si tal vez esté llamado a casarme y formar una familia. Al menos quisiera tener la posibilidad de descubrir por mí mismo si mi camino es ése. Y aquí es “o todo, o nada”…
– ¡Claro, Tomás, porque tu bisabuelo Teodoro así lo pensó! Y eres el único hombre de la familia en tu generación, ¿qué otra opción te queda? Además, te digo una cosa, entre tú y yo: las mujeres, aunque saben cocinar muy bien, en estas cosas no saben darle el “toque” adecuado, y tus tíos, como quisieron casarse, pues no podían ponerle el mismo empeño a esto que a cuidar su familia… Y para esto hace falta tiempo y mucha dedicación. Te lo digo como lo pienso, porque así también lo cree tu anciano bisabuelo, que sabe más que tú y que yo.
– Pero ¿de dónde os sacáis que sólo los hombres solteros pueden hacer el mejor pan? —respondió enérgico el joven—. Y ¿por qué tengo que ser precisamente yo el que lo haga? Además, aunque ellas no te lo digan, sé de sobra que dos de tus sobrinas, Lucía y Esperanza, están deseando trabajar en el horno con vosotros.

– ¡Eso te lo acabas de inventar porque no quieres asumir la responsabilidad de la panadería! ¡Tú me quieres volver loco! Las mujeres haciendo el pan… ¡Madre mía! Y yo que te tenía por más inteligente… ¿Qué pensaría tu bisabuelo si te oyera decir estas cosas?
– ¡Pues quizá piense lo mismo que yo! —dijo enfadado Tomás.
– ¿Pero cómo te atreves a hablar así? ¿Es que acaso has estado con él?
– ¡Claro que sí, por Dios! Nunca me dejáis ir a verle, pero el otro día me presenté en la residencia y le di la sorpresa. Está ciego y casi no se puede mover, pero la cabeza no la ha perdido…
– Y ¿qué te dijo, si se puede saber? —dijo el tío Benito con tono altanero.
– Me dijo —respondió Tomás con firmeza— que, como sigáis así, seréis vosotros los que acabéis con la panadería. Me contó que él descubrió el secreto para hacer el mejor pan, y que se lo enseñó a quienes él creyó mejor dispuestos. Él está convencido de que lo importante es el pan, no quién lo haga. Porque la gente de este pueblo necesita nuestro pan, y no podemos dejar de ofrecérselo. Y si para ello hay que cambiar alguna de nuestras costumbres —que él niega haber instaurado— es seguramente el momento idóneo, antes de que sea demasiado tarde. Aunque no lo creas, tío Benito, así piensa tu padre…

Al oír a Tomás, el tío Benito se quedó sin palabras. Se preguntó a sí mismo si conocía verdaderamente la voluntad de su padre. Durante mucho tiempo había dado por supuesto que así era. Pero ¿y si Tomas estuviera en lo cierto, y lo importante era el pan que alimentara al pueblo? “Siempre hemos trabajado así”, pensó, “pero quizá haya llegado la hora de pensar en la gente y en su pan de cada día”.

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