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Agotamiento de la versión sacerdotal de la Iglesia Católica -- Jorge Costadoat S.J.

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En quince años la pertenencia a su Iglesia de los católicos en Chile ha
caído alrededor de un 30%.
Este colapso tiene que ver con muchos factores. Uno de ellos es la distancia
entre el sacerdote (sacer, en latín, sacro, separado de lo profano) y el resto del
Pueblo de Dios. Cuánto han incido en esta crisis los abusos que lamentamos
esta última década, suponemos que mucho. Pero, aparte de estos, el
distanciamiento tiene causas más profundas.

Un factor decisivo en este distanciamiento es la estructuración sacerdotal de la
Iglesia. Se dice que el problema es el clericalismo. Pero este es un déficit
moral. Hay presbíteros clericales y otros que no lo son.

El asunto de fondo es
que la participación y la comprensión de los fenómenos que nutren la
enseñanza y la toma de decisiones en la Iglesia es prerrogativa prácticamente
exclusiva de los sacerdotes. La estructura que hace posible todo esto, a saber,
el cristianismo sacerdotal, en sentido estricto no es un pecado. Pero genera
clericalismo y un sinfín de otros problemas. Ha habido otras versiones de
cristianismo a lo largo de la historia. Por ejemplo, el monaquismo. Hoy
muchas de las familias protestantes y, sin ir muy lejos, los bailes religiosos del
norte de Chile no se estructuran a partir de sacerdotes. La versión sacerdotal
del catolicismo, por el contrario, se ha vuelto muy problemática.

Una reforma de este modo de organización del mando en la Iglesia parece
muy difícil de imaginar en el futuro inmediato. El problema comienza en
los seminarios que forman a los ministros. El Concilio de Trento quiso regular
su formación. Creó seminarios en los cuales los jóvenes eran extraídos y
protegidos del mundo. Exigió de ellos un desarraigo (dejar a sus familia y
cultura) y los devolvió al mundo como agentes de una institución dedicada a
una misión sacralizadora (sacer, sacro, separado). Se los aculturó y, al menos
desde el Vaticano I, se los romanizó.

Entre cuatro paredes, en un régimen
cerrado y autosuficiente (“institución total”) los formó como personas que
debían llegar a ser consideradas perfectas (“estado de perfección”) y
representantes de lo sagrado. La formación se organizó fundamentalmente en
función de la celebración de la Santa Eucaristía. Ellos habrían de administrar
la separación de lo sagrado y lo profano; los sacerdotes de un lado y el laicado
del otro. Los seminarios actuales son en muchos aspectos distintos de los
seminarios tridentinos, pero en lo fundamental aún hacen de la separación el
factor articulador. La formación católica de los laicos/as, por otra parte, es
muy deficitaria. La catequesis no da para formar cristianos/as que se sepan
parte de una comunidad y que puedan participar en ella como adultos. Salvo
excepciones, la mayoría de los católicos/as no son parte de nada.

El caso es que precisamente esta separación lleva a la jerarquía católica, y a
los presbíteros en particular, a oponer Iglesia y mundo como dos magnitudes,
si no antagónicas, yuxtapuestas. Pero, ¿acaso la Iglesia no forma parte del
mundo”? Sí lo es, en ambos sentidos de la palabra. Para la fe católica toda
realidad es creada y, por tanto, buena. La Iglesia es tan creatura como
cualquier otra institución.

También se dice que una realidad humana es
mundana en tanto falible y pecadora. Las piedras no pecan. Pero instituciones
humanas, en cuanto obras de seres libres e imputables, pueden favorecer la
comisión de pecados y, por tanto, son revisables y, para cumplir su función
evangelizadora, deben reformarse de un modo parecido a como las personas
han de convertirse. Si es necesario precisar el concepto, la Iglesia es aquella
sección del mundo que ha creído en Jesucristo y lo trasmite a lo largo de los
siglos, dando testimonio de él unas veces y un anti-testimonio otras.

Pues bien, la distinción Iglesia-mundo, cuando distribuye el bien y la verdad
del lado de la Iglesia y el mal y la ignorancia del lado del mundo, entorpece
gravemente anunciar el Evangelio a los contemporáneos. Una Iglesia que
niega su propia realidad no anuncia el Evangelio. ¿Cómo pudiera serlo sin la
mediación de todos los bautizados/as, sin exclusión? ¿Cómo pueden ser buena
noticia para el común de los cristianos/as unas enseñanzas que no provienen
ulteriormente de la experiencia de vida de ellos mismos? Los presbíteros en
los seminarios son formados para educar, pero no para aprender de los demás
cristianos.

En el postconcilio esta situación tiene como ícono Humanae vitae que
prohibió el recurso a medios artificiales de fecundidad y, además, demandó
que todas las relaciones sexuales entre los esposos estuvieran abiertas a la
procreación. Nadie puede decir hoy que esta encíclica haya sido recibida por
el Pueblo de Dios. No la ha aceptado el laicado. Más bien, la ha rechazado
ampliamente. El documento pontificio lamentablemente ha provocado la fuga
de muchas mujeres de su Iglesia. Otras han permanecido en ella, pero a costa
de enormes angustias. Las nuevas generaciones la desconocen. Este fracaso
magisterial no se subsana entregando a los esposos la interpretación de la
encíclica. Esta, además, constituye un candado doctrinal que impide a los

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agentes pastorales orientar a los jóvenes y a las personas homosexuales, y de
otras formas de ser pareja.

Tampoco el Vaticano II, concilio extraordinariamente renovador, hizo las
innovaciones doctrinales suficientes para desmontar la versión sacerdotal de la
Iglesia. El Concilio impulsó reformas mayores. Niveló la relación entre los
ministros y los fieles al considerar el bautismo como común denominador;
puso a la jerarquía eclesiástica al servicio del Pueblo de Dios; reconoció al
amor como principio de redención absoluto para todos los seres humanos;
impulsó un diálogo Iglesia-mundo, pudiendo y debiendo aprender ella de este,
y no solo enseñarle.

Pero, por otra parte, el Vaticano II puso estas
innovaciones en manos de los mismos sacerdotes, los celebrantes de la
Eucaristía considerada la cumbre y la fuente de la vida de la Iglesia, es decir,
los varones que han continuado separando y creyendo administrar lo sagrado y
lo profano. Los decretos conciliares sobre el sacerdocio (Presbiterorum
ordinis) y su formación (Optatam totius) han constituido un progreso pero, al
no ir lo bastante lejos en la superación de aquella separación, la reforma
impulsada ha quedado a medio camino, lo cual, a la vez, ha facilitado
regresiones muy lamentables como lo ha sido una re-sacralización de los
ministros y nuevos alejamientos en su relación con los y las católicas.
En el período pos-conciliar los seminarios han procurado acercar a los
seminaristas al mundo real.

Lo han hecho como un asunto espiritual y
pastoral, pero ignorándose que la espiritualidad y la pastoralidad
cristianas auténticas solo pueden darse allí donde hay un diálogo, una
interacción y una participación efectivas de todos los bautizados/a en la
tarea de anunciar el Evangelio. En la Iglesia Católica no hay cauces para
algo así. Todo queda entregado a la buena voluntad de los presbíteros.
La misma modernización de la formación de los seminaristas
–incorporación de ciencias como la psicología y la sociología- no ha
bastado. Si los seminarios de impronta tridentina que ejecutan la
separación Iglesia-mundo no son desmontados, los laicos/as seguirán
siendo víctimas de su propia Iglesia.

Pero no solo estos, también los mismos seminaristas tempranamente
comienzan a sufrir psíquicamente esta distancia operada entre Dios y su
creación. La separación Iglesia-mundo, que los inicia en el camino al
sacerdocio, los divide interiormente, los daña y enrarece el cumplimiento de
su misión. El régimen formativo genera personas que, por una parte deben
representar la perfección evangélica, una suerte de participación en la
infalibilidad, y, por lo mismo, se ven forzados a ocultar sus imperfecciones.

No debiera extrañar que pueda pensarse que esta escisión sea una causa
importante de los encubrimientos de los abusos sexuales, de poder y de
conciencia del clero. Pero, dejados estos aparte, una persona bipolarizada por
la formación recibida solo malamente podrá orientar la vida cristiana de los
demás. Bastante más ayudaría a los seminaristas una conciencia de falibilidad
y una experiencia de la misericordia. Así podrían hablar de la salvación como
una realidad experimentada en primera persona.

En suma, solo podrá haber una reforma de la Iglesia cuando se superen las
separaciones señaladas. De momento, el común de los católicos, y las mujeres
más que nadie, no tienen ninguna participación en la generación de las
decisiones más importantes de su Iglesia. Estas son obra de un estamento
sacerdotal que se elige a sí mismo y no se siente obligado a dar cuenta
(accountability) a nadie del desempeño de sus funciones. Los obispos y
sacerdotes son los “elegidos” por Dios, pero como si Dios no pudiera elegirlos
a través de las comunidades.

Así las cosas, la Iglesia no está a la altura de los tiempos y, porque la
Encarnación pide hacerse a los tiempos, a los tiempos de la autonomía de la
razón y a las demandas de dignidad de los seres humanos, muy difícilmente
puede ser testimonio de Jesucristo.

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